miércoles, 27 de abril de 2011

reencuentros familiares

Jamás pensó que su tía Julia, hermana de su madre, le fuera a dejar algo en herencia y menos sabiendo que su hijo Remi, con el que había jugado en la infancia y en la adolescencia, seguía vivo y podía haberle instituido como único heredero. Por lo que la llamada de Remi avisando del fallecimiento de su madre y comunicándole que ambos iban a ser copropietarios de varias hectáreas de terreno al lado del pueblo la dejó estupefacta. De inmediato metió cuatro cosas en una maleta, se subió al auto y se dirigió a aquel lugar que hacía años no pisaba. Habían pasado muchos años desde la última vez que vio a su tía y a su hijo Remi, con el que había tenido sus más y sus menos en cuestiones sexuales en las fiestas del pueblo, a las que antiguamente acudía. Recordaba haberse dado más de un furtivo revolcón sin llegar a más en el pajar de su tía. Remi era grande, de rostro sonrosado y un poco bruto en sus modales, pero siempre le habían atraído de él su sinceridad y sus primitivas maneras de expresarse: nadie como él para levantar a cualquier mujer la moral, sus sencillos piropos y la lasciva mirada de sus ojos elevaron su ánimo en más de una ocasión. Remi no se moderaba lo más mínimo en decirle a las claras lo buena que estaba y las ganas que tenía de meterle mano en todos y cada uno de sus escasos encuentros. Aún sentía escalofríos al recordar los viejos tiempos, podía ver a Remi llevándola a un lugar oscuro, estrechándola contra él, agarrando toscamente su trasero con la mano, besando sus labios como si en ello le fuera la vida. No podía remediar sentir una hipnótica y primitiva atracción hacia su primo. Pero nunca consumaron aquella pasión, los prejuicios de Alicia procedentes de su adolescencia y sellados en su mente por las monjas del colegio en el que se educó, lo impidieron. Tenía la extraña idea de resignada espera hasta conocer un buen día a su hombre ideal. ¡A saber donde se había metido el fugitivo! Si lo hubiera sabido, no habría hecho ascos jamás a la polla casera y de pueblo de Remi.


El pueblo era feo, pequeño, de casas viejas, nada atrayente para pasar siquiera medio día en él. De los pocos pueblos del sur de Chile carentes de bares, de tiendas y casi hasta de vida, lo más, alguna gallina, varios toros negros y unos cuantos gorriones más listos que alguno de sus habitantes. Una gran Iglesia de piedra se erigía como ama del lugar, acogiendo en su seno las diminutas casas rehabilitadas en la época de bonanza y transformando su aspecto, pasando del burdo adobe al ladrillo cara vista.

A Alicia no le gustaban los pueblos, lo suyo era el bullicio, las luces en los escaparates y los desconocidos transeúntes cruzándose con ella por la calle sin ni siquiera mirarla. Por eso hacía mucho que no había vuelto, le daba tristeza, no soportaba que su coche se embarrara por la ausencia de asfalto en las calles y odiaba la falta de anonimato del lugar, donde todos seguían recordándola a pesar de los años que habían pasado. Besos y más besos, preguntas indiscretas ¿No te has casado aún? ¿Y tienes novio? ¡Ya estás en edad, mujer, que se te va el tren! Detesto los trenes, respondía siempre. Intentaba poner buena cara en esos momentos, pero lo único que deseaba realmente era perderse de nuevo en la gran ciudad, más acogedora y amable que aquel recóndito lugar del alargado Chile.

Cuando llegó al pueblo, sintió una inquietante sensación de permanencia, allí nada había cambiado: ninguna casa nueva, lo más, algo tejado arreglado, ninguna piedra fuera de su sitio… Era difícil perderse en un pueblo donde los habitantes no llegaban a cincuenta, así que dirigió su coche hacia la casa de su tía fallecida. La puerta estaba abierta, la cortina que la cubría y protegía de la entrada de las moscas del ganado lucía acartonada por el paso de los años en que había cumplido su función. La casa de la tía Julia se asemejaba a una casita de muñecas, diminutas habitaciones y techos tan bajos que se podían tocar con las manos. Adornos variados, flores de plástico en un jarrón y ganchillo en cada uno de los sillones, nada había cambiado allí tampoco. Un murmullo de voces rezando provenientes del dormitorio principal le alertó de la presencia de gente y encaminó sus pasos hacia él. Postrada en su lecho, blanca como el marfil, yacía su tía y a su alrededor, casi una docena de mujeres de negro riguroso y rosario en mano rezando sin parar, sentadas en unas toscas sillas haciendo corro alrededor del cadáver. “¿Pero es que no van a trasladar a esta mujer a un tanatorio de una vez?” “Sí, sí, ahora viene el de la funeraria”. Lo que menos se esperaba era encontrar el fiambre aún reciente en la casa, le imponía cierto temor y respeto. Prácticamente todas las mujeres se levantaron al unísono al verla, reconociéndola de inmediato. Los besos de unas y otras se sucedieron. Eran unos besos espesos, húmedos y demasiado intimidantes, así que tras una pequeña conversación con aquellas mujeres, se excusó y fue al baño a lavarse la cara.

Abrió la puerta del baño y dio un respingo al ver que no estaba vacío. Era Remi su ocupante que, contra cualquier suposición natural se estaba masturbando, se estaba dedicando en cuerpo y alma a sacarle brillo con una mano a su miembro.

-Perdón -dijo Alicia, sintiendo al instante el rubor inundando sus mejillas.

Remi la miró y tras hacer una especie de mueca con sus labios a modo de sonrisa comenzó a llorar desconsoladamente. Dudó si marcharse de allí y dejarle a solas con su dolor y “sus partes nobles”, pero sus lágrimas le enternecieron y decidió entrar, cerrando la puerta tras de sí. Acarició su cara suavemente intentando tranquilizarle como si de un niño se tratara. Remi la abrazó con su único brazo libre, su mano agarraba aún el pene sin intención alguna de soltarlo. Alicia, algo confusa por la situación, le correspondió. Quizás la masturbación era su vía de escape para superar el dolor de perder a su madre, tampoco tenía nada de malo. Alicia le dijo unas breves palabras de consuelo conmovida al ver a un chico tan grande llorar como una Magdalena.

Pero el miembro de Remi seguía alegre y contento, e incluso Alicia comenzaba a sentirlo más notoriamente. ¡Cómo no había de sentirlo, si era lo más grande que había visto en su vida! ¿Sería la falta de contaminación la que hacía crecer esos instrumentos colosales? ¿El cultivo natural de pueblo y la leche de vaca recién ordeñada podían obrar maravillas en el crecimiento del pene? Porque en la adolescencia, más de una vez quiso mostrárselo y ella siempre le respondía con un ¡no! rotundo. ¡Tonta! Lo cierto es que allí seguían ambos, Remi, empalmado y llorando entre sus brazos como un bebé y ella, que empezaba a estar más incómoda que nunca, sintiendo el rabo entre sus piernas y despertando sus ganas de disfrutarlo más íntimamente.

Remi, que seguía sollozando, resbaló la mano por la espalda de su prima hasta llegar a su trasero, apretándolo, estrujándolo, hasta que Alicia sintió una galopante y repentina inflamación de su clítoris. Su pecho subía y bajaba con un frenético ritmo, presa de la agitada respiración sobrevenida por el deseo, pelvis contra pelvis, torso contra torso, imposible no percibir la calentura y el gigantesco pene de su primo. Remi cesó por fin su llanto y con la cálida mano que antes aferrara su pene, sobó sus pechos como si estuviera amasando pan con ellos. Alicia agarró aquel huérfano falo, moría por tenerlo dentro, aunque dudaba que le cupiera siquiera la mitad. No acababa de gustarle la idea de follar con Remi en esa situación, con la tía Julia de cuerpo presente, sentía que le estaba faltando el respeto y así se lo hizo saber a su primo. Remi ni le dejó terminar, unió su boca a la suya en un apasionado beso y no pudo articular ni una sola palabra más. Manoseó y besó sus pechos, reconoció su cuerpo rápidamente con ambas manos, saboreó el cuello de su prima y ambos se fundieron en una confusa y salvaje danza de manos, piernas, brazos y sexos, en la cual tenía un principal protagonismo aquella torre viril. Remi giró a su prima intentando buscar una buena postura de ataque, ante lo cual, para intentar mantener el equilibrio, ésta se inclinó en un lateral de la tina, agarrándose a uno de los grifos mientras él comenzaba a levantarle las faldas, bajarle el calzón y preparar la pista de lanzamiento hasta que por fin ensartó apresuradamente aquel tronco carnal. Alicia sintió cómo se abría su sexo igual que una flor en primavera, haciéndose a la nueva sensación de plenitud e inmensidad en su interior. El pene de Remi invadía por entero su sexo, peleaba para hacerse mayor sitio en cada embestida, luchando como un jovato por entrar plenamente. En cada empujón iba conquistando más y más terreno ante la sorpresa de su prima, que hacía unos segundos creía que jamás podría tener algo de semejantes dimensiones en sus entrañas. Alicia se aferraba con firmeza a los grifos de la tina, su primo era un hombre enérgico y musculoso, demasiada fuerza y muy poco cerebro para controlarla. Remi continuó clavando el colosal instrumento una y otra vez hasta arrancar más de un que otro gemido a su prima, ahora por placer ahora por dolor en una explosiva y apasionante mezcla de sensaciones. El miembro de Remi, ganador victorioso de la batalla, salía en cada acometida más húmedo, más brillante, ¿cómo no iba a estarlo si un pequeño arroyuelo parecía fluir justamente de aquella derrotada fortaleza?

En ese álgido instante, la puerta del baño se abrió y una de las vecinas del pueblo, la Sole, que debía de tener ganas de evacuar, se encontró con la escena a cuatro patas que se estaba desarrollando en aquel lugar. Medio segundo duró su mirada, pero bastó para que fuera tan fulminante como un rayo. Cerró de malas maneras mientras farfullada algo en bajo y se santiguaba una y otra vez. Alicia, inundada por cierto sentimiento de culpa quiso incorporarse, sobre todo al escuchar a través de la puerta las palabras de aquella mujer malhumorada que les había pillado in fraganti: “¡menuda falta de respeto para la muertita!” A Remi el incidente ni le inmutó y sin mediar una palabra con su prima, impidió que ésta se levantara reanudando sus campestres embistes. Y uno tras otro diluyeron la imagen de Sole de la cabeza de Alicia hasta que desapareció, rindiéndose otra vez a su masculino mozo, momento en el cual fluyó la sangre en su cuerpo más apresuradamente hasta que inundó su sexo, dejándose ir a un universo de infinito placer. Fue tal la amalgama de sensaciones gozosas que se agolparon en su cuerpo que sin querer, olvidó lo que agarraba y salió de la alcachofa de la ducha un chorro a toda presión de agua que mojó a ambos en el mismo instante en que Remi se vaciaba, llenando el sexo de su prima por completo de leche, muy buena leche, eso sí. Menos mal que aún seguía tomando la píldora, pensó Alicia, el optimismo no lo había perdido a pesar de la larga sequía que arrastraba.

Se recompusieron sus mojadas vestimentas y con cierta vergüenza, sobre todo por parte de Alicia, entraron en la habitación donde incesantes, seguían rezando aquellas enlutadas mujeres. Sole la miró como si hubiera entrado el mismísimo diablo, se levantó y acercándose a ella, le susurró al oído:

-Ya te puedes confesar antes de enterrar a tu tía, o todas las iras del infierno caerán sobre ti, ¡te lo juro por mis muertos!

Sole se marchó por fin al baño y Alicia no pudo evitar pensar en la maldición que le acababan de echar. No creía en el infierno ni en nada parecido, pero era extremadamente supersticiosa, así que no podía dejar de darle vueltas a lo que le había dicho aquella vieja bruja. Pasado un buen rato se levantó y se dirigió a la cocina para saciar su sed y aliviar el sofoco por el ejercicio realizado y cuál fue su asombro cuando sorprendió en el salón a una de las plañideras metiéndose bajo el refajo, un jarrón de plata de su tía. Hizo como si no hubiera visto nada y se sirvió un poco de agua en un vaso de cristal traslúcido. Sólo al beber y ver que desaparecía aquella cuasi opacidad percibió que realmente aquel vaso era de fino cristal y que era el agua que corría por aquellas zonas la que resultaba peligrosamente turbia. Dejó el vaso con asco encima de la repisa preguntándose si aquel brebaje era realmente potable.

Por fin vino la empresa funeraria a recoger a la tía y Alicia aprovechó ese instante para dar un paseo por el pueblo. Dio unas cuantas vueltas, tanto al pueblo como a su cabeza. Dudaba si debía ir al confesionario y quitarse el peso de la maldición de una vez por todas, igual que hacía cuando reenviaba aquellos estúpidos correos electrónicos a decenas de personas para seguir las odiosas cadenas. Tras meditarlo unos minutos encaminó sus pasos a la Iglesia y entró en ella, estaba oscura y fría. Se acercó al único confesionario que había en el lugar pero allí no parecía haber nadie. Miró hacia el altar y vislumbró un hombrecillo con sotana colocando unas flores en un tarro de cristal. Caminó despacio hacia él, intentando no hacer demasiado ruido al pisar las viejas tablillas de madera de la tarima. Al ver al hombrecillo de cerca, se dio cuenta de que se trataba del padre Rodolfo, eterno párroco del lugar, casi con tantos años como la Iglesia donde daba sus misas. Le saludó y se presentó, refrescando su memoria ante la mirada de dudas del buen hombre. Por fin el padre Rodolfo recordó quien era, sonriendo complacido. De nuevo se vio envuelta en el mismo ritual: besos espesos y húmedos, preguntas indiscretas. ¿Cómo le iba a contar al padre Rodolfo lo que acababa de acontecer en casa de la fallecida? Hizo tiempo hablando con él de cosas intrascendentes hasta que por fin superó sus reparos y le comentó dicha posibilidad. El padre Rodolfo no le puso pega alguna, al contrario, estaba orgulloso y contento de que Alicia siguiera siendo una buena cristiana, así que se metieron ambos en el confesionario, estupidez supina, dado que allí no había ningún tipo de anonimato.

-Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida.

-Cuéntame hija.

-En fin, es que no sé cómo explicarle…

-Cuéntamelo todo, sentirás alivio.

-Bueno, pues… he llegado a casa de la tía Julia, he ido al baño y me encontrado a Remi llorando.

-Sigue hija.

-Bueno, que nos hemos dado una alegría, ya sabe.

-Normal, hace mucho tiempo que no le veías, es normal que sintáis alegría al veros de nuevo.

-No, no, algo más de alegría, ¿me entiende?

-Explícate hija.

-En fin, bueno, que nos hemos dado un revolcón…, en fin, que hemos hecho el amor…- añadió por fin. El volumen de sus palabras descendió hasta casi hacerlas inaudibles. El silencio del padre Rodolfo le hizo dudar sobre si le había escuchado realmente o no- ¿Padre?

-No tienes vergüenza alguna, hija mía. Tendrás que rezar mucho para eximir tus pecados y ya puedes ir pensando en formalizar tu relación con Remi. Es un buen chico aunque un poco bruto, estaría muy bien al lado de una mujer ahora que su madre ha fallecido. Y a ti te vendría muy bien sentar la cabeza, que a tu edad ya deberías procrear. ¡Madre mía, qué juventud ésta! De todas formas, cuéntame lo que ha pasado con todo detalle.

-Nos hemos abrazado, él lloraba, le he consolado, pero sentirle cerca ha sido demasiado, he caído a la tentación de la carne… (Y menudo trozo de carne pensó en silencio)

Alicia se explayó narrando el encuentro con su primo, estaba absorta en sus explicaciones, ensimismada describiendo todo tipo de detalles, pero su intuición le hizo aproximarse y curiosear a través de los pequeños agujeros del pequeño recinto que conformaba el confesionario: el padre Rodolfo tenía algo en la mano y no era precisamente un crucifijo. Intentó acercarse un poco más y creyó ver una pequeña colina en la sotana, ¿las palabras entrecortadas que animaban a seguir con su explicación eran fruto del cansancio típico de su vejez o al presunto calentón que le estaba provocando con su relato? Tenía que ser un espejismo provocado por el pestilente olor a boñiga que había en el pueblo y que se había apoderado de sus fosas nasales provocándole mareos repetidos. Las imágenes que le trasmitía su retina parecían difíciles de creer, pero…al fin y al cabo el padre Rodolfo era un hombre y ella había sido demasiado exhaustiva en sus descripciones.

Parecía la protagonista de una película surrealista. Se vio de lejos y no se reconoció: estaba de rodillas en un confesionario, sentía el semen bajando por sus piernas y realmente no se arrepentía de nada, es más, deseaba volver a tener sexo salvaje con su primo en una próxima ocasión. Todo esto mientras escuchaba sinsentidos de un cura de pueblo que encima parecía estar bastante más excitado que ella hace un rato. Y por fin, vio la luz…

-Gracias padre, lo tendré en cuenta, voy a volver a casa de la tía, a ver si puedo ayudar en algo. Reflexionaré sobre lo que me ha dicho.

Y allí dejó al padre Rodolfo, con la palabra en la boca y plantado mientras le daba apresuradamente la bendición. Alicia salió lo más aprisa que pudo de allí, miró su reloj y comprobó que quedaba poco para la hora del entierro.

Por fin enterraron a su tía, gracias a Dios, eso sí, y pudo despedirse de todos, esta vez desde lejos para evitar de nuevo aquellos terribles besos. Cogió su coche y salió como una exhalación de allí, no sin antes dejar claro a su primo que estaba a su disposición para lo que quisiera, aunque prefería como lugar de encuentro su anónima ciudad…

matumissa y el amor artificial

Desde que la vi anunciada en una revista de contactos no pude quitarme su imagen de la cabeza. Me parecía la mujer más perfecta que hubiera existido nunca: sus delicados rasgos, su cabello liso y rubio, sus sorprendentes e hipnóticos ojos verdes y su voluptuoso cuerpo. Me enamoré de ella nada más verla. Pero sabía que aún no podía pretender poseerla, amarla y hacerla mía para siempre. Mi deseo por ella tendría que esperar algún tiempo, era un caro capricho que mi exiguo presupuesto no podía permitirse. Por aquel entonces yo trabajaba como empleado en un pequeño almacén y los gastos obligados de cada mes casi se llevaban más de la mitad de mis ingresos y no podía darme ningún lujo por muy placentero que pudiera resultarme.




Recorté aquella maravillosa imagen, digno boceto de una altiva reina futura protagonista de mis sueños más ardientes y la pegué con cuidado ritual en la desnuda pared del dormitorio del pequeño apartamento de alquiler en el que yo vivía. Tenerla siempre presente en el cabecero de mi cama me servía de diario estímulo para intentar esforzarme lo posible para ser en fechas no muy tardías su propietario. Por ella trabajé duramente en el almacén quedándome a hacer horas extras hasta el desmayo. Al trabajar más y estar más cansado, salía menos, con lo que eso tenía de bueno para mi economía, ya que apenas gastaba nada que no hubiera antes presupuestado en mi cuadernillo donde lo anotaba todo.



Cada noche rozaba su foto con las yemas de mis dedos, le daba un apasionado beso que abarcaba todo su cuerpo y me acostaba, no sin antes dejar volar mi imaginación a un futuro no muy lejano en el que ambos compartiríamos el mismo techo. Me imaginaba mi vida a su lado, las eternas noches de sexo y goce y la pasión que envolvería mi vida para siempre. Por fin lograría ser feliz.



Quería bautizar a mi futura compañera con un nombre digno de ella que la describiera en toda su magnitud y que mostrara a su vez, todo lo que era capaz de inspirarme cuando la miraba, pero ninguno me convencía plenamente. No en vano, era la primera vez en mi vida que iba a comprar una esclava y no quería dejar pasar de largo el más mínimo detalle. No deseaba un nombre corriente, nadie que existiera en el mundo podría llegar a acercarse en belleza y encanto a su persona.



Poco a poco mi cuenta fue engordando y por fin conseguí el dinero suficiente para comprarme mi esclava, a la que cariñosamente apodé “sin nombre”. Contacté telefónicamente con el proveedor de aquellas sumisas muchachas que habían nacido para dar placer carnal y quedé en ir a recoger la mía esa misma tarde. Estaba deseoso por ejercer de amo y ese pensamiento es el que me provocaba de continuo recurrentes erecciones que ni siquiera pude evitar mientras conducía mi coche al ir a su encuentro. Estaba nervioso, me sudaban las manos y me sentía igual que un inquieto novio que camina ante el altar.



Cuando llegué a la dirección que me habían indicado por teléfono, me sorprendí al ver más esclavas, tan bellas o incluso más que mi futura compañera, pero ninguna de ellas había compartido conmigo las noches pasadas de onanismo compulsivo así que me fui directamente al lugar donde mi bella sumisa de rasgos eslavos ya me esperaba. Pagué al vendedor al contado y la llevé a su nuevo hogar.



No me importaba, tal y como me advirtió el vendedor, que fuera completamente muda. No necesitaba hablar con ella, ni quería que me preguntara cada tarde si me había ido bien en el trabajo, ni tampoco que me discutiera ninguno de mis comentarios. Yo era el amo y ella mi esclava sumisa, eso era un hecho indiscutible. La había comprado para follarla hasta la extenuación, hacerla mía y poseerla cuando a mí me apeteciera. No podía existir mayor placer para mí. Sus deseos irían ligados desde ese momento a los míos, su placer sería mi propio placer y mis apetitos carnales, la causa de su existencia.



Cuando llegué a casa, la despojé impaciente de la túnica negra que tapaba su cuerpo y sin poder esperar siquiera a desvestirme, la tumbé en la cama, bajé la bragueta de mis pantalones y la desvirgué para siempre sin contemplaciones. El placer de poseer por primera vez a mi esclava fue insuperable, jamás había conseguido encontrar a ninguna mujer que se plegara a mis órdenes como ella lo hacía y sentir que la había encontrado elevó mi ego maltratado tanto por el paso de los años como por aquellas mujeres que había conocido y me habían destrozado psicológicamente. Mi esclava ni se inmutó, había aprendido cómo debía comportarse y se dejó hacer. Me sentí un triunfador por primera vez en mi vida, atractivo, fuerte y poderoso. Estaba pletórico gracias a ella.



Mi muda esclava seguía al pie de la letra y con una obediencia encomiable, todos mis mandatos. Su presencia disparaba mi imaginación y cada tarde, cuando llegaba a casa tras una dura jornada de trabajo, solía esperarme desnuda a cuatro patas como una montura fiel sobre la alfombra de rallas azules de mi salón. Ver sus labios mayores, entrever la abertura de mi pozo de los deseos y contemplar sus pechos eran suficientes motivos para no perder ni un solo segundo y poseerla sin dilación. Intentaba controlar mis eyaculaciones para disfrutar lo máximo posible, pero sus apreturas me producían tempranas sacudidas en todo mi ser.



A medida que fueron pasando los días me resultó insuficiente disfrutar de ella a escondidas en mi casa, quería presumir de mi esclava y comenzamos a salir de excursión en mi coche, habitualmente elegíamos el bosque como destino. Allí, entre los árboles y con el excitante riesgo de ser descubiertos, hacíamos el amor. Mi esclava a la luz del sol me resultaba todavía más atractiva.



Casualmente leyendo una revista que acababa de comprar en el quiosco de la esquina de mi casa, encontré un artículo en el que se hacía referencia precisamente a la historia de un pequeño pueblo de Puerto Rico llamado Vieques, poblado en el siglo XIX por un sinfín de esclavas. En el reportaje se daba el listado de los nombres de aquellas mujeres esclavizadas en esa época, leí la lista de corrido y de inmediato encontré el nombre que estaba buscando: Matumissa. Me parecía exótico, original y estaba dotado de una maravillosa musicalidad, era un nombre digno de mi bella esclava.



Matumissa se convirtió en el centro de mi vida. Creo que poco a poco aprendí a amarla. Me gustaba su ausencia de iniciativa, de voz y su total rendición a mis deseos. Cuando llegó el invierno, volvimos a recluirnos en casa y disfrutábamos de las largas noches de invierno abrazados en la cama. Me gustaba sentir sus pechos desnudos en mi torso y rozar sus suaves piernas. Enredaba su pelo entre mis dedos y su relajante olor me adormecía hasta que caía por fin en un profundo sueño.



La desbordada imaginación y la inspiración de tenerla hicieron que me convirtiera en un adicto comprador de productos eróticos. Mi arsenal de esposas, látigos y todo tipo de artículos sadomasoquistas era impresionante, tanto, que tuve que hacer limpieza por primera vez en mi casa para hacerles hueco. Me tomaba mi tiempo cada noche en elegir el instrumento que utilizaría con ella. Disfrutaba atando a mi sumisa esclava a la cama, azotarla sin compasión con uno de aquellos coloridos látigos para posteriormente follarla hasta el desmayo. Pero al igual que comencé a amarla también comencé a enfermar de celos. Me volvía loco pensando por las mañanas mientras trabajaba en la posibilidad de que tuviera un amante a escondidas. Al llegar a casa necesitaba demostrar mi pleno dominio sobre ella y la poseía en el suelo, atándola fuertemente con una maroma a una pata de la cama, mientras azotaba sus desnudos glúteos una y otra vez a modo de castigo para ella y de goce para mí.



Pasaron los meses y ocurrió algo en mi vida que descabaló mi existencia para siempre: comencé a relacionarme con Nuria, una compañera de trabajo con la que compartía aficiones comunes. A la hora del desayuno nos encontrábamos en los servicios de las oficinas del trabajo para demostrarnos nuestra pasión. Nuria me sorprendió por su capacidad de sumisión y su necesidad de que yo guiara su placer, casi de forma semejante a como yo lo hacía con Matumissa. Nuestros encuentros en los servicios se convirtieron en una de mis mayores fuentes de placer. Tenía una nueva esclava, ahora mi favorita, y lo mejor es que no había pagado absolutamente nada por ella.



Pero en casa las cosas ya no fueron igual que siempre. Pude percibir en Matumissa un cambio de actitud. Notaba su mirada fría y rencorosa, tan distante que se me ponían los pelos de punta. Creo que sospechó desde el primer día que le era infiel. Mi capacidad para doblegarla disminuyó de día en día, intuía que la fuerza que yo perdía le daba más vida a ella. Cuando llegaba a casa, sus ojos fijos en mí conseguían acongojarme hasta tal punto, que comencé a temerla. No sólo eso, incluso mis relaciones con mi compañera también se vieron afectadas. Me sentía culpable de estar con otra mujer que no fuera mi esclava, parecía que una invisible cadena había unido nuestras vidas de tal manera que llegué a pensar que posiblemente la muerte fuera la única forma de recuperar mi perdida libertad. Tenía que matar a Matumissa, para sobrevivir yo, acabar con aquellos ojos que me torturaban cada noche, los mismos que antiguamente me habían parecido tan maravillosos. Acabaría con ella para siempre, ya no deseaba ser su amo, porque realmente había dejado de serlo el mismo día que le dejé de ser fiel. Ahora quería romper las cadenas y volver a tener una vida normal.



Aquella noche cogí el cuchillo más grande que encontré en el cajón de los cubiertos de la cocina, me dirigí al dormitorio donde ya estaba ella en la cama esperando mi llegada y se lo clavé una y otra vez. Sentí que la debilidad se apoderaba de mis músculos. La miré y pude comprobar que había muerto. Mi muñeca de silicona quedó completamente destrozada, trozos de su cuerpo quedaron esparcidos por toda la estancia y un frío mortal inundó mi ser. En ese instante sentí un infinito vacío y un total arrepentimiento por el daño cometido, jamás volvería a tener en mis brazos a mi dulce esclava siliconada, jamás volvería a hacer el amor con ella, a besarla y a quedarme embelesado con sus ojos. Me di cuenta sin embargo de que ni siquiera su muerte había logrado que yo recuperara mi independencia, que al comprarla había sellado un vínculo eterno del que no me podría zafar jamás. Miré el cuchillo y obedecí aquellas voces interiores que me impelían a seguir con ella, convenciéndome de que era lo mejor para ambos. ¿Qué más daba que nuestra unión fuera en vida o en muerte?

Felicidad renovada.... Hasta que el aburrimiento nos separe?

Era en los atardeceres cuando yo me despertaba. Hasta esa hora de la tarde, mi vida era una sucesiva letanía de hechos rutinarios hasta el bostezo. Me levantaba, preparaba el desayuno a mi marido mientras se duchaba y le daba un beso de despedida cuando se iba a trabajar. Limpiaba la casa, preparaba la comida, me vestía y quedaba con mis supuestas amigas de acción social para tomar un café e ir juntas a clases de Pilates. Regresaba a casa y mientras ponía la mesa, veía las noticias esperando a que Esteban volviera. Nada era sorprendente y nada me motivaba. Pensé que ya a mis 46 años me conformaría con aquella existencia baldía con la que se habían conformado mis amigas a las que he llegado a odiar en ocasiones al verlas felices sin tener ningún motivo para ello. Conocía a sus maridos y por mucho que les mirara con buenos ojos, no me parecían seres capaces de lograr ni siquiera su propia felicidad, evidentemente imposible que lograran la ajena.




El destino se encargó de cambiarlo todo una tarde de otoño, cuando las gotas de lluvia que estaban cayendo lánguidamente mancharon los cristales de las ventanas que acababa de limpiar. Mi marido me había comentado algo hacía unos días, pero como en otras ocasiones, ni siquiera le había prestado atención. Fue al sonar el timbre de la puerta cuando lo recordé.

-Éste debe ser Oscar-dijo mientras se levantaba a abrirle.



Me levanté yo también del sofá y vi pasar por delante del salón a aquel muchacho saludándome con una media sonrisa. Esteban y él se encerraron en el despacho y yo me volví a sentar intentando seguir con la lectura del libro que había cogido de la biblioteca esa misma mañana.



No fui capaz de seguir. Mis pensamientos viajaron muy lejos en el tiempo pero me resultaban aún tan cercanos que me dolían. Regresaron al momento en que Esteban y yo queríamos tener hijos y no pudimos, la desesperanza y la frustración de los penosos tratamientos de fertilidad, los malos resultados y la rendición final. Mi hijo podía tener ahora la edad de Oscar.



Mi marido era profesor de matemáticas en un instituto. Era buen profesor y un buen hombre, tranquilo, pausado y demasiado lógico para ser espontáneo. Jamás me reí con ninguno de sus chistes. Pero a pesar de todo, nos llevábamos relativamente bien, habíamos pasado demasiadas cosas juntos como para no hacerlo. Impartía clases a los chicos de segundo de bachillerato y todos decían que era el mejor profesor de matemáticas que había tenido el centro desde hacía tiempo. Fue al empezar el nuevo curso cuando, ante la insistencia de algunos padres y los mismos alumnos, decidió ayudar con clases particulares a los muchachos que eran brillantes en otras asignaturas pero iban más flojos en la materia y querían sacar un buen expediente para optar por la carrera deseada.



Oscar era uno de aquellos chicos. Alto y con paso decidido, vestía como un chico más de su edad, jeans de cintura baja, camiseta de deporte y zapatillas de marca. Tenía el pelo negro y lo llevaba cuidadosamente despuntado. Sus ojos grandes y marrones lucían con un brillo especial.



Sonó el timbre de la puerta cuando aún faltaban diez minutos para terminar la clase. Abrí y encontré al que parecía ser el segundo alumno de esa tarde. A pesar de tener la misma edad que Oscar, Pedro, que así me dijo que se llamaba, parecía todavía un crío con su cara llena de acné, sus rulos castaños y sus anteojos oscuros y redondos.

Le invité a sentarse en el sofá mientras mi marido terminaba la clase. Pedro era muy tímido así que proseguí con la lectura no acosándole con preguntas para no intimidarle.



Por fin finalizaron la clase y Pedro se encerró con mi marido mientras yo despedía a Oscar en la puerta, pero en el exterior tronaba con fuerza y la lluvia caía a borbotones sobre el asfalto.

-¿Por qué no te esperas un poco a que escampe? Te invito a un café si quieres.

Oscar dudó, pero respondió con un escueto “vale” que fue suficiente para que entrara de nuevo en casa.



En la cocina, Oscar seguía mis movimientos y respondía a mis preguntas. Me admiró su madurez y su seguridad, su voz grave me fue envolviendo poco a poco. Por un instante, me sentí como si fuera su madre, me imaginé la rutina de prepararle la merienda, como estaba haciendo en esos momentos. Sentí deseos de darle un tierno beso en la frente, de invitarle a que se quedara a dormir en el cuarto de invitados, el que hubiera sido el dormitorio de nuestro hijo. Mientras estaba absorta con mis pensamientos, me giré para preguntarle cuántas cucharadas de azúcar quería y le vi ruborizarse al verse sorprendido contemplando fijamente mi trasero.



Oscar se tomó el café y se fue. Me senté en la silla de la cocina y me quedé mirando sin pestañear la puerta del frigorífico sin poder pensar absolutamente en nada. Estaba completamente obnubilada y de alguna forma, haber ejercido de madre por unos minutos me había servido para sentirme realmente bien. Además, el pequeño descubrimiento de que resultaba apetecible para un hombre joven atizaba mi coquetería femenina, últimamente adormecida por la rutina.



Oscar y Pedro venían a casa un día sí y otro no. Con Pedro poco hablaba, es cierto que al ser más niño podía haber ejercido también como madre con él, pero no me llamaba la atención en absoluto. Era Oscar el que me llenaba, me gustaba su olor varonil, sus brazos torneados, sus labios perfectamente delineados, su nuez abultada en el cuello. El café después de la clase se convirtió en acostumbrado y los ratos en los que estábamos juntos eran cada vez mayores. Comencé a arreglarme más para recibir a aquellas visitas, me gustaba verme guapa aún estando en casa. Intercambiamos sensaciones, inquietudes y deseos. Era una terapia que me resultaba plenamente placentera y a Oscar, que había perdido a su madre al cumplir catorce años, intuía que le pasaba lo mismo. Estábamos muy a gusto el uno con el otro.



Lo cierto es que cada vez pensaba más en él. Me sorprendieron los celos que sentí cuando me confesó que había conseguido acostarse con una compañera en una fiesta de sábado y no pude contener mi rabia retándolo como si realmente fuera su madre, diciéndole que no podía acostarse sin más con la primera que pasara por su vida. No quería reconocerlo, pero Oscar me atraía como hombre más que como hijo. No recuerdo cuando me di cuenta de aquel sutil cambio, quizás fue una noche cuando estando con Esteban haciendo el amor, cerré los ojos y me imaginé a Oscar sobre mí, besándome dulcemente y poseyéndome por primera vez.



Por la mañana, sentí remordimientos por aquellos tortuosos pensamientos. Mi deseo por él se avivaba al verle, la necesidad de tocarle se hacía imperativa. ¿Pero no ves cuánto te deseo? Me decía a mí misma en silencio.



Nuestros cafés pasaron de la cocina al salón. Oscar y yo nos sentábamos uno al lado del otro y con la tenue luz de la lámpara de pie de la esquina hablábamos hasta que, a falta de cinco minutos para que terminara la clase mi marido, él se iba. Cada vez que cerraba la puerta y le despedía, sentía que me desgarraba por dentro, que una parte de mí se esfumaba y que volvía de nuevo a la más absoluta oscuridad.



Aquella tarde cuando Oscar se marchó, me fui al baño y delante del espejo, me desnudé imaginando que al otro lado no estaba mi imagen reflejada en él, sino la de Oscar, contemplando cómo me desposeía de mis prendas y me entregaba a él. Acaricié el espejo y besé aquellos labios que me parecieron demasiado fríos al principio, lamí mi imagen para calentarla y al besarlos de nuevo, por fin conseguí imaginarme que eran los de él. Con la camisa desabrochada cayendo por mi espalda, me deshice del sostén y acaricié mis pechos, grandes y hermosos, los achuché y bajé la mano hasta mis piernas. Sin dejar de mirar mi imagen me desabroché los pantalones e introduje mis manos bajo las bragas, eran las de Oscar, grandes y fuertes las que lo hacían. Eran sus dedos los que curioseaban en mis entrañas y los que penetraban mi sexo. Mientras me masturbaba, pude oír a mi marido despidiendo a Pedro y gritando mi nombre mientras me buscaba por la casa. Un “¡estoy aquí!” salió de mis labios con algo de dificultad. Seguí mimando mi sexo hasta que el vaho del baño emborronó mi visión y la que yo me imaginaba de Oscar. Aunque quizás fue el orgasmo que sentí en ese momento el que hizo disminuir mi percepción visual. Fue algo fantástico, hacía mucho que no me masturbaba y casi ni recordaba la facilidad y la intensidad con que se llegaba a la meta.



Al siguiente día que Oscar vino, me encontraba algo apurada a su lado, quería disimular en lo posible lo que sentía por él, pero me parecía que mi torpeza de movimientos al estar tan cerca de él me delataba. Mi piel se erizó por un instante cuando me agarró el brazo para contarme un chiste y mi sexo se volvió más presente que nunca. Demasiado para controlarlo, creo que mi cabeza había dejado de funcionar por completo porque si no, no entiendo cómo tuve el valor de acercarme a él y besar sus labios.



Oscar, ante aquel gesto por mi parte no se inmutó. Me miró confuso, pero su inercia tendía hacia mí y al ver que me apartaba mientras musitaba un “no sé qué me ha pasado, lo siento” me abrazó y me besó. Fue un beso largo, ardiente y apasionado, pero tierno. Dulcemente tierno. Sentí su respiración fundida con la mía, toqué sus brazos y me gustó su firmeza, sus músculos aún no estaban formados completamente. Acaricié su pelo, tiré de él, besé su cuello y lamí con devoción los lóbulos de sus orejas. Pero no pasamos de ahí, el reloj acechaba la verticalidad y mi marido estaba a punto de salir con Pedro. Sentía mi corazón a punto de estallar y, aunque vi que Oscar quería seguir, le aparté señalándole la hora.



Nos despedimos sin más. Con un adiós y sin darnos siquiera un beso. Creo que ambos estábamos pensando lo mismo. Que no había ocurrido nada o quizás sí, pero ambos teníamos cierto temor a reconocerlo.



Esa noche me angustié pensando que Oscar quizás no volvería jamás y que se había arrepentido de lo que había hecho. Afortunadamente me equivoqué porque ese miércoles que tenía clase se presentó como siempre. El tiempo que duró la clase con mi marido se me hizo eterna, no podía parar, me levantaba del sofá, me sentaba, caminaba como un león enjaulado por toda la casa esperando que el tiempo trascurriera más deprisa. Por fin Pedro vino y los minutos volaron al lado de aquel insulso muchacho al que esta vez sí que le torturé con mis preguntas.



Oscar apareció en el salón y mi marido volvió con Pedro al despacho. Nos quedamos de pie, mirándonos sin saber qué decir, yo no sabía si pedirle perdón, si decirle que había sido un error, así que dejé que mi corazón decidiera por mí y le abracé. Oscar correspondió a mi abrazo y sentí que estábamos de nuevo unidos. Nos besamos y abrazamos con ansiedad. Rocé con mis dedos sus labios, los chupé con delicadeza y lamí su abultada nuez. Palpé sus formas sobre la ropa, estaba tremendamente excitada. Acaricié su cuerpo y un impulso me hizo desabrochar su camisa. Oscar se dejaba hacer por mí. Besé sus pechos, acaricié el vello de su torso, mordisquee su cintura, desabroché sus pantalones y cogí entre mis manos su miembro, completamente erecto para mi deleite. Él seguía algo despistado, creo que temía por Esteban, que nos pillara in fraganti, pero supe que me deseaba cuando me desabotonó con ansiedad mi blusa, bajó mi sostén y se zambulló en mis pechos, hambriento de deseo por ellos. Lamió y mordisqueó mis pezones, los succionó una y otra vez y sentí un placentero cosquilleo en ellos, posó su mano entre mis piernas y bajando la cremallera de mis pantalones, resbaló su mano dentro. Su pericia a pesar de los nervios me sorprendió. Yo le deseaba dentro, así que me desabroché por completo y le supliqué que se pusiera encima. Ante su mirada dubitativa, le tranquilicé, Esteban no iba a salir, todavía faltaba media hora para finalizar la clase. Oscar se puso sobre mí y resbaló su miembro en mi interior. Por un momento creí estar en un sueño y no en mi salón, no podía ser cierto que estuviera haciendo el amor con Oscar, pero su pene dentro de mí era algo demasiado real para suponer que no era cierto.



Oscar me embistió con fuerza y yo le ayudé, fue corto pero tan intenso que mis ojos se llenaron de lágrimas que resbalaron por mi piel hasta caer en el sofá. Estaba llorando de puro placer, me volvía a sentir viva, Oscar era un soplo de aire fresco en mi existencia. Reposó jadeando unos momentos dentro de mí hasta que por fin consiguió recuperar el resuello y se apartó.



Aquellas sesiones de sexo se hicieron habituales, éramos tan descarados, que a veces dejábamos escapar algún que otro gemido que nos hacía volver a la realidad del salón y de mi marido y Pedro a pocos metros de nosotros.



No sé lo que había entre nosotros: pasión, amor, enamoramiento, cariño, ternura... No puedo definir mis propias sensaciones. Sé que Oscar se acostaba con alguna compañera de vez en cuando. Yo ya no le preguntaba por ello, no quería saber nada de su vida, me daba demasiado miedo competir con aquellas jóvenes que compartían su vida más que yo. Sabía que tenía unos momentos en los que era completamente mío, suficiente para ser feliz. Con Esteban me sentía bien, ya no sentía mi vida tan rutinaria, había encontrado algo que me daba luz en todos los sentidos. Había conseguido recuperar la ilusión de la sorpresa.



Y eso es lo que me llevé. La mayor sorpresa de mi vida una noche en la que no podía dormir y encontré a Esteban masturbándose compulsivamente en el salón mientras contemplaba extasiado en el ordenador los encuentros que habíamos tenido Oscar y yo aquellas tardes. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que aquel cable que había en la librería no estaba conectado a la televisión ni al video sino al ordenador portátil que él tenía siempre en la mesa del salón y que había estado grabándonos con la pequeña webcam que tenía escondida entre unos libros.



Regresé silenciosa a la cama sin que Esteban percibiera mi presencia y dejé que siguiera disfrutando con aquellas imágenes. Decidí al taparme con la sábana que si él no había puesto ninguna pega al enterarse de mi relación con Oscar, yo tampoco tendría inconveniente en que siguiera ejerciendo de voyeur con nosotros. Un secreto por otro secreto, algo completamente justo. En ese momento creo que todos éramos algo más felices que antes.

martes, 26 de abril de 2011

métemelo

Comenzaste por los ojos… tu mirada me penetraba hasta el alma, produciéndome escalofríos. Era tan penetrante e intimidante que la sentía recorriéndome la espalda mientras caminaba hacia el baño. Me recorrías de arriba abajo, como queriendo estar por debajo de mi vestido.

Continuó más tarde, la mano en la cintura que apretabas y acercabas a tu cuerpo más de lo necesario en medio de la pista de baile. Al segundo o tercer merengue, conseguí la respuesta a mi pregunta de “¿qué será lo que le ven a éste tantas chicas lindas?”… Allí, en medio de la pista, con tu brazo acercándome peligrosamente a tu cuerpo, pude “sentir” la respuesta y lo entendí todo. Yo también sucumbía a tus encantos…

Luego en el auto… antes de arrancar y perdernos en la locura de las madrugadas citadinas. Allí fue la lengua… hábil y curiosa, ávida, hambrienta. Labios que succionaban, dientes que mordisqueaban, lengua que penetraba, ojos que se perdían detrás de mis propios párpados, respiración que se agitaba.

Llegamos a la disco, un par de tragos más y una demanda osada para una mujer osada. “Quiero tener algo tuyo -me dijiste- algo con qué recordarte”. No entendía por dónde venías, pero rápidamente me lo hiciste saber. Segundos más tarde, en plena pista de baile y en medio de la multitud frenética, ponías inocentemente tus manos sobre mis caderas, y en un suave movimiento me quitabas el bikini de encaje blanco, haciéndolo deslizar piernas abajo, para tomarlo disimuladamente en mis tobillos y guardarlo como trofeo de conquista en el bolsillo de tu chaqueta.

Después de eso ya nada volvió a ser igual. Eran ridículas ahora las poses puritanas o conservadoras. Mi deseo y el tuyo estaban ya a punto de ebullición. No había por qué esperar.

- ¿Mi casa o la tuya?, preguntaste. Pero no pudimos llegar a ninguna de las dos. Sólo esperando al semáforo en tu auto, en medio de un beso apasionado, metiste tu mano por mi escote y tanteaste mis pezones en estado de alerta. Apretaste mis senos con lujuria, al tiempo que mordiste mi labio inferior, haciéndome brincar del dolor. Ahora mis labios todos latían rojos y calientes.

Subimos al auto y avanzaste algunos metros para alejarnos de la luz y las miradas, inquisidoras unas, envidiosas otras. Paramos en una zona residencial tranquila y convenientemente oscura. ¿Peligrosa? Tal vez… pero eso sólo incrementaba el deseo.

Sin mediar palabra desabrochaste tu cinturón y abriste el pantalón. El sonido metálico de la hebilla y el ronronear de la cremallera deslizándose provocó en mi cerebro un impulso que me disparó automáticamente hacia delante, volcándome sobre tu inmenso y flamante mástil, que me esperaba ansioso y expectante.

Era un falo espectacular. Entendí que lo que había sentido horas antes en la fiesta había sido al gigante en reposo. Ahora lo contemplaba erguido ante mis ojos, liso, brillante y moreno, invitándome a demostrarle todas mis habilidades en el sexo oral.

“Trágatelo”, me pediste jadeando, mientras yo practicaba un afanado ejercicio para que semejante portento entrara completo en mi boca. Por momentos tanta inmensidad me producía arcadas; debía concentrarme para relajar mi laringe y a la vez succionar, respirar pausadamente a pesar de tanta excitación, abstraerme del mundo para proporcionarte placer.

Tú sólo decías “trágatelo, mételo todo en tu boca, así… así”.Me tomabas por el pelo y con acompasados jalones me ayudabas a deglutir tu maravillosa masculinidad.

Tal vez sólo un par de segundos antes que fuera demasiado tarde, paré en seco mi faena. Levanté la cabeza para mirarte y sonreí al ver tu cara, mitad placer, mitad desesperación.“Ahora me toca a mi, cariño”, te dije al tiempo que de un jalón tiraba hacia atrás tu asiento y me colocaba a horcajadas sobre ti, como un experimentado jinete de rodeo.

La ropa interior no fue un estorbo; era un problema resuelto por ti hace mucho rato. Besaste mis labios con pasión, pero a la vez con ternura, o al menos así lo sentía yo, después de tanta fricción y calambres aguas abajo.

Yo estaba más que lista… desde la disco, desde la fiesta antes de la disco… tal vez desde la primera mirada con la que me habías dicho “estás bellísima”… no lo sé. El punto es que sólo dije “Métemelo” y no hizo falta nada más para que me ensartaras y me acoplaras en un solo movimiento a tu mástil, que ahora, dentro de mí, se sentía más inmenso y desbordado que nunca.

Mi rodilla derecha flexionada sobre tu asiento y pegada a tu cadera hacía el trabajo de balanceo y ritmo, mientras que mi pierna izquierda estirada y con mi sandalia de tacón apoyada en el asiento trasero, me daba el apoyo y la fuerza para embestirte. Mis manos desabrocharon los botones de tu camisa y mis dedos comenzaron a juguetear con tus tetillas y a enredarse en tu velludo pecho. Mis labios pegados a los tuyos, sólo salían de tu boca para recorrer tu cuello, para lamer el lóbulo de tu oreja y decirte casi sin voz… “así, así… métemelo, métemelo”.

Tus caderas y las mías bailaban un ritmo ancestral, innato e inédito. Un ritual de placer, reciprocidad y agradecimiento, mientras nuestras gargantas emitían sonidos repetitivos y guturales, una especie de mantra que nos llevaba a un estado alterado de conciencia, permitiéndonos, finalmente, liberarnos en un grito espasmódico y purificador, una sola exclamación a través de dos gargantas; dos chorros de semen en un solo canal, mil latidos por segundo que ensordecieron al mundo… subir al cielo y al bajar, notar que la tierra no estaba tan lejos.

Morir y renacer más completos, más sabios, mucho más felices.

Y seguir andando la vida, a la espera de otro encuentro, de otra fiesta en la que me comas con la mirada, en la que me roces con tu miembro épico en la pista de baile. Otra noche en la que me conquistes con una locura y me hagas nuevamente gritar: 
“¡¡Métemelo… métemelo!!..”

sábado, 16 de abril de 2011

Inspiración carnal

La conocí ya hace dos años, en aquel bar de un amigo mío en el que me encontraba mejor que en mi propia casa. Las caras ya eran conocidas y la música de mi estilo. Me sorprendió que estuviera sola, pero no parecía importarle. En la barra del bar demostraba más seguridad que todos los que se le querían acercar. Ella les apartaba con un giro negativo de cabeza, una media sonrisa o un “no” rotundo si el candidato se ponía muy pesado. Yo la observaba atentamente. Era alta y delgada, tenía el cabello ondulado y de color castaño claro. Me sorprendieron sus grandes ojos verdes, era difícil no quedarse ensimismado mirándolos.

Me acerqué a la barra y pedí una copa, estaba a dos metros de ella y pensaba cómo podría acercarme sin que fuera otro candidato rechazado. Su vestido negro y corto con un generoso escote era toda una invitación a perderse en un mar de sugerentes pensamientos.

Sentía mi propia excitación dentro de los pantalones. Sabía que tenía que ser cauteloso, que no podía abordarla sin más, tenía que encontrar la mejor manera de poder empezar a hablar con ella y no dejarla indiferente. Pero no se me ocurrió nada más que mirarla intensamente. Su instinto advirtió mis ojos y lejos de sentirse abrumada me sostuvo la mirada.

No sé cuánto tiempo pasó, si fueron apenas unos segundos o varios minutos. Pero sentí toda su fuerza sexual en su mirada, quizás incluso sintió la mía. Sus ojos me hablaban de deseo, de imaginación, de curiosidad. Y sin saber muy bien cómo, me acerqué a ella y le pregunté algo que jamás hubiera dicho a otra mujer sin conocer siquiera su nombre. Ella respondió como yo quería: tras unos segundos algo confusa por aquella pregunta tan directa y extraña, me sonrió y obtuve un “sí” por respuesta.

-Por cierto- dijo ella cuando salíamos del bar en dirección a su apartamento- mi nombre es Julia Castro. ¿El tuyo?-Puedes llamarme Mario.

Al entrar en su apartamento lo primero que sentí fue el intenso olor a rosas que había en él. Al encender la luz, pude comprobar que varios ramos de rosas multicolores reposaban en jarrones distribuidos por todo el salón.
-¿Todas esas flores son de tus amantes?

Julia se río pero no contestó, se limitó a acercarse a mí y con su voz sensual me retó al juego que yo le había propuesto en el bar.
-¿No ibas a hacerme tu esclava sexual? ¿Cuándo empiezas?
Sus palabras entraron por mi cerebro y alertaron a todo mi cuerpo excitándolo como hacía tiempo no lo estaba. La besé y recorrí aquel cuerpo que hasta ese momento desconocía disfrutando de sus formas curvilíneas, amasé sus pechos hasta forzarlos a salir de su enconsertado cubículo, subí el vestido por detrás hasta hacer mías sus perfectas nalgas. Saber que no llevaba ropa interior me puso aún más caliente. Julia gemía mientras acariciaba mi cuerpo y me iba desnudando lentamente. Yo empecé mi juego, cogí la tela del escote de su vestido con ambas manos y lo rasgué por completo.
-Te compraré unas rosas para compensarte por el vestido -Dije yo irónicamente.

La abracé y nos tiramos en la alfombra. Mordí suavemente su cuello y ella gimió intensamente. Cogió mi miembro con sus manos y con sus húmedas yemas inspeccionó cada milímetro de él. Aparté su mano y agarrando sus brazos con mi mano derecha, zambullí mis dedos de la otra mano en su sexo, acuoso y cálido. Estaba completamente depilado, algo que me encantaba. Julia se retorció de placer cuando los introduje más profundamente hasta encontrar su punto G. Quería desasirse de mí, pero no podía. Mi miembro ya no podía aguantar fuera de tan cálido lugar así que quité mi mano y de un empujón, la poseí. Ella tenía una cara de intenso placer. Rodeó mi cintura con sus piernas y mi miembro penetró más profundamente hasta sentir que hacía tope. Liberé sus brazos y ella me abrazó, arañando suavemente mi espalda. Levanté sus piernas y la embestí repetidas veces.
-¿Vas a ser mi puta? –Dije yo
-Sí, claro que sí-Dijo ella sin apenas dudarlo.

La insté a que se pusiera a cuatro patas y ella obedeció de inmediato ofreciéndome un hermoso culo que yo agarré con mis manos a modo de asideros para penetrarla de nuevo en aquella posición. Veía sus pechos moverse ante mis embestidas en un espejo que tenía en una de las paredes. Estaba más hermosa así incluso que cuando la conocí en el bar. Sus paredes vaginales se comprimían rítmicamente una y otra vez en compulsivos orgasmos. Sujeté su pelo cual si fuera mi montura y cabalgué hasta que sentí que un torrente de semen salía de mí. Me dejé caer sobre ella cuando sentí que mis piernas ya no me sostenían tras gozar.

Después de unos segundos nos sentamos en la alfombra recuperándonos de la intensa sesión de sexo.

-¿Cuándo te volveré a ver? –Dijo Julia intuyendo que yo era el que ponía las normas.
-Yo te llamo, tendrás que hacer deberes para mí, si no los haces no me volverás a ver.-Contesté yo.
-De acuerdo.
Por primera vez, miré su apartamento con una mayor atención. Me sorprendió ver su mesa llena de papeles escritos a mano, algunos arrugados víctimas de un destino peor.
-¿Y todos esos papeles?
Julia sonrió.
-Soy escritora. Escribo relatos eróticos.-¿Y son producto de tu imaginación o de tus experiencias? –Pregunté yo intrigado.
-Eso no te lo voy a decir. Tendrás que descubrirlo…
-Lo haré- dije yo levantándome del suelo-

Me despedí de ella con un hasta pronto y volví a casa. Estaba convencido de que había encontrado por fin lo que yo había buscado muchas veces en una cama con una mujer.

La había encontrado a ella.

a lavar!!

Llevaba ya dos años en aquella lluviosa ciudad. Miraba atrás en el tiempo y me sorprendía la capacidad que había demostrado para adaptarme a ella y no sucumbir a la nostalgia de mi soleada tierra del sur. Había viajado a Londres no sólo para aprender inglés y completar mis estudios universitarios como le había dicho a mi familia, sino también para huir de una relación con un hombre que me había dejado más tocada de lo que yo creía. Era necesario no sólo poner tiempo para superarlo sino también una larga distancia que me impidiera cualquier acercamiento en caso de debilidad por mi parte a aquel hombre que me había herido. Necesitaba una especie de parón en mi vida, un replantearme lo que yo realmente quería hacer, lo que yo buscaba en la vida profesionalmente hablando y por qué no, reflexionar sobre mis relaciones con los hombres, siempre plagadas de problemas. Pero no fue fácil en los primeros momentos. Encontrar trabajo resultó una ardua tarea, buscar un sitio donde vivir tampoco y adaptarme a la diferente forma de ser y actuar de los ingleses tampoco. Todo era distinto a lo que había vivido antes, además de la dificultad añadida de no tener a nadie al que contar las penas para poder desahogarme. Lo cierto es que lentamente todo fue encajando en el puzzle: encontré trabajo en una hamburguesería, que no es que fuese el trabajo de mi vida, pero me daba margen suficiente para tener dinero para vivir y plantearme buscar otro trabajo como profesora de español, que era de lo que yo pretendía ejercer. También encontré, a través de un compañero de trabajo, un pequeño estudio que bien podía haber sido en otra vida una caja de zapatos de segunda mano, dado su reducido tamaño y el olor a sucio de la alfombra ennegrecida que había en el suelo y que fui incapaz de quitar, ni siquiera suplicando a la dueña e intentar convencerla a través de un estudio sobre ácaros y alfombras que había encontrado en Internet. Aquella mini morada se componía de lo imprescindible para poder vivir sin más alharacas: una zona de salón-comedor-dormitorio donde se ubicaba una cama de 80 que hacía las veces de sofá y asiento cuando comía, la zona propiamente de la cocina que tan sólo la separaba del salón una estrecha barra que hacía también de aparador, una estantería, un armario diminuto al que jamás pude ver ordenado dada la diferencia entre lo que podía contener y lo que yo quería que contuviera, una mesa baja con la que más de un día me tropecé y un pequeño aseo independiente al que habían tenido el detalle de ponerle una ducha que seguramente la habían robado de una clínica para anoréxicas que jamás se hubieran mirado en el roñoso espejo que había en el baño dado que distaba mucho de irradiar felicidad ajena. Pero en mi pequeño espacio para vivir faltaba algo que jamás hubiera pensado que se obviaría en ningún hogar, y era una lavadora. Fue al buscar piso cuando me di cuenta de ese pequeño detalle: prácticamente en todos los lugares que visitaba brillaba por su ausencia. Al principio rechacé todas las ofertas de alquiler que no dispusieran de aquel útil complemento, pero tras desesperarme completamente por lo que iban viendo mis ojos, me rendí y decidí que, dada la abundancia de lavanderías que había en las calles de Londres, alquilaría un piso algo más decente y llevaría mi ropa a lavar a un sitio público, igual que mi bisabuela había lavado su ropa al lado del río cuando vivía en el pueblo. El pequeño estudio que había alquilado se encontraba en una de las zonas de Londres que eran territorio de los “paquis”, habían pasado ya años desde que los primeros poblaran Londres y lo que allí había era ya una segunda e incluso una tercera generación de los mismos. Siempre me atrajeron los hombres de rostro algo oscuro, mas no negro, y los hindúes y paquis que pasaban a mi lado por las calles de Londres me provocaban un revuelo de emociones en todo mi ser. No me importaba su pequeño tamaño, eran sus ojos de mirada profunda, su cara redondeada y su piel morena los que me revolvían. Mi trabajo terminaba cada día a las 12 de la noche, pero era difícil que jamás saliera antes de la una de madrugada, todo tenía que estar pulcramente recogido y ordenado para la mañana siguiente y nadie podía escaparse hasta que la jefa no nos diera su bendición. Al salir, me encontraba extenuada y el simple aroma a carne, independientemente del animal de que se tratara, me provocaba más de un vómito que tenía que aplacar con unas inspiraciones profundas intentando relajarme. Evidentemente no tardé ni dos meses en cambiar mi dieta carnívora de toda la vida por una dieta vegetariana ausente de todo recuerdo del lugar donde trabajaba. Al llegar a mi casa y hacer una liviana cena apenas me quedaba tiempo siquiera para pensar en mí misma. Poco le podía dedicar a la limpieza de mi hogar pero se hacía inexcusable llevar una vez por semana la ropa a la lavandería de la calle donde yo vivía así que cogía una bolsa grande de basura negra, metía todo lo que debía lavarse y con el hatillo al hombro salía a la calle de madrugada. A pesar de los horarios de los habitantes de la city, la ciudad tenía vida, aunque fuera más sútil. El hecho de que la lavandería estuviera abierta a esas horas era prueba evidente de ello. Cuando llegaba, me embargaba la soledad de las máquinas esperando ser utilizadas. Solía ponerme siempre en la que había al fondo, justo al lado del banco que utilizaba para esperar que el proceso de lavado y secado finalizara. Pero no tardé en disfrutar de compañía al cambiar mi día de visita y coincidir con un hombre atizonado de mirada penetrante y pelo sombrío. Ni siquiera saludó al entrar y verme ya sentada en mi banco de siempre con un libro en la mano. Depositó sus prendas en una lavadora cercana a la mía y sin más, se sentó a mi lado a esperar. Estando acostumbrada a vivir en una tierra sociable donde la gente no sólo se saludaba sino que además, hasta conversaba aunque fuera de temas banales, me sentía algo incómoda con la escena de mutismo absoluto a pesar de la corta distancia que nos separaba. Lo cierto es que me resultaba atractivo, mucho, pero era en esos casos cuando mis feronomas bloqueaban completamente mi cerebro y a pesar de mis ganas de hablar, permanecí en completo silencio como él hasta que mi lavadora finalizó, recogí mi ropa y salí del lugar con un tímido “bye”. Mi encuentro fue suficiente para que mi poderosa imaginación elucubrara mil encuentros con él, cómo empezaríamos a conversar, la primera cita en un café y los besos posteriores. Era fácil, sólo era cuestión de trasvasar la barrera que le imponía el mundo virtual para hacerlo real. Pero nada de eso sucedió. Ni en el segundo encuentro, ni en el tercero. Seguíamos siendo dos completos desconocidos a pesar de conocer al dedillo la ropa interior que cada uno usaba. Fue en una noche excepcional de cielo estrellado cuando todo cambió. Cuando llegué, ya estaba sentado esperando en el banco. Me dirigí a mi lavadora y fui metiendo toda mi ropa poco a poco. A pesar del ruido de su lavadora funcionando oí su respiración tan cerca de mí, que no pude sino volverme. Y ahí estaba él, el hombre sin nombre, a menos de veinte centímetros de distancia de mí. Por un instante sentí miedo y me imaginé que realmente era un ladrón de lavanderías que acechaba a las trabajadoras de las hamburgueserías en un cuidado ritual de cuatro encuentros o un asesino en serie que esa noche tenía que cumplir con su necesidad de matar. Creo que toda mi vida pasó por delante hasta que sentí sus manos en su cadera y sus labios en mi cuello. Me estremecí pero aún fui capaz de dar al botón de “start” y que mi ropa comenzara su lavado. Ni me moví, ni siquiera volví la cabeza para preguntarle qué hacía. De sobra lo sabía, tanto, como que hasta lo había soñado en más de una ocasión en mi pequeño cuarto. Aquel moreno de ojos penetrantes inspeccionó mi cuerpo hasta que fue encontrando sus rincones favoritos: rodeó mis pechos alertas con sus pequeñas manos y las bajó por mi blusa hasta llegar a mi falda. Mi corta falda entre sus manos parecía ser incluso más escasa, pues no tardó en adivinar por su tacto el aspecto de mi sexo. Sentía sus dedos bajó mis bragas y comencé a gemir con algo de timidez. La distancia que nos separaba había desaparecido y podía sentir su miembro erecto frotándose entre mis nalgas. En un instante sentí su calor, mi compañero de lavandería me había bajado mis bragas hasta la rodilla, había subido mi falda por detrás y ahora palpaba a sus anchas los melocotones que se le ponían tan a la vista. Sus caricias me enloquecían de placer, y más cuando sentí que deslizaba su mano desde atrás hacia delante, acariciando toda mi intimidad, ahora a la vista. Me empujó suavemente contra mi lavadora y aclimató su miembro al calor de mi sexo, penetrándome firmemente hasta que me sentí completamente llena. Aquel moreno comenzó un ritmo de empujes constantes, quizás muy parecidos al que marcaba el electrodoméstico, mientras yo, inclinada levemente sobre la lavadora, sentía en toda su plenitud ambas cadencias. Me gustaba sentir bajo mi cuerpo aquellas vibraciones que emitía la lavadora, aumentaban el placer que me proporcionaba mi amigo nocturno. A medida que me embestía, yo dejaba caer mi cuerpo sobre la lavadora, hasta sentir mis pechos sobre ella. Era entonces cuando él me ayudaba a levantarme para poder amasar mis pechos con sus manos. Lo cierto es que mi amigo se tomaba el ataque con calma, quizás quería degustar todo lo que en otros encuentros no habíamos hecho. Nada nos preocupaba que entrara alguien y pudiera vernos. ¿Quién se acuerda de esos pequeños detalles cuando se ha ascendido al Paraíso por unos instantes? Mi compañero sin nombre agarró mis nalgas cual jinete y aceleró sus embestidas mientras yo, apenas recordaba si ya había disfrutado de dos o tres orgasmos. Quizás fueron cuatro. Su montura estaba a su disposición para seguir cuanto quisiera. En esos momentos, mi lavadora había iniciado su proceso de centrifugado y mi amigo, contagiado por el frenético ritmo que le imponían, se dejó llevar hasta que un leve gemido y su calor invadiendo mis entrañas, me anunció que había terminado. También mi ropa estaba lista para ser sacada de allí. Mi compañero en un curioso gesto con su dedo haciéndome una especie de garabatos en mi espalda se apartó de mí y como si nada hubiera pasado, se fue hasta su lavadora a recoger la ropa que hacía unos minutos había finalizado. Me recompuse mis prendas y metí en la bolsa toda la ropa lavada y ya seca aunque arrugada. Me volví para verle pero sorprendentemente se había marchado. Se había ido sin decirme siquiera adiós. Caminé a mi casa pensando en lo raros que eran los insulares, pero con una sensación de bienestar que hacía mucho no tenía. Esa noche dormiría de un tirón a pesar de los ruidos que a veces tenían las cañerías de mi hogar, si se le podía llamar así al lugar donde habitaba. Al llegar a mi casa me desvestí para entrar en la ducha y al mirarme en el espejo pude ver que en mi espalda había escrito a rotulador dos palabras en inglés “See you”. Estaba claro que no sería la última vez que aquel desconocido y yo lavaríamos juntos la ropa…para tomar ideas

lunes, 4 de abril de 2011

no siempre se dice adiós entre lágrimas

Yo era de esas chicas que sonríe con las canciones tontas, que le gustan las de Sinatra para imaginarse en el Hollywood de los 40 y los 50 cuando Marilyn reinaba indiscutiblemente. Era del tipo de chicas que no le da vergüenza saltar en los charcos o rebozarse en la arena de la playa como una niña pequeña. Era del tipo de chicas con las pestañas largas, nariz pequeña, pecas salpicadas y sonrisa permanente. Era del tipo de chicas que no se peinaba.

El era del tipo de chicos que considera que si no tienes nada mejor que decir, no hables. Era de ese tipo de chicos que no sonreía demasiado, que le preocupaba el trabajo demasiado y no se reía con los chistes malos. Era del tipo de chicos que no tenía un gran círculo de amigos, porque no dejaba entrar a nadie. Era del tipo de chicos que todo lo que tenía que ofrecer lo tenía oculto.

Eramos de ese tipo de parejas que no pegaban ni con la gotita. Pero la irreverencia de Ella y la calma de El terminaron por transformarse en un adhesivo mas fuerte que cualquier otro conocido. 

Pero el tiempo pasó y lo que antes nos enamoraba hoy nos sobrepasaba, lo que nos encantaba del otro terminó por colmarnos.... es por eso que hoy tomo los recuerdos de tanto amor y fuego que hubo entre los dos y los guardo en una cajita blindada en mi corazón para que nada ni nadie pueda alterar el cariño con el que te recordaré, para que no se me escape ninguna de las sonrisas que logre hacer salir de tu huraña carita, para que nadie me robe las mañanas despertando entre tus brazos, para que nunca se me escapen todos los motivos por los que marcaste mi vida.

quiero una almohada nueva

Ella se acurrucaba contra su pecho sólido como una niña desprotegida, como alguien que necesitaba el calor para sobrevivir. Y estaba tan a gusto allí en medio de sus brazos de gigante, atrapada en su delicioso olor, con las manos de él rodeando sus hombros cubiertos solo por una camisa que le pertenecía, negra, la cual cubría más abajo de los muslos. No sabía, no podía llegar a comprender como era posible que fuera tan endemoniadamente feliz en un sofá con más años que Matusalén y con una serie insulsa que ni la iba ni la venía. De vez en cuando frotaba levemente su cabeza contra él, como un gato. Sonreía tontamente cuando en alguna ocasión distraído enredaba su dedo índice en el pelo y recibía descargas de placer en la nuca.
Se sentía endemoniadamente bien en esos momentos. Todo lo demás era pura miseria. Lo único que necesitaba era eso. A él como almohada.

segundos, minutos u horas?¿?

Supongo que algo bueno tuve que hacer en algún momento de mi vida. También doy por hecho que he hecho cosas malas, horribles y fatales. A veces, cuando me da por pensar creo que soy terriblemente afortunada porque tengo todo lo que necesito y otras me da por creer que me faltan un montón de cosas. Pero bueno como dicen por ahí "no es más rico el que más tiene, si no el que menos necesita". Y yo te tengo a tí. Y no necesito más. Más tiempo para pasarlo revolcándonos en las mantas. Más tiempo para comerte a besos... Quizá todo lo demás sea circustancial, o tú, o yo... ¡O qué más da!
Fue entonces que me rozaste la nuca durante dos segundos casi imperceptiblemente. Me susurraste al oído que era preciosa mientras yo cerraba los ojos y la piel de mis muslos se ponía de gallina. Y me imaginé que eras para siempre.
 Sólo que no necesito más... pero que quiero más segundos... Esos que componen las horas, los verdaderamente importantes...

Váyanse a la mierda!!

¿Qué me dicen, de esos hipócritas de mierda que van de liberales y luego llaman de todo a cualquiera que no se atenga a las normas establecidas de lo que debe ser una señorita?

Pues señores, yo me tiro a quien me da la real gana. En primer lugar la sexualidad no es mala, el tener sexo tampoco (siempre que te cuides, tampoco es la idea jugar ruleta rusa) y el hecho de que una chica tenga una vida sexual intensa, no significa ni que sea una puta, ni una zorra, ni una ninfómana. Por Calíope, estamos en el siglo XXI se acabó el dar explicaciones a nadie. Si no tienes una relación (o si la tienes y él está de acuerdo, no se debe jugar con los sentimientos de los demás) puedes hacer lo que te plazca. Ellos lo hacen y los adoran. De hecho, les encanta salir de fiesta y acabar en la cama con alguien sin ataduras emocionales (a quien no? jojojo), pero por lo visto esas son las indecentes, las que no se vestirán de blanco en su boda. ¿Saben lo que les digo manga de idiotas? Que no tienen ni medio cerebro. Pero también hay chicas que atacan a otras por esta razón.

NO hay mejor cosa que saber que eres SEXY, que te sientes DESEADA.

Y al que no le guste, que mire para otro lado. Nadie es más ni menos por hacer lo que le da la gana con su vida sexual.

Así que lo he dicho. A la mierda.

no es mio pero lo encontré precioso y no estaba firmado

La suya fue una historia de amor, si, pero les toco vivirla, es decir, sobrevivirla, en una sucursal del infierno en la tierra. Condenados a la ardua tarea de fregar los interminables pasillos con carteles negros cuyas flechas señalaban, tajantes, el camino del krämatorum. Y el caso es que nunca pasaron de lanzarse tiernas miradas, coronadas por un ardiente beso, mientras restregaban sus enormes repollos por el suelo de los barracones. Ni una caricia ni un beso. Allí dentro eran números. Tan solo las dos cifras, 325 y 566, que llevaban tatuadas en la piel. De hecho, ambos lo tenían todo. Recaían sobre sus fatigados hombros todas las premisas que durante aquellos años de terror y miseria, acababan por convertir a un ser humano en un “elemento indeseable”, o sea, en acérrimo enemigo del estado. A saber: uno, Franz, era judío, comunista y homosexual; el otro, Manuel, gitano, rojo y maricón. Le sobraban a ambos los agravantes para permanecer. Encerrados, allí. Hasta el día en que el campo amaneció sin los SS pateando almas a su alrededor. Y se oyeron tiros y cañonazos por todas partes. Y como por arte de magia, aparecieron los primeros soldados estadounidenses. E iban precedidos de nervios, de llantos, de alambradas rotas. 325 y 566 se miraron fijamente por última vez. Y advirtieron, con el corazón encogido, que nunca jamás, hasta el fin de sus tristes vidas, volverían a estar enamorados.