Cada mañana, antes de que el sol se pusiera en el horizonte, yo me acercaba a comprar hasta allí. Me gustaba saborear en mi boca de camino al trabajo un trozo de aquel pan recién hecho, escuchar el crujiente sonido que hacía al cortarlo con mis dedos, sentir como se derretía gracias a mi saliva. Era mi “buenos días” particular, la forma perfecta de comenzar una nueva jornada y saber que el rutinario devenir de los días me hacía simplemente feliz. De alguna manera, comer su pan era como abrazarla a ella, me excitaba la idea de pensar que antes había trabajado con sus finas manos la masa, que con mimo había moldeado su forma y que tras el horneado, lo había depositado con sumo cuidado en las gigantes cestas de mimbre donde los apilaba verticalmente.
El olor de su pan se olía en la distancia, emanaba una cálida fragancia del pequeño local que inundaba toda la calle desde su comienzo. Adoraba percibir desde lejos aquel maravilloso aroma. A medida que me aproximaba, sentía mi corazón bombear con más fuerza, advirtiendo que de nuevo volvería a estar a su lado a menos de un metro y mis pulmones se embriagarían con su esencia.
Me gustaba verla sonreír al entrar en su tienda. El horno encendido provocaba en la panadería una elevada temperatura, la misma que comenzaba a sentir yo nada más oír su voz, dulce, melodiosa y envolvente. Todo de ella me atraía, no era en absoluto una mujer de curvas pronunciadas, ni siquiera sus pechos eran grandes y carnosos, sus caderas eran tan sólo una leve curva en su camino y sus pechos, un recuerdo adolescente. Siempre llevaba un vestido azul claro de algodón, de manga corta, muy permisivo en cuanto a la visión que regalaba de sus piernas. Me gustaban, tenían el color de la corteza de su pan pero seguramente, la suavidad de su miga.
Nada más entrar y verla, notaba cómo me excitaba sin que nada pudiera impedirlo. Quería tocarla, sentir su piel, rozar sus labios con los míos y que fuera mía, aunque tan sólo fuera por unos instantes. La deseaba ardientemente. Me intrigaba su forma de mirarme, yo diría que pecaba de íntima y provocadora, o quizás ese era mi deseo.
Cuando salía de allí y los primeros rayos de sol comenzaban a acariciar la fachada de los edificios, me sentía feliz por haberla visto de nuevo. Era entonces cuando saboreaba su recuerdo con el pan que acababa de comprarle. Era un ritual. Mis dedos cogían un pequeño trozo de pan y mi boca, rezumante de flujos salivares, esperaba con impaciencia a tenerlo en su interior. Lo saboreaba con lentitud, le daba vueltas con mi lengua intentando imaginarme que era ella a la que degustaba. Su imagen aparecía en la calle, como incitándome a llegar hasta ella, despojarle con suma suavidad de su vestido y ver su pálida desnudez. Sus puntiagudos pezones eran prueba evidente de que no llevaba sostén, quizás nunca, dado su pequeño tamaño. A mí me daba igual, incluso mejor, me imaginaba disfrutando de uno de sus pechos dentro de mi boca, me veía succionando sus pezones, cosquilleando su piel hasta hacer que se derritiera por fin entre mis brazos. Lucía, que así se llamaba ella, permanecía en mi pensamiento el resto de la jornada y entre mis sábanas volvía a sentir la ansiedad por no tenerla a mi lado. Me acariciaba pensando que era ella la que lo hacía, me daba placer, imaginándome a ella haciéndolo. Quizás era una obsesión imposible de convertir en realidad, pero era mi dulce obsesión y con ella me gustaba vivir.
Era peor cuando su marido la acompañaba por las mañanas. Su sonrisa era más forzada, sus movimientos algo más bruscos y nerviosos. No me gustaba aquel hombre de gesto duro, barriga pronunciada y repugnante olor. La panadería sufría una transformación, parecía haber perdido la magia e incluso el pan sufría una triste mutación, lo sentía más gomoso y falto de sabor. No sé porque estaba con él, nada tenían que ver el uno con el otro. De acuerdo, los celos podían conmigo, no era mía sino suya.
Aquella mañana cuando entré en la panadería me encontré con que ambos estaban en medio de una discusión. Él gritaba con fuerza y justo en ese instante, la zarandeaba ante los ruegos de ella, que quería que la dejara en paz. Al verme llegar, me miró con desprecio, cogió su chaqueta y marchó del lugar dando un terrible portazo. Lucía me miró, tenía los ojos brillantes y sentí que me pedía a gritos que me acercara a ella a consolarla. Y lo hice. Me puse al otro lado del mostrador y mirándola con ternura, la abracé. Era un sueño hecho realidad, o quizás eran alucinaciones de mi imaginación. Acaricié sus brazos, le di un beso en su mejilla, y la estreché fuertemente. Ella no se apartó de mí, al contrario, sentí sus manos recorriendo mi cuerpo con curiosidad aunque con inquietud, nuestros cuerpos pegados compartiendo un mismo calor provocaron mi excitación y su respiración entrecortada, era muestra de que también la suya. Me atreví a acariciar sus muslos, a elevar ligeramente su vestido y tocar sus nalgas. Tenía razón, no llevaba ropa interior. Me gustó descubrir la forma de sus glúteos, como dos hogazas horneadas para ser degustadas hasta la plenitud. Descubrí la raja que dividía aquellos dos panes y me aventuré a pasear mi dedo por ella. Sus jadeos se hicieron más continuos. Sé que tenía miedo por lo que estaba haciendo, que era la primera vez, pero por otra parte, intuía que confiaba en mí. Seguí lentamente abriendo aquel regalo matutino. Mi mano continuó su viaje hasta su pubis, lo cubría una fina pelusilla. Lo mimé, lo rocé ligeramente mientras miraba sus ojos, los había cerrado y estaba más bella que nunca. Abrió sus piernas para mostrarme el camino, mi mano lo recorrió con cierto temblor, era una delicada joya entre mis dedos. Abrí sus puertas y me adentré en su interior. Oprimió mis dedos mientras elevaba el tono de sus gemidos. Comencé a mover mi mano rítmicamente, haciendo que mis dedos salieran rozando su clítoris, lo sentí inflamado y ardiente. Ella seguía de cerca mis pasos, aprendiendo a despojarse de sus ataduras. Nos quitamos la ropa mientras seguíamos conociéndonos. Era fácil hacerlo tras haber descubierto que teníamos los mismos deseos. Hice que se sentara en el mostrador, me arrodillé en el suelo y dejé que mi boca degustara lo que tanto necesitaba. Lamí su vulva, metí mi lengua en punta en su sexo, jugueteé con mis labios, mordisqueé con dulzura su clítoris. Sabía a su pan, a la levadura que echaba para que éste fermentara. Ella ya no gemía, gritaba de placer, tensaba mis cabellos y yo de rodillas, saciaba mi apetito. Sus rítmicos espasmos se sellaron en mi boca. Me levanté, su rostro reflejaba incredulidad por su atrevimiento, pero a la par sus ojos me decían que se sentía bien. También sus manos se expresaron, parecía sentirse cada vez más libre para moverse. Acarició mis brazos, beso mis pechos, lamió mi ombligo y se acercó hasta mi sexo, húmedo y suplicante de alivio. Acercó su mano y con algo de timidez, lo rozó, acarició mi vello, frotó ligeramente mis labios mayores y metió sus dedos en mi interior. Cogió uno de mis pechos con su mano, mientras masturbaba mi sexo hasta conducirme directamente al paraíso.
Ambas descansamos abrazadas y desnudas sobre el mostrador. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que no habíamos cerrado la puerta y cualquiera que hubiera venido nos habría visto. Para mí en esos instantes el resto del mundo carecía de importancia.
Salí de allí con mi barra de pan, como cada día. Mordisqueé un pequeño trozo y sonreí. El sabor del pan se había mezclado con el aroma que aún conservaba de su sexo y me pareció la mezcla más maravillosa del mundo. Caminé apresuradamente al trabajo, era tarde, pero nada me importaba más que volver de nuevo al día siguiente al lado de Lucía.
En ese momento me sentía la mujer más feliz del mundo.
lunes, 30 de mayo de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
La nana nueva
Lamentaba profundamente que mi mujer quisiera despedir a Ángela, la nana que había cuidado nuestra casa y a nosotros durante casi una década. Dolores se empecinó en echarla a pesar de que a mí no me parecía muy buena idea, estaba acostumbrado a verla por casa y la consideraba ya casi como de la familia, pero ella, cada vez más insatisfecha con su trabajo, no escatimaba en ataques contra ella y más de una vez asistí como espectador silencioso a las críticas y reproches que le lanzaba. Los años estaban cayendo sobre Ángela al mismo tiempo que su pereza aumentaba y la limpieza de la casa dejaba mucho que desear, según palabras textuales de mi mujer. Dolores me repetía lo misma día tras día. El tema de la limpieza me dejaba indiferente, soy un hombre poco exigente y me conformo con unos mínimos estándar, pero sí me que me daba algo de pena que dejáramos sin más a aquella pobre mujer en la calle.
Mi mujer, alegre por haberse librado de Ángela, se encargó de inmediato de la selección de la nueva nana. Era ella la que había tenido la peregrina idea de echarla, así que no cabía duda de que era ella la que tendría que buscar una nueva que mereciera la pena.
Y la encontró antes de lo que yo creía. Aquel día yo llegaba relativamente pronto de trabajar, abrí la puerta de nuestra casa, saludé a gritos a mi mujer que se la oía de lejos en el piso de arriba charlando por teléfono con alguna de sus amigas y me precipité al sofá en busca de descanso. Agarré el control de la tele y busqué el programa más anodino que ponían en ese momento para no tener que utilizar ni una sola de mis agotadas neuronas.
-¿Desea usted algo, señor? –dijo bruscamente detrás de mí una envolvente y desconocida voz para mí.
Me di la vuelta sin decir una palabra y allí estaba: una despampanante mulata, plagada de hermosas curvas, volúmenes de pecado, ojos negros y suculentos labios teñidos de rojo tan carnosos estos, que dudaba que fueran reales.
-Soy la nueva empleada, señor –aclaró ella antes de que me diera tiempo a preguntarle nada- Me llamo Roraima.
-Encantado Roraima-dije yo un poco contrariado-espero que estés a gusto en nuestra casa.
Una cosa estaba clara: o mi mujer se había vuelto completamente loca o quería probarme como marido fiel o simplemente yo era víctima de alucinaciones por culpa del estrés.
-¿Necesita algo, señor?- preguntó sonriendo.
Lo que más necesitaba en ese momento era aliviar el sofoco que tenía dentro de los pantalones, así que me conformé con una cerveza fría, no podía aspirar a nada de lo que mi lúbrica mente no paraba de imaginarse, y más cuando mi mujer bajaba en ese momento las escaleras en dirección al salón. Los tacones de Dolores sobre la escalera de mármol me avisaban de que debía volver irremediablemente a la realidad.
Mientras Roraima se dirigía a la cocina, mi mujer se sentó a mi lado y agarrando mi brazo a modo de confidente me preguntó en un susurro mi opinión sobre la nueva chica.
-Ni idea, aún no la he visto trabajar. Le daremos un voto de confianza.
-Me la ha recomendado mi amiga Milagros, dice que tiene experiencia y que es muy hacendosa. ¿Es muy linda, verdad? –preguntó mirándome de reojo.
-No sé, ni me había fijado-mentí yo-
No quise decir nada más, me sorprendía que mi mujer hubiera elegido como asistenta a una mujer que podría haber sido una brillante protagonista de una película porno y a la par me preocupaba su decisión, no tengo ninguna duda de la inteligencia de Dolores, así que posiblemente quería cerciorarse de que la falta de apetito sexual que sufría yo por aquel entonces era algo generalizado y no se debía simplemente a una falta de pasión por ella.
Los días fueron pasando y yo no acababa de acostumbrarme a la presencia de Roraima. Mis momentos de paz y sosiego tras el duro trabajo terminaron con su llegada. Era incapaz de concentrarme en nada que no fuera ella, ni la televisión, ni la lectura del diario, ni mis ratos de navegación por la red resultaban suficientes para sacarme de su embrujo.
Roraima era una provocación en estado puro. Aprovechaba justamente mi presencia en el salón para adecentarlo, pasar el polvo a los muebles, cepillar la tapicería del sofá, ordenar los libros de la librería. Ninguno de sus movimientos me parecían inocentes, más bien al contrario: eran coquetos e insinuantes. Se paseaba con el plumero moviendo sus caderas rítmicamente, se agachaba frente a mí simulando encontrar una pelusa y en más de una ocasión se olvidaba de abrochar alguno de los botones de las estrechas blusas que llevaba. Mi mujer, por otra parte, había acertado de pleno: era trabajadora e incansable. La casa jamás había tenido el aspecto impecable que ahora mostraba. Dolores además, había encontrado en Roraima más que una asistenta, una amiga. Conversaban animadamente entre ellas, se reían y yo creo que hasta se confesaban más de un secreto. Me asombraba que mi mujer intimara con una asistenta, siempre había mantenido una actitud fría y distante con todas ellas.
Lo mejor de todo es que la escasa vida sexual que tenía con mi esposa se activó. Yo estaba como un semental desatado que necesitaba descargar toda su fuerza sexual sobre una buena vaca en celo. Así que tras pasarme las tardes empalmado contemplando los quehaceres de Roraima, esperaba con ansiedad la noche para arrastrar a mi mujer a la cama y follarla salvajemente mientras mi imaginación volaba hacia el culo de Roraima. Dolores se sorprendió gratamente de esta nueva faceta mía, era raro el día que no le proponía tener sexo en los lugares más insospechados, algo inusual desde hacía mucho tiempo, pero me gustaba pensar que Roraima podía llegar a vernos, a la par que me excitaba que Dolores tuviera ciertos reparos en ser descubierta.
Roraima dormía al lado de la bodega, en un pequeño cuarto con aseo iluminado tenuemente por una estrecha ventana alargada situada en la parte superior de la pared frente a su cama, que yo había ordenado abrir cuando Ángela se vino a vivir con nosotros. A veces salía por la noche a pasear al perro por el jardín y disimuladamente me acercaba hasta su ventana, siempre cerrada por el miedo exacerbado que Roraima procesaba a los ratones. Desde que ella entró en la casa, aquella ventana, antes deslucida y opaca, lucía más transparente que nunca. El miedo a los ratones era uno de tantos miedos que ella tenía, como el miedo a dormir a oscuras. Dormía siempre con una pequeña lamparita que tenía en la mesilla que dejaba encendida toda la noche. Esa luz es la que me permitía ver su sueño nocturno. A veces adivinaba tras el cristal su cuerpo envuelto en la sábana. La tela se amoldaba a él como una segunda piel, se adentraba entre sus glúteos y su perfecta simetría me provocaba de inmediato una intensa erección.
Pasado un mes y superada la fase de prueba, mi mujer volvió a sorprenderme gratamente poniendo uniforme a Roraima. Nunca lo vistió ninguna de nuestras asistentas y a pesar de que sentía que mi mujer se estaba aburguesando demasiado por la época boyante que afortunadamente vivíamos, no le puse pega alguna, al contrario. No obstante, seguía pensando que mi mujer estaba perdiendo el juicio, el modelito que había elegido para vestirla era digno de una revista de lencería erótica o de cualquier cabaretera de los años 50. Un minifaldero vestido negro mostraba sus prietos muslos, su escote martilleaba en mi cabeza hasta casi volverme loco y aquel delantal blanco de encaje no era sino una muestra de lo que posiblemente llevaba como ropa interior.
Era tal la obsesión que comenzaba a tener por ella que me era imposible pensar en otra cosa que no fuera su cuerpo. Necesitaba pasar a la acción, no podía seguir en ese continuo estado de nervios sin probar el dulce sabor de su piel morena, morder aquellos tumultuosos labios y dejar que mis sueños más húmedos se convirtieran en realidad.
Dejé de mostrarme indiferente ante su presencia y me aproximé a ella en todos los sentidos: hablando más con ella, poniéndole mi mano en su hombro para alabar su trabajo, cogiendo su cintura para explicarle alguna ocurrencia mientras caminábamos. No parecía que se sintiera en modo alguno presionada por mí, ni siquiera la notaba incómoda, así que continué mi particular ataque tocando de vez en cuando su culo simulando colocarle la falda, palpando su pecho para quitarle una mota de polvo... Descubrí que mi trabajo me había hecho ser un hombre de enormes recursos, y que podía aprovecharlos para mi vida personal.
Fue una noche mientras mi mujer disfrutaba de un baño de sales cuando aproveché para bajar a la bodega y entré sin llamar a su cuarto. Roraima estaba desnudándose. Mi mirada de incontenible lujuria se cruzó un segundo con sus ojos de sorpresa, cogió su delantal de la cama y tapó de inmediato sus pechos desnudos.
-¡Disculpa, creí que no estabas!-mentí mientras memorizaba su cuerpo semi desnudo y me relamía con su piel morena.
-No se preocupe, no pasa nada señor... -dijo ella algo dudosa.
-Venía a arreglarte la lámpara del techo, me ha dicho mi mujer que parpadea la luz, ¿verdad?
-Sí señor. Últimamente falla cada vez más.
Entré en su habitación intentando que mi rostro mostrara la mayor cara de inocencia que podía simular, aparté la cama y me subí a la escalera ante su atenta mirada. Tras unos segundos se quitó, para mi sorpresa, el delantal que cubría sus pechos, dándome la espalda muy a mi pesar. La erección se hizo plena en ese momento, me apretaban los pantalones y la sangre de mi cuerpo bombeaba tan aprisa que la calentura tornaba hasta convertirse en verdadero mareo. Roraima de nuevo se dio la vuelta para contemplar mis torpes maniobras, jamás he sido un hombre de arreglos en el hogar, al contrario, no hay tarea que odie más. Roraima se comportaba como si no hubiera nadie más que ella en la habitación, bajándose lentamente sus bragas hasta que cayeron al suelo. Los cables se me estaban resistiendo y mis manos temblorosas por la excitación no atinaban a introducirlos en el casquillo. Pude ver de reojo su pubis, negro como el azabache, deseaba perderme en la noche que mostraba. Mientras seguía con el arreglo, Roraima caminó desnuda hasta la ducha, dejando la puerta del aseo abierta. Abrió el grifo y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo, humedeciendo su pelo largo y rizado. El pequeño espejo del baño era mi confidente, mostrándome todos los movimientos de aquella bella mujer. Me sentía hipnotizado por su piel mojada. Vertió una pequeña dosis de gel en la palma de su mano derecha e impregnó con mimo su cuerpo con él, frotando su piel enérgicamente mientras el agua se teñía de espuma. Veía como resbalaba por sus pechos, quedando en sus pezones pequeñas manchas blancas que yo imaginaba que podría ser mi semen. Hubiera querido ser en ese momento yo la espuma y seguir el insinuante recorrido que hacía por su cuerpo, depositándose finalmente en su vello atizonado, cuya espesura ejercía de muro de contención. Veía mi semen haciéndose uno con su pubis, tiñendo de blanco aquella mata, refugio de mi fuente de placer. Mientras se enjuagaba, bajé de la escalera, pero no por miedo a caerme, sino por puro deseo y me acerqué hasta la ducha en su busca. Descorrí las puertas que la separaban de mí y agarrando su brazo la arrastré hasta su cama, haciendo caso omiso a sus súplicas.
-Pero señor... ¿Qué hace?
Yo estaba fuera de mí, no podía pensar, no me daba cuenta de lo que estaba haciendo, era mi ansiedad carnal la que decidía mis acciones. Abrí sus piernas, lamí el agua que cubría su piel hasta secarla con mi deseo, amasé sus pechos y me llevé ambos a la boca, era tal mi hambre que no me conformaba con uno. Roraima no daba muestras de rechazarme, tan sólo unos pequeños forcejeos que a mí me parecían algo teatrales. Empapé mi mano con su vello mojado y resbalé mis dedos por los confines del fin del mundo, que en este caso eran míos. Bajé la cremallera de mis pantalones y mi pene salió aliviado de su pequeño espacio. Estaba poseído por aquella mujer, mordí su cuello hasta conseguir retener en mis papilas su olor, estrujé sus glúteos con mis manos hasta que los sentí completamente míos, lamí sus negros pezones completamente endurecidos y la penetré sin poder aguantar ni un minuto más fuera de aquel paraíso de carne prieta y mojada. La embestí rápidamente, con fuerza e intensidad, pensando que quizás era la última ocasión de poder hacerlo, que de seguro le contaría todo a mi mujer y que la despediría, o peor aún, dado que cabía la posibilidad de que quien se marchara a la calle fuera yo. Pero en ese momento, todo eso quedaba muy lejos, mi única meta era poseerla, hacerla mi esclava, mi prisionera sexual, mi dulce criada sumisa, completamente mía. Empujé como si me fuera en ello la vida, con rapidez, sin tener en cuenta nada más que mi propia necesidad. Mis poros comenzaron a rezumar, mi respiración se hizo más agitada, comencé a sentir que mi miembro era comprimido rítmicamente y Roraima, para mi sorpresa, se desparramó en la cama exhausta cesando su tímida lucha contra mí, mientras yo sacaba y metía mi miembro en su sexo indiferente a sus cansinos ruegos, derramando inconteniblemente mi semen sobre su cuerpo moreno. Me deleité por unos segundos contemplando su pelvis teñida de blanco gracias a mí y me levanté.
Salí de inmediato de su habitación no sin antes haberme pegado una pequeña ducha para no ser descubierto por el sensible olfato de mi mujer. Ahora es cuando empezaba a tener remordimientos por el mal cometido. Roraima no me dijo ni una sola palabra tras el sexo, quedó tendida sobre su lecho con las piernas abiertas sin ni siquiera mirarme. No podía saber lo que estaba pensando, pero no tenía que ser nada bueno.
Pero por fortuna mi mujer no llegó a sospechar nada y Roraima, quizás por miedo a ser despedida, no había comentado nada del asunto, así que yo, tranquilo sabiendo que estaba a salvo, me convertí a partir de ese día en mis horas libres en un acosador casero.
-Pero que culito tan rico tienes-le decía mientras metía mi mano por debajo de sus bragas y le achuchaba su trasero empujando su cuerpo contra la encimera de la cocina.
-¡Señor, por favor!- Decía ella algo contrariada.
Aprovechaba cualquier ocasión para meterle mano en el sentido más amplio de la palabra: si ella estaba pasando el polvo a la barandilla, yo me acercaba por detrás y bajando sus bragas, me apretaba a ella para que sintiera mi miembro erecto entre sus nalgas. Si se encontraba en el suelo dando blanco a las cerámicas del piso, agarraba sus pechos y hacía que se levantara hasta poder lamer su cuello dorado. A pesar de que mi intención era ir más allá, ella no me daba ninguna ocasión para hacerlo: cerraba su cuarto a cal y canto y evitaba las ocasiones en las que mi mujer estaba fuera de casa para acercarse a mí. Así que mi calentura aumentó tanto, que mis sesiones de sexo con mi mujer experimentaron un nuevo renacer para alegría de ésta, que siempre ha sido una mujer fogosa y nunca ha llevado bien mi recurrente falta de deseo.
Lo cierto es que Roraima se iba alejando de mí al mismo tiempo que se acercaba a mi esposa. La relación amigable que mantenían se estaba convirtiendo en algo más íntimo, aumentaron los cuchicheos entre ellas y el tiempo que pasaban juntas. Sentí que era el tema de algunas de sus conversaciones e incluso en más de una ocasión, creí ver como mi mujer se acercaba a ella de la misma manera que lo hacía yo. ¿Mi mujer se sentía atraída sexualmente por el sexo femenino? ¿Sería acaso bisexual y yo no me había dado cuenta nunca de ello?
La relación entre ambas despertó en mí un nuevo sentimiento: el de los celos. Sentía envidia de su intimidad, de no ser el confidente de Roraima, de que no se probara ante mí los vestidos que mi mujer le regalaba. Era una obsesión, un temor a ser el tercero en discordia y a que mi bella mulata no me tuviera en cuenta para nada.
Si bien es cierto que no me podía quejar de no ser atendido por ella, me resultaban ciertamente escasos aquellos momentos y por ende, el tiempo que pasaba junto a mi mujer se me hacía excesivamente pesado y largo. Me frustraba no saber qué hacían en el dormitorio de mi mujer, siempre con la puerta cerrada a cal y canto. Eran momentos de intensa desesperación que conseguí aliviar con un nuevo entretenimiento: el espionaje.
Fue así como un día escuché entre mi mujer y Roraima una extraña conversación que me dejó algo confuso y preocupado.
-¿Qué tal va todo Roraima? ¿Lo ha vuelto a hacer?
-No señora, aunque lo intenta.
-Ya sabes lo que tienes que hacer, del resto ya me encargo yo.
-Claro que sí, señora, no dudé que lo haré...
Reflexioné sobre la misteriosa conversación de las mujeres que habitaban mi casa. No sabía a qué atenerme. O era víctima de un complot entre ambas para eliminarme y quedarse a solas o, pensando desde un punto de vista más positivo, mi mujer la había contratado no sólo para tareas domésticas, sino también para darme una alegría y de paso aumentar mi lastimada libido. La primera posibilidad, aparte de ponerme los pelos de punta, me llenaba de congoja. Confiaba en mi mujer y creía conocerla bien como para considerarla capaz de cometer un asesinato. Prefería pensar que la segunda posibilidad era la acertada.
La respuesta a mis dudas e interrogantes llegó una tarde al volver del trabajo a una hora más bien temprana. Subí las escaleras un poco escamado al no ver a Roraima en el piso de abajo haciendo sus labores. El silencio absoluto que había en la casa era algo escamante. La puerta del dormitorio de mi mujer estaba cerrada y un extraño sentimiento de que algo ocurría me invadió. Abrí la puerta con cuidado intentando hacer el mínimo ruido posible y la escena que contemplé no podía decir que me sorprendiera, me resultaba, a la par que chocante, tremendamente morbosa y excitante.
-¿Quieres que te hagamos un hueco?-dijo Dolores entre jadeos.
Tiré la chaqueta del traje al suelo, me aflojé la corbata y me dispuse a vivir lo que parecía ser una nueva y maravillosa etapa de mi vida…
Mi mujer, alegre por haberse librado de Ángela, se encargó de inmediato de la selección de la nueva nana. Era ella la que había tenido la peregrina idea de echarla, así que no cabía duda de que era ella la que tendría que buscar una nueva que mereciera la pena.
Y la encontró antes de lo que yo creía. Aquel día yo llegaba relativamente pronto de trabajar, abrí la puerta de nuestra casa, saludé a gritos a mi mujer que se la oía de lejos en el piso de arriba charlando por teléfono con alguna de sus amigas y me precipité al sofá en busca de descanso. Agarré el control de la tele y busqué el programa más anodino que ponían en ese momento para no tener que utilizar ni una sola de mis agotadas neuronas.
-¿Desea usted algo, señor? –dijo bruscamente detrás de mí una envolvente y desconocida voz para mí.
Me di la vuelta sin decir una palabra y allí estaba: una despampanante mulata, plagada de hermosas curvas, volúmenes de pecado, ojos negros y suculentos labios teñidos de rojo tan carnosos estos, que dudaba que fueran reales.
-Soy la nueva empleada, señor –aclaró ella antes de que me diera tiempo a preguntarle nada- Me llamo Roraima.
-Encantado Roraima-dije yo un poco contrariado-espero que estés a gusto en nuestra casa.
Una cosa estaba clara: o mi mujer se había vuelto completamente loca o quería probarme como marido fiel o simplemente yo era víctima de alucinaciones por culpa del estrés.
-¿Necesita algo, señor?- preguntó sonriendo.
Lo que más necesitaba en ese momento era aliviar el sofoco que tenía dentro de los pantalones, así que me conformé con una cerveza fría, no podía aspirar a nada de lo que mi lúbrica mente no paraba de imaginarse, y más cuando mi mujer bajaba en ese momento las escaleras en dirección al salón. Los tacones de Dolores sobre la escalera de mármol me avisaban de que debía volver irremediablemente a la realidad.
Mientras Roraima se dirigía a la cocina, mi mujer se sentó a mi lado y agarrando mi brazo a modo de confidente me preguntó en un susurro mi opinión sobre la nueva chica.
-Ni idea, aún no la he visto trabajar. Le daremos un voto de confianza.
-Me la ha recomendado mi amiga Milagros, dice que tiene experiencia y que es muy hacendosa. ¿Es muy linda, verdad? –preguntó mirándome de reojo.
-No sé, ni me había fijado-mentí yo-
No quise decir nada más, me sorprendía que mi mujer hubiera elegido como asistenta a una mujer que podría haber sido una brillante protagonista de una película porno y a la par me preocupaba su decisión, no tengo ninguna duda de la inteligencia de Dolores, así que posiblemente quería cerciorarse de que la falta de apetito sexual que sufría yo por aquel entonces era algo generalizado y no se debía simplemente a una falta de pasión por ella.
Los días fueron pasando y yo no acababa de acostumbrarme a la presencia de Roraima. Mis momentos de paz y sosiego tras el duro trabajo terminaron con su llegada. Era incapaz de concentrarme en nada que no fuera ella, ni la televisión, ni la lectura del diario, ni mis ratos de navegación por la red resultaban suficientes para sacarme de su embrujo.
Roraima era una provocación en estado puro. Aprovechaba justamente mi presencia en el salón para adecentarlo, pasar el polvo a los muebles, cepillar la tapicería del sofá, ordenar los libros de la librería. Ninguno de sus movimientos me parecían inocentes, más bien al contrario: eran coquetos e insinuantes. Se paseaba con el plumero moviendo sus caderas rítmicamente, se agachaba frente a mí simulando encontrar una pelusa y en más de una ocasión se olvidaba de abrochar alguno de los botones de las estrechas blusas que llevaba. Mi mujer, por otra parte, había acertado de pleno: era trabajadora e incansable. La casa jamás había tenido el aspecto impecable que ahora mostraba. Dolores además, había encontrado en Roraima más que una asistenta, una amiga. Conversaban animadamente entre ellas, se reían y yo creo que hasta se confesaban más de un secreto. Me asombraba que mi mujer intimara con una asistenta, siempre había mantenido una actitud fría y distante con todas ellas.
Lo mejor de todo es que la escasa vida sexual que tenía con mi esposa se activó. Yo estaba como un semental desatado que necesitaba descargar toda su fuerza sexual sobre una buena vaca en celo. Así que tras pasarme las tardes empalmado contemplando los quehaceres de Roraima, esperaba con ansiedad la noche para arrastrar a mi mujer a la cama y follarla salvajemente mientras mi imaginación volaba hacia el culo de Roraima. Dolores se sorprendió gratamente de esta nueva faceta mía, era raro el día que no le proponía tener sexo en los lugares más insospechados, algo inusual desde hacía mucho tiempo, pero me gustaba pensar que Roraima podía llegar a vernos, a la par que me excitaba que Dolores tuviera ciertos reparos en ser descubierta.
Roraima dormía al lado de la bodega, en un pequeño cuarto con aseo iluminado tenuemente por una estrecha ventana alargada situada en la parte superior de la pared frente a su cama, que yo había ordenado abrir cuando Ángela se vino a vivir con nosotros. A veces salía por la noche a pasear al perro por el jardín y disimuladamente me acercaba hasta su ventana, siempre cerrada por el miedo exacerbado que Roraima procesaba a los ratones. Desde que ella entró en la casa, aquella ventana, antes deslucida y opaca, lucía más transparente que nunca. El miedo a los ratones era uno de tantos miedos que ella tenía, como el miedo a dormir a oscuras. Dormía siempre con una pequeña lamparita que tenía en la mesilla que dejaba encendida toda la noche. Esa luz es la que me permitía ver su sueño nocturno. A veces adivinaba tras el cristal su cuerpo envuelto en la sábana. La tela se amoldaba a él como una segunda piel, se adentraba entre sus glúteos y su perfecta simetría me provocaba de inmediato una intensa erección.
Pasado un mes y superada la fase de prueba, mi mujer volvió a sorprenderme gratamente poniendo uniforme a Roraima. Nunca lo vistió ninguna de nuestras asistentas y a pesar de que sentía que mi mujer se estaba aburguesando demasiado por la época boyante que afortunadamente vivíamos, no le puse pega alguna, al contrario. No obstante, seguía pensando que mi mujer estaba perdiendo el juicio, el modelito que había elegido para vestirla era digno de una revista de lencería erótica o de cualquier cabaretera de los años 50. Un minifaldero vestido negro mostraba sus prietos muslos, su escote martilleaba en mi cabeza hasta casi volverme loco y aquel delantal blanco de encaje no era sino una muestra de lo que posiblemente llevaba como ropa interior.
Era tal la obsesión que comenzaba a tener por ella que me era imposible pensar en otra cosa que no fuera su cuerpo. Necesitaba pasar a la acción, no podía seguir en ese continuo estado de nervios sin probar el dulce sabor de su piel morena, morder aquellos tumultuosos labios y dejar que mis sueños más húmedos se convirtieran en realidad.
Dejé de mostrarme indiferente ante su presencia y me aproximé a ella en todos los sentidos: hablando más con ella, poniéndole mi mano en su hombro para alabar su trabajo, cogiendo su cintura para explicarle alguna ocurrencia mientras caminábamos. No parecía que se sintiera en modo alguno presionada por mí, ni siquiera la notaba incómoda, así que continué mi particular ataque tocando de vez en cuando su culo simulando colocarle la falda, palpando su pecho para quitarle una mota de polvo... Descubrí que mi trabajo me había hecho ser un hombre de enormes recursos, y que podía aprovecharlos para mi vida personal.
Fue una noche mientras mi mujer disfrutaba de un baño de sales cuando aproveché para bajar a la bodega y entré sin llamar a su cuarto. Roraima estaba desnudándose. Mi mirada de incontenible lujuria se cruzó un segundo con sus ojos de sorpresa, cogió su delantal de la cama y tapó de inmediato sus pechos desnudos.
-¡Disculpa, creí que no estabas!-mentí mientras memorizaba su cuerpo semi desnudo y me relamía con su piel morena.
-No se preocupe, no pasa nada señor... -dijo ella algo dudosa.
-Venía a arreglarte la lámpara del techo, me ha dicho mi mujer que parpadea la luz, ¿verdad?
-Sí señor. Últimamente falla cada vez más.
Entré en su habitación intentando que mi rostro mostrara la mayor cara de inocencia que podía simular, aparté la cama y me subí a la escalera ante su atenta mirada. Tras unos segundos se quitó, para mi sorpresa, el delantal que cubría sus pechos, dándome la espalda muy a mi pesar. La erección se hizo plena en ese momento, me apretaban los pantalones y la sangre de mi cuerpo bombeaba tan aprisa que la calentura tornaba hasta convertirse en verdadero mareo. Roraima de nuevo se dio la vuelta para contemplar mis torpes maniobras, jamás he sido un hombre de arreglos en el hogar, al contrario, no hay tarea que odie más. Roraima se comportaba como si no hubiera nadie más que ella en la habitación, bajándose lentamente sus bragas hasta que cayeron al suelo. Los cables se me estaban resistiendo y mis manos temblorosas por la excitación no atinaban a introducirlos en el casquillo. Pude ver de reojo su pubis, negro como el azabache, deseaba perderme en la noche que mostraba. Mientras seguía con el arreglo, Roraima caminó desnuda hasta la ducha, dejando la puerta del aseo abierta. Abrió el grifo y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo, humedeciendo su pelo largo y rizado. El pequeño espejo del baño era mi confidente, mostrándome todos los movimientos de aquella bella mujer. Me sentía hipnotizado por su piel mojada. Vertió una pequeña dosis de gel en la palma de su mano derecha e impregnó con mimo su cuerpo con él, frotando su piel enérgicamente mientras el agua se teñía de espuma. Veía como resbalaba por sus pechos, quedando en sus pezones pequeñas manchas blancas que yo imaginaba que podría ser mi semen. Hubiera querido ser en ese momento yo la espuma y seguir el insinuante recorrido que hacía por su cuerpo, depositándose finalmente en su vello atizonado, cuya espesura ejercía de muro de contención. Veía mi semen haciéndose uno con su pubis, tiñendo de blanco aquella mata, refugio de mi fuente de placer. Mientras se enjuagaba, bajé de la escalera, pero no por miedo a caerme, sino por puro deseo y me acerqué hasta la ducha en su busca. Descorrí las puertas que la separaban de mí y agarrando su brazo la arrastré hasta su cama, haciendo caso omiso a sus súplicas.
-Pero señor... ¿Qué hace?
Yo estaba fuera de mí, no podía pensar, no me daba cuenta de lo que estaba haciendo, era mi ansiedad carnal la que decidía mis acciones. Abrí sus piernas, lamí el agua que cubría su piel hasta secarla con mi deseo, amasé sus pechos y me llevé ambos a la boca, era tal mi hambre que no me conformaba con uno. Roraima no daba muestras de rechazarme, tan sólo unos pequeños forcejeos que a mí me parecían algo teatrales. Empapé mi mano con su vello mojado y resbalé mis dedos por los confines del fin del mundo, que en este caso eran míos. Bajé la cremallera de mis pantalones y mi pene salió aliviado de su pequeño espacio. Estaba poseído por aquella mujer, mordí su cuello hasta conseguir retener en mis papilas su olor, estrujé sus glúteos con mis manos hasta que los sentí completamente míos, lamí sus negros pezones completamente endurecidos y la penetré sin poder aguantar ni un minuto más fuera de aquel paraíso de carne prieta y mojada. La embestí rápidamente, con fuerza e intensidad, pensando que quizás era la última ocasión de poder hacerlo, que de seguro le contaría todo a mi mujer y que la despediría, o peor aún, dado que cabía la posibilidad de que quien se marchara a la calle fuera yo. Pero en ese momento, todo eso quedaba muy lejos, mi única meta era poseerla, hacerla mi esclava, mi prisionera sexual, mi dulce criada sumisa, completamente mía. Empujé como si me fuera en ello la vida, con rapidez, sin tener en cuenta nada más que mi propia necesidad. Mis poros comenzaron a rezumar, mi respiración se hizo más agitada, comencé a sentir que mi miembro era comprimido rítmicamente y Roraima, para mi sorpresa, se desparramó en la cama exhausta cesando su tímida lucha contra mí, mientras yo sacaba y metía mi miembro en su sexo indiferente a sus cansinos ruegos, derramando inconteniblemente mi semen sobre su cuerpo moreno. Me deleité por unos segundos contemplando su pelvis teñida de blanco gracias a mí y me levanté.
Salí de inmediato de su habitación no sin antes haberme pegado una pequeña ducha para no ser descubierto por el sensible olfato de mi mujer. Ahora es cuando empezaba a tener remordimientos por el mal cometido. Roraima no me dijo ni una sola palabra tras el sexo, quedó tendida sobre su lecho con las piernas abiertas sin ni siquiera mirarme. No podía saber lo que estaba pensando, pero no tenía que ser nada bueno.
Pero por fortuna mi mujer no llegó a sospechar nada y Roraima, quizás por miedo a ser despedida, no había comentado nada del asunto, así que yo, tranquilo sabiendo que estaba a salvo, me convertí a partir de ese día en mis horas libres en un acosador casero.
-Pero que culito tan rico tienes-le decía mientras metía mi mano por debajo de sus bragas y le achuchaba su trasero empujando su cuerpo contra la encimera de la cocina.
-¡Señor, por favor!- Decía ella algo contrariada.
Aprovechaba cualquier ocasión para meterle mano en el sentido más amplio de la palabra: si ella estaba pasando el polvo a la barandilla, yo me acercaba por detrás y bajando sus bragas, me apretaba a ella para que sintiera mi miembro erecto entre sus nalgas. Si se encontraba en el suelo dando blanco a las cerámicas del piso, agarraba sus pechos y hacía que se levantara hasta poder lamer su cuello dorado. A pesar de que mi intención era ir más allá, ella no me daba ninguna ocasión para hacerlo: cerraba su cuarto a cal y canto y evitaba las ocasiones en las que mi mujer estaba fuera de casa para acercarse a mí. Así que mi calentura aumentó tanto, que mis sesiones de sexo con mi mujer experimentaron un nuevo renacer para alegría de ésta, que siempre ha sido una mujer fogosa y nunca ha llevado bien mi recurrente falta de deseo.
Lo cierto es que Roraima se iba alejando de mí al mismo tiempo que se acercaba a mi esposa. La relación amigable que mantenían se estaba convirtiendo en algo más íntimo, aumentaron los cuchicheos entre ellas y el tiempo que pasaban juntas. Sentí que era el tema de algunas de sus conversaciones e incluso en más de una ocasión, creí ver como mi mujer se acercaba a ella de la misma manera que lo hacía yo. ¿Mi mujer se sentía atraída sexualmente por el sexo femenino? ¿Sería acaso bisexual y yo no me había dado cuenta nunca de ello?
La relación entre ambas despertó en mí un nuevo sentimiento: el de los celos. Sentía envidia de su intimidad, de no ser el confidente de Roraima, de que no se probara ante mí los vestidos que mi mujer le regalaba. Era una obsesión, un temor a ser el tercero en discordia y a que mi bella mulata no me tuviera en cuenta para nada.
Si bien es cierto que no me podía quejar de no ser atendido por ella, me resultaban ciertamente escasos aquellos momentos y por ende, el tiempo que pasaba junto a mi mujer se me hacía excesivamente pesado y largo. Me frustraba no saber qué hacían en el dormitorio de mi mujer, siempre con la puerta cerrada a cal y canto. Eran momentos de intensa desesperación que conseguí aliviar con un nuevo entretenimiento: el espionaje.
Fue así como un día escuché entre mi mujer y Roraima una extraña conversación que me dejó algo confuso y preocupado.
-¿Qué tal va todo Roraima? ¿Lo ha vuelto a hacer?
-No señora, aunque lo intenta.
-Ya sabes lo que tienes que hacer, del resto ya me encargo yo.
-Claro que sí, señora, no dudé que lo haré...
Reflexioné sobre la misteriosa conversación de las mujeres que habitaban mi casa. No sabía a qué atenerme. O era víctima de un complot entre ambas para eliminarme y quedarse a solas o, pensando desde un punto de vista más positivo, mi mujer la había contratado no sólo para tareas domésticas, sino también para darme una alegría y de paso aumentar mi lastimada libido. La primera posibilidad, aparte de ponerme los pelos de punta, me llenaba de congoja. Confiaba en mi mujer y creía conocerla bien como para considerarla capaz de cometer un asesinato. Prefería pensar que la segunda posibilidad era la acertada.
La respuesta a mis dudas e interrogantes llegó una tarde al volver del trabajo a una hora más bien temprana. Subí las escaleras un poco escamado al no ver a Roraima en el piso de abajo haciendo sus labores. El silencio absoluto que había en la casa era algo escamante. La puerta del dormitorio de mi mujer estaba cerrada y un extraño sentimiento de que algo ocurría me invadió. Abrí la puerta con cuidado intentando hacer el mínimo ruido posible y la escena que contemplé no podía decir que me sorprendiera, me resultaba, a la par que chocante, tremendamente morbosa y excitante.
-¿Quieres que te hagamos un hueco?-dijo Dolores entre jadeos.
Tiré la chaqueta del traje al suelo, me aflojé la corbata y me dispuse a vivir lo que parecía ser una nueva y maravillosa etapa de mi vida…
martes, 3 de mayo de 2011
Matilde
Como cada mañana a las 10 en punto exactamente, Matilde llegó a la farmacia. Con esfuerzo subió la puerta metálica que protegía el escaparate, metió la llave en la cerradura y se hizo el propósito de llamar ese mismo día al cerrajero para que le echara un vistazo y la arreglara de una maldita vez. Encendió las luces del interior y se colocó la bata que dejaba siempre detrás de la puerta del pequeño garito que le servía a su vez de almacén y sala de estar para pasar los ratos de soledad en los que nadie entraba a comprar.
Miró su rostro reflejado en el cristal de la vitrina donde guardaba las cremas de belleza y se notó algo cansada. Había dormido mal y estaba nerviosa, su cabeza no paraba de dar vueltas a las mismas ideas que recurrentes saturaban su cabeza de pensamientos negativos. Su cumpleaños había pasado sin pena ni gloria, otro más, el tiempo iba pasando pero su vida no había cambiado en absoluto. Seguía haciendo las mismas cosas que hacía diez años atrás, cuando su padre le dejó en herencia la farmacia del pueblo en el que había vivido en su infancia. No podía dejar de pensar si la vida que ahora llevaba en aquel pequeño pueblo era simplemente un error, un dejarse llevar por una rutina que a veces le resultaba asfixiante. Después de una corta relación con un chico con el que no llegó a nada, principalmente en el plano sexual, no había conocido a nadie más. ¿A quién iba a conocer en aquel pueblo aislado por aquella complicada carretera de montaña plagada de ciclistas? Más de un dominguero había tenido que atender tras sufrir un colapso de puro agotamiento al llegar hasta la cumbre. ¿Pero acaso no leía ninguno el cartel que anunciaba que se trataba de un puerto de primera categoría? Ojalá se fijara en ella alguno de aquellos aguerridos deportistas, esos que sí conocían el camino y llegaban con sus fuerzas casi intactas.
La puerta se abrió y Matilde saludó al muchacho de la cooperativa de farmacia que de forma puntual le suministraba los pedidos. Era alto y desgarbado, tendría unos cinco años menos que ella o quizás más. Siempre se mostraba atento y servicial pero jamás le miró de la manera que le hubiera gustado a ella, hacía mucho que no sentía que la mirara ningún hombre. Lo cierto es que la rutina le había hecho remolona a la hora de arreglarse, era limpia y aseada pero nada coqueta, ropa amplia y cómoda, demasiado otoñal para su edad. En aquella pequeña prisión de montaña tampoco le hubiera servido de nada. Se recolocó sus gafas de pasta negra mientras despedía al muchacho y le miró sus pantalones vaqueros caídos que dejaban asomar sus calzoncillos rayados. Tenía un buen culo, pensó. Por un instante sintió que una pequeña oleada de calor que subía hasta sus mejillas, puso sus frías palmas sobre ellas y poco a poco su temperatura descendió.
Comenzó a abrir los paquetes de medicamentos y colocó cada medicina en el sitio correspondiente: antiinflamatorios y antitérmicos a la derecha, antibióticos en la vitrina de la izquierda, los productos de parafarmacia en la vitrina central y los preservativos en la mesa acristalada que hacía de mostrador. Ese siempre era el mejor sitio para cuando venía algún mozo que había pillado a alguna muchacha para llevársela al huerto esa noche. Ojalá en vez de venderlos los usara, pensó con resignación. Sólo le quedaba el consuelo diario del onanismo bajo las frías sábanas de su cama. Sabía cual había sido su problema desde que era una chiquilla, su tremenda timidez, su imposibilidad de hablar con los hombres y mostrar cómo era. Odiaba su timidez tanto que se sentía capaz de vender su alma al diablo con tal de que se la quitara.
Aquella fría mañana de otoño parecía que no quería acercarse nadie a comprar. Posiblemente en unos días los fríos provocarían el inicio de los primeros catarros y ella se hartaría de vender antigripales. Miró la calle a través de su escaparate y vio que por fin el local que había estado en obras durante dos meses abría sus puertas. Era una completa insensatez poner un herbolario en aquel pueblo y más cuando iba a tener como vecina y rival una farmacia. Matilde no creía ni en ungüentos ni en magias y menos en aquellos hierbajos que pretendían vender. Miró al hombre que una y otra vez salía de la tienda observando el aspecto de su escaparate. Era alto y delgado, de tez blanca y poco pelo. Tenía unas espectaculares entradas, su inicio era su frente y su fin prácticamente su nuca. Por un instante, el hombre se dio la vuelta y sorprendentemente caminó en dirección a la puerta de su farmacia. Matilde se colocó de inmediato tras el mostrador y simuló actividad.
-¡Buenos días! –Dijo con una inusitada alegría su nuevo vecino- Soy Domingo, el dueño del herbolario. Quería presentarme antes de abrir, hoy es mi primer día.
-¿Qué tal?- dijo Matilde con una media sonrisa intentando concentrarse en no dejar a relucir su timidez. Domingo chocó su mano con la suya y le pareció suave y firme, tenía los dedos largos y cálidos. Un perfume de incienso empapó sus fosas nasales y sintió por un instante un relajante bienestar.
Domingo hablaba sin prisas y miraba sus ojos sin apenas parpadear, le resultaba tremendamente inquietante, era como si quisiera escudriñar cada uno de los recovecos de su alma. Mientras hablaba y preguntaba a Matilde sobre el pueblo, tocaba su brazo de forma algo intimidatoria para lo que ella estaba acostumbrada, mostrándole la seguridad de la que ella carecía. Matilde contestaba con frases cortas y a pesar de que pretendía ser lo más cortés posible, sentía que estaba siendo tan seca como alguno de los habitantes de aquel pueblo cuando no tenían ganas de hablar con nadie. Al final, todo se pega, hasta la forma de ser de todo un pueblo.
Domingo le volvió a dar la mano a modo de despedida y cuando ya estaba a punto de irse, paró y dio media vuelta.
-Se me olvidaba: ¿me puedes dar una caja de aspirinas?
-¿Un hombre dedicado al negocio de las hierbas y usa química para el dolor? Es un poco difícil de entender-dijo ella.
-No, no, son para mis flores, yo no tomo esas cosas-contestó sonriendo él-Dime cuanto es.
-Nada, son un regalo de la casa-dijo Matilde sorprendiéndose a sí misma por su amabilidad.
-Muchas gracias, pero espera un momento... Un regalo se merece otro.
Domingo salió corriendo de la farmacia en dirección a su tienda. Matilde se puso de puntillas intentando ver lo que hacía en el interior y al cabo de dos minutos le vio salir de nuevo. Entró en la farmacia y depositó sobre su mano una pequeña bolsa de plástico transparente con media docena de pastillas de color rojo.
-¿Qué es esto? –Dijo ella extrañada.
-Son completamente inofensivas, tranquila. Tómate una cada vez que dudes de tus decisiones o pretendas conseguir algo-dijo Domingo con cierta dosis de misterio y una pícara sonrisa.
Domingo salió de la farmacia y ella se quedó mirando aquellas extrañas pastillas. Su tamaño era considerable y no tenían brillo. Como ferviente seguidora de la medicina alopática, dudaba de cualquier cosa que no procediera de un laboratorio, las guardó en un cajón y continuó ordenando los medicamentos que aún faltaban por colocar.
No se volvió a acordar de aquellas pastillas, pero sí de su vecino, al que observaba día tras día a través del cristal. Lo cierto es que sus predicciones se habían cumplido y apenas entraba gente a su interior. Le daba algo de lástima que no pudiera ganar lo suficiente para poderse establecer allí y acabara yéndose. Era el primer hombre en mucho tiempo que la había mirado de forma distinta, ella misma se había notado diferente al verse reflejada en las pupilas de Domingo.
Aquella mañana se sentía inquieta, paseaba por la farmacia colocando lo ya colocado y miraba tras el escaparate deseando que Domingo volviera a su farmacia, unas tiritas, algodón, cualquier cosa que pudiera necesitar y que él no tuviera. Dudaba si entrar a su herbolario y preguntarle si necesitaba algo, pero no era capaz de decidirse. Aquella duda y las palabras de Domingo le llevaron a las misteriosas pastillas que le había dejado días atrás. No tenía ni idea de su composición pero una repentina fe ciega en sus palabras hicieron que se tomara una. Necesitó agua para que pasara del todo, era contundentemente grande. No sintió nada, no ocurrieron extraños milagros y todo siguió igual.
No fue hasta que pasaron quince minutos cuando comenzó a sentir una extraña sensación de seguridad. Percibió su cuerpo más sensual que nunca, su rostro más atractivo, y su deseo, más despierto. A pesar de todo, no se sentía con el valor suficiente de ir al herbolario y entablar una conversación con su dueño. Palpó su cuerpo a través de la bata y sintió su calor. Desabrochó su falda y la dejó sobre una silla, notaba cierto alivio, pero no lo suficiente, de espaldas al mostrador se quitó los botones de su bata, la bajó hasta la altura de su cintura atando con las mangas un nudo a su alrededor y se deshizo de su blusa, volviéndose a recolocar la bata sobre su ropa interior. Se sorprendió de la maravillosa sensación que le proporcionaba la frescura de la tela de su bata sobre su piel y decidió que desde ese momento, no llevaría más la ropa de la calle bajo la bata.
Miró de nuevo el herbolario y deseó que en ese momento entrara Domingo y con aquella profunda mirada, se diera cuenta de que tan sólo sus curvas vestían su cuerpo.
Pasados unos días, la necesidad de volver a ver a su vecino se hizo más imperiosa, más de una vez estuvo a punto de salir de la farmacia y olvidar su timidez, pero de nuevo, las dudas sobre sí misma sitiaron sus pretensiones. Esta vez fue directa hacia aquellas misteriosas pastillas, tomó una entre sus dedos y la tragó sin tanta dificultad como la primera. Esperó a que los extraños efectos de las mismas la poseyeran y de nuevo el calor se hizo su amo y señor, envolviéndola de forma más claustrofóbica. Acarició su cuerpo desnudo bajo la bata y sintió que cada caricia apaciguaba poco a poco sus ardores. Resbaló sus dedos por el antebrazo, después bajó hasta sus muslos, dibujó con sus dedos pequeños círculos cada vez más cercanos a su sexo, hasta que se encontró con él bajo sus bragas. Mientras acariciaba trémula sus labios mayores miraba el herbolario suplicando que viniera a verla, que la sentara sobre la mesa y que la estrechara hasta perderse en su cuerpo. Súbitamente, la abuela María entró ruidosamente en la farmacia y tuvo que parar. La atmósfera de sensualidad y necesidad de gozar en la que había caído desapareció en un segundo, lo que tardó aquella anciana mujer a la que todos llamaban cariñosamente “abuela” por ser la más longeva del lugar, en dar los buenos días y pedir algo para el lumbago.
Matilde desconectó unos días de su mundo, del pueblo, de su farmacia y de Domingo y su herbolario. Tanto le había insistido su amiga Mariví, que tenía un pequeño apartamento en la costa de que pasara el largo puente con ella, que al final decidió aceptar. El aire del mar le renovó por dentro y por fuera y volvió con un espíritu nuevo. Le sorprendió la grata sensación de encontrarse de nuevo en el pueblo, ya no le parecía tan inhóspito y cerrado. La primera mañana tras el descanso no dejó de pensar y dudar sobre si ir a verle o no. Necesitaba más valor para perder toda una vida de recatada timidez, su virginidad la ataba a aquellas paredes como un cruel torturador, pero su deseo se iba haciendo más fuerte e intenso cada vez que tomaba aquellas pastillas, así que cogió las cuatro pastillas que quedaban y con un gran vaso de agua se las tragó. Los efectos esta vez no se hicieron esperar, era fuego, necesidad absoluta de sexo, de gozar y de perder por fin aquella virginidad que tanto la ofuscaba. Con tan sólo la bata como vestimenta abrió decidida la puerta de la farmacia y caminó hasta el herbolario. Aún sentía algo de temblor en sus dedos, pero no resultó suficiente para impedirle entrar dentro. Domingo estaba sentado en ese momento leyendo una revista y sonrió cuando vio entrar a su recatada vecina con el pelo suelto, sin gafas, intuía que sin ropa y con una mirada de deseo que reconoció nada más verla.
Matilde estaba desatada, actuaba como si estuviera en un sueño y no pudiera despertar. Se acercó hasta Domingo y como si lo hubiera hecho toda su vida, fue deshojando la margarita que la cubría hasta quedarse desnuda de pétalos, ofreciéndole su piel desnuda. Él se levantó y comenzó a besar su cuerpo desnudo, lamió su cuello y notó en él un cierto olor a botica que le recordó los jarabes de su infancia. Acarició su espalda y notó como Matilde la arqueaba de pura excitación. Cogió sus pechos y los masajeó mientras acercaba su lengua en punta y tamborileaba sobre sus pezones. Matilde estaba en una maravillosa nube de sublime placer, acariciaba los brazos de Domingo y le dejaba hacer completamente agradecida. El olor a incienso del lugar la incitaba a mostrarse más desinhibida, se vio a sí misma desde fuera desabrochando sus pantalones, sacando su miembro y acariciándolo entre sus dedos. Pero no era una imagen, realmente era ella. Era ella la que le estaba pidiendo que la penetrara, que la hiciera suya y la poseyera, la que acercó su boca a aquel grueso pene y lo lamió como si lo hubiera hecho siempre. Domingo agarró una de las piernas de Matilde y empujándola contra la mesa del mostrador la libró para siempre de su virginal estado. Matilde gemía placenteramente y disfrutaba de su cuerpo, que era suyo pero a veces era de otra, de aquel deseo desgarrador que se había apoderado de su interior y de esa súbita espontaneidad que no era típica de ella. Domingo empujaba su cuerpo contra el de la farmacéutica suavemente, sabía que era el primero en hacerlo, lo intuyó desde el principio, su estrechez arropaba cálidamente su miembro. Le perdía la gozosa sensación de abrir nuevas puertas en su camino, de ser el sereno de los cuerpos que habían extraviado las llaves de su placer.
Tras gozar, ambos se dejaron caer al suelo. Matilde simplemente musitó un “gracias por las pastillas, me tienes explicar cuáles son sus ingredientes” y él sonrió sin decirle nada mientras pensaba en los demostrados efectos beneficiosos de los placebos sobre las personas. No se había confundido al observar a Matilde la primera vez que la vio, era tal y como se había imaginado.
Domingo volvió días más tarde por más aspirinas y en compensación por no ser cobrado regaló a su vecina otra bolsa de pastillas, en esta ocasión, de color verde, pero por si acaso tardaba tanto como la primera vez en entrar al herbolario le advirtió que era necesario tomar una cada día si quería notar algún efecto beneficioso.
Miró su rostro reflejado en el cristal de la vitrina donde guardaba las cremas de belleza y se notó algo cansada. Había dormido mal y estaba nerviosa, su cabeza no paraba de dar vueltas a las mismas ideas que recurrentes saturaban su cabeza de pensamientos negativos. Su cumpleaños había pasado sin pena ni gloria, otro más, el tiempo iba pasando pero su vida no había cambiado en absoluto. Seguía haciendo las mismas cosas que hacía diez años atrás, cuando su padre le dejó en herencia la farmacia del pueblo en el que había vivido en su infancia. No podía dejar de pensar si la vida que ahora llevaba en aquel pequeño pueblo era simplemente un error, un dejarse llevar por una rutina que a veces le resultaba asfixiante. Después de una corta relación con un chico con el que no llegó a nada, principalmente en el plano sexual, no había conocido a nadie más. ¿A quién iba a conocer en aquel pueblo aislado por aquella complicada carretera de montaña plagada de ciclistas? Más de un dominguero había tenido que atender tras sufrir un colapso de puro agotamiento al llegar hasta la cumbre. ¿Pero acaso no leía ninguno el cartel que anunciaba que se trataba de un puerto de primera categoría? Ojalá se fijara en ella alguno de aquellos aguerridos deportistas, esos que sí conocían el camino y llegaban con sus fuerzas casi intactas.
La puerta se abrió y Matilde saludó al muchacho de la cooperativa de farmacia que de forma puntual le suministraba los pedidos. Era alto y desgarbado, tendría unos cinco años menos que ella o quizás más. Siempre se mostraba atento y servicial pero jamás le miró de la manera que le hubiera gustado a ella, hacía mucho que no sentía que la mirara ningún hombre. Lo cierto es que la rutina le había hecho remolona a la hora de arreglarse, era limpia y aseada pero nada coqueta, ropa amplia y cómoda, demasiado otoñal para su edad. En aquella pequeña prisión de montaña tampoco le hubiera servido de nada. Se recolocó sus gafas de pasta negra mientras despedía al muchacho y le miró sus pantalones vaqueros caídos que dejaban asomar sus calzoncillos rayados. Tenía un buen culo, pensó. Por un instante sintió que una pequeña oleada de calor que subía hasta sus mejillas, puso sus frías palmas sobre ellas y poco a poco su temperatura descendió.
Comenzó a abrir los paquetes de medicamentos y colocó cada medicina en el sitio correspondiente: antiinflamatorios y antitérmicos a la derecha, antibióticos en la vitrina de la izquierda, los productos de parafarmacia en la vitrina central y los preservativos en la mesa acristalada que hacía de mostrador. Ese siempre era el mejor sitio para cuando venía algún mozo que había pillado a alguna muchacha para llevársela al huerto esa noche. Ojalá en vez de venderlos los usara, pensó con resignación. Sólo le quedaba el consuelo diario del onanismo bajo las frías sábanas de su cama. Sabía cual había sido su problema desde que era una chiquilla, su tremenda timidez, su imposibilidad de hablar con los hombres y mostrar cómo era. Odiaba su timidez tanto que se sentía capaz de vender su alma al diablo con tal de que se la quitara.
Aquella fría mañana de otoño parecía que no quería acercarse nadie a comprar. Posiblemente en unos días los fríos provocarían el inicio de los primeros catarros y ella se hartaría de vender antigripales. Miró la calle a través de su escaparate y vio que por fin el local que había estado en obras durante dos meses abría sus puertas. Era una completa insensatez poner un herbolario en aquel pueblo y más cuando iba a tener como vecina y rival una farmacia. Matilde no creía ni en ungüentos ni en magias y menos en aquellos hierbajos que pretendían vender. Miró al hombre que una y otra vez salía de la tienda observando el aspecto de su escaparate. Era alto y delgado, de tez blanca y poco pelo. Tenía unas espectaculares entradas, su inicio era su frente y su fin prácticamente su nuca. Por un instante, el hombre se dio la vuelta y sorprendentemente caminó en dirección a la puerta de su farmacia. Matilde se colocó de inmediato tras el mostrador y simuló actividad.
-¡Buenos días! –Dijo con una inusitada alegría su nuevo vecino- Soy Domingo, el dueño del herbolario. Quería presentarme antes de abrir, hoy es mi primer día.
-¿Qué tal?- dijo Matilde con una media sonrisa intentando concentrarse en no dejar a relucir su timidez. Domingo chocó su mano con la suya y le pareció suave y firme, tenía los dedos largos y cálidos. Un perfume de incienso empapó sus fosas nasales y sintió por un instante un relajante bienestar.
Domingo hablaba sin prisas y miraba sus ojos sin apenas parpadear, le resultaba tremendamente inquietante, era como si quisiera escudriñar cada uno de los recovecos de su alma. Mientras hablaba y preguntaba a Matilde sobre el pueblo, tocaba su brazo de forma algo intimidatoria para lo que ella estaba acostumbrada, mostrándole la seguridad de la que ella carecía. Matilde contestaba con frases cortas y a pesar de que pretendía ser lo más cortés posible, sentía que estaba siendo tan seca como alguno de los habitantes de aquel pueblo cuando no tenían ganas de hablar con nadie. Al final, todo se pega, hasta la forma de ser de todo un pueblo.
Domingo le volvió a dar la mano a modo de despedida y cuando ya estaba a punto de irse, paró y dio media vuelta.
-Se me olvidaba: ¿me puedes dar una caja de aspirinas?
-¿Un hombre dedicado al negocio de las hierbas y usa química para el dolor? Es un poco difícil de entender-dijo ella.
-No, no, son para mis flores, yo no tomo esas cosas-contestó sonriendo él-Dime cuanto es.
-Nada, son un regalo de la casa-dijo Matilde sorprendiéndose a sí misma por su amabilidad.
-Muchas gracias, pero espera un momento... Un regalo se merece otro.
Domingo salió corriendo de la farmacia en dirección a su tienda. Matilde se puso de puntillas intentando ver lo que hacía en el interior y al cabo de dos minutos le vio salir de nuevo. Entró en la farmacia y depositó sobre su mano una pequeña bolsa de plástico transparente con media docena de pastillas de color rojo.
-¿Qué es esto? –Dijo ella extrañada.
-Son completamente inofensivas, tranquila. Tómate una cada vez que dudes de tus decisiones o pretendas conseguir algo-dijo Domingo con cierta dosis de misterio y una pícara sonrisa.
Domingo salió de la farmacia y ella se quedó mirando aquellas extrañas pastillas. Su tamaño era considerable y no tenían brillo. Como ferviente seguidora de la medicina alopática, dudaba de cualquier cosa que no procediera de un laboratorio, las guardó en un cajón y continuó ordenando los medicamentos que aún faltaban por colocar.
No se volvió a acordar de aquellas pastillas, pero sí de su vecino, al que observaba día tras día a través del cristal. Lo cierto es que sus predicciones se habían cumplido y apenas entraba gente a su interior. Le daba algo de lástima que no pudiera ganar lo suficiente para poderse establecer allí y acabara yéndose. Era el primer hombre en mucho tiempo que la había mirado de forma distinta, ella misma se había notado diferente al verse reflejada en las pupilas de Domingo.
Aquella mañana se sentía inquieta, paseaba por la farmacia colocando lo ya colocado y miraba tras el escaparate deseando que Domingo volviera a su farmacia, unas tiritas, algodón, cualquier cosa que pudiera necesitar y que él no tuviera. Dudaba si entrar a su herbolario y preguntarle si necesitaba algo, pero no era capaz de decidirse. Aquella duda y las palabras de Domingo le llevaron a las misteriosas pastillas que le había dejado días atrás. No tenía ni idea de su composición pero una repentina fe ciega en sus palabras hicieron que se tomara una. Necesitó agua para que pasara del todo, era contundentemente grande. No sintió nada, no ocurrieron extraños milagros y todo siguió igual.
No fue hasta que pasaron quince minutos cuando comenzó a sentir una extraña sensación de seguridad. Percibió su cuerpo más sensual que nunca, su rostro más atractivo, y su deseo, más despierto. A pesar de todo, no se sentía con el valor suficiente de ir al herbolario y entablar una conversación con su dueño. Palpó su cuerpo a través de la bata y sintió su calor. Desabrochó su falda y la dejó sobre una silla, notaba cierto alivio, pero no lo suficiente, de espaldas al mostrador se quitó los botones de su bata, la bajó hasta la altura de su cintura atando con las mangas un nudo a su alrededor y se deshizo de su blusa, volviéndose a recolocar la bata sobre su ropa interior. Se sorprendió de la maravillosa sensación que le proporcionaba la frescura de la tela de su bata sobre su piel y decidió que desde ese momento, no llevaría más la ropa de la calle bajo la bata.
Miró de nuevo el herbolario y deseó que en ese momento entrara Domingo y con aquella profunda mirada, se diera cuenta de que tan sólo sus curvas vestían su cuerpo.
Pasados unos días, la necesidad de volver a ver a su vecino se hizo más imperiosa, más de una vez estuvo a punto de salir de la farmacia y olvidar su timidez, pero de nuevo, las dudas sobre sí misma sitiaron sus pretensiones. Esta vez fue directa hacia aquellas misteriosas pastillas, tomó una entre sus dedos y la tragó sin tanta dificultad como la primera. Esperó a que los extraños efectos de las mismas la poseyeran y de nuevo el calor se hizo su amo y señor, envolviéndola de forma más claustrofóbica. Acarició su cuerpo desnudo bajo la bata y sintió que cada caricia apaciguaba poco a poco sus ardores. Resbaló sus dedos por el antebrazo, después bajó hasta sus muslos, dibujó con sus dedos pequeños círculos cada vez más cercanos a su sexo, hasta que se encontró con él bajo sus bragas. Mientras acariciaba trémula sus labios mayores miraba el herbolario suplicando que viniera a verla, que la sentara sobre la mesa y que la estrechara hasta perderse en su cuerpo. Súbitamente, la abuela María entró ruidosamente en la farmacia y tuvo que parar. La atmósfera de sensualidad y necesidad de gozar en la que había caído desapareció en un segundo, lo que tardó aquella anciana mujer a la que todos llamaban cariñosamente “abuela” por ser la más longeva del lugar, en dar los buenos días y pedir algo para el lumbago.
Matilde desconectó unos días de su mundo, del pueblo, de su farmacia y de Domingo y su herbolario. Tanto le había insistido su amiga Mariví, que tenía un pequeño apartamento en la costa de que pasara el largo puente con ella, que al final decidió aceptar. El aire del mar le renovó por dentro y por fuera y volvió con un espíritu nuevo. Le sorprendió la grata sensación de encontrarse de nuevo en el pueblo, ya no le parecía tan inhóspito y cerrado. La primera mañana tras el descanso no dejó de pensar y dudar sobre si ir a verle o no. Necesitaba más valor para perder toda una vida de recatada timidez, su virginidad la ataba a aquellas paredes como un cruel torturador, pero su deseo se iba haciendo más fuerte e intenso cada vez que tomaba aquellas pastillas, así que cogió las cuatro pastillas que quedaban y con un gran vaso de agua se las tragó. Los efectos esta vez no se hicieron esperar, era fuego, necesidad absoluta de sexo, de gozar y de perder por fin aquella virginidad que tanto la ofuscaba. Con tan sólo la bata como vestimenta abrió decidida la puerta de la farmacia y caminó hasta el herbolario. Aún sentía algo de temblor en sus dedos, pero no resultó suficiente para impedirle entrar dentro. Domingo estaba sentado en ese momento leyendo una revista y sonrió cuando vio entrar a su recatada vecina con el pelo suelto, sin gafas, intuía que sin ropa y con una mirada de deseo que reconoció nada más verla.
Matilde estaba desatada, actuaba como si estuviera en un sueño y no pudiera despertar. Se acercó hasta Domingo y como si lo hubiera hecho toda su vida, fue deshojando la margarita que la cubría hasta quedarse desnuda de pétalos, ofreciéndole su piel desnuda. Él se levantó y comenzó a besar su cuerpo desnudo, lamió su cuello y notó en él un cierto olor a botica que le recordó los jarabes de su infancia. Acarició su espalda y notó como Matilde la arqueaba de pura excitación. Cogió sus pechos y los masajeó mientras acercaba su lengua en punta y tamborileaba sobre sus pezones. Matilde estaba en una maravillosa nube de sublime placer, acariciaba los brazos de Domingo y le dejaba hacer completamente agradecida. El olor a incienso del lugar la incitaba a mostrarse más desinhibida, se vio a sí misma desde fuera desabrochando sus pantalones, sacando su miembro y acariciándolo entre sus dedos. Pero no era una imagen, realmente era ella. Era ella la que le estaba pidiendo que la penetrara, que la hiciera suya y la poseyera, la que acercó su boca a aquel grueso pene y lo lamió como si lo hubiera hecho siempre. Domingo agarró una de las piernas de Matilde y empujándola contra la mesa del mostrador la libró para siempre de su virginal estado. Matilde gemía placenteramente y disfrutaba de su cuerpo, que era suyo pero a veces era de otra, de aquel deseo desgarrador que se había apoderado de su interior y de esa súbita espontaneidad que no era típica de ella. Domingo empujaba su cuerpo contra el de la farmacéutica suavemente, sabía que era el primero en hacerlo, lo intuyó desde el principio, su estrechez arropaba cálidamente su miembro. Le perdía la gozosa sensación de abrir nuevas puertas en su camino, de ser el sereno de los cuerpos que habían extraviado las llaves de su placer.
Tras gozar, ambos se dejaron caer al suelo. Matilde simplemente musitó un “gracias por las pastillas, me tienes explicar cuáles son sus ingredientes” y él sonrió sin decirle nada mientras pensaba en los demostrados efectos beneficiosos de los placebos sobre las personas. No se había confundido al observar a Matilde la primera vez que la vio, era tal y como se había imaginado.
Domingo volvió días más tarde por más aspirinas y en compensación por no ser cobrado regaló a su vecina otra bolsa de pastillas, en esta ocasión, de color verde, pero por si acaso tardaba tanto como la primera vez en entrar al herbolario le advirtió que era necesario tomar una cada día si quería notar algún efecto beneficioso.
Matilde
Como cada mañana a las 10 en punto exactamente, Matilde llegó a la farmacia. Con esfuerzo subió la puerta metálica que protegía el escaparate, metió la llave en la cerradura y se hizo el propósito de llamar ese mismo día al cerrajero para que le echara un vistazo y la arreglara de una maldita vez. Encendió las luces del interior y se colocó la bata que dejaba siempre detrás de la puerta del pequeño garito que le servía a su vez de almacén y sala de estar para pasar los ratos de soledad en los que nadie entraba a comprar.
Miró su rostro reflejado en el cristal de la vitrina donde guardaba las cremas de belleza y se notó algo cansada. Había dormido mal y estaba nerviosa, su cabeza no paraba de dar vueltas a las mismas ideas que recurrentes saturaban su cabeza de pensamientos negativos. Su cumpleaños había pasado sin pena ni gloria, otro más, el tiempo iba pasando pero su vida no había cambiado en absoluto. Seguía haciendo las mismas cosas que hacía diez años atrás, cuando su padre le dejó en herencia la farmacia del pueblo en el que había vivido en su infancia. No podía dejar de pensar si la vida que ahora llevaba en aquel pequeño pueblo era simplemente un error, un dejarse llevar por una rutina que a veces le resultaba asfixiante. Después de una corta relación con un chico con el que no llegó a nada, principalmente en el plano sexual, no había conocido a nadie más. ¿A quién iba a conocer en aquel pueblo aislado por aquella complicada carretera de montaña plagada de ciclistas? Más de un dominguero había tenido que atender tras sufrir un colapso de puro agotamiento al llegar hasta la cumbre. ¿Pero acaso no leía ninguno el cartel que anunciaba que se trataba de un puerto de primera categoría? Ojalá se fijara en ella alguno de aquellos aguerridos deportistas, esos que sí conocían el camino y llegaban con sus fuerzas casi intactas.
La puerta se abrió y Matilde saludó al muchacho de la cooperativa de farmacia que de forma puntual le suministraba los pedidos. Era alto y desgarbado, tendría unos cinco años menos que ella o quizás más. Siempre se mostraba atento y servicial pero jamás le miró de la manera que le hubiera gustado a ella, hacía mucho que no sentía que la mirara ningún hombre. Lo cierto es que la rutina le había hecho remolona a la hora de arreglarse, era limpia y aseada pero nada coqueta, ropa amplia y cómoda, demasiado otoñal para su edad. En aquella pequeña prisión de montaña tampoco le hubiera servido de nada. Se recolocó sus gafas de pasta negra mientras despedía al muchacho y le miró sus pantalones vaqueros caídos que dejaban asomar sus calzoncillos rayados. Tenía un buen culo, pensó. Por un instante sintió que una pequeña oleada de calor que subía hasta sus mejillas, puso sus frías palmas sobre ellas y poco a poco su temperatura descendió.
Comenzó a abrir los paquetes de medicamentos y colocó cada medicina en el sitio correspondiente: antiinflamatorios y antitérmicos a la derecha, antibióticos en la vitrina de la izquierda, los productos de parafarmacia en la vitrina central y los preservativos en la mesa acristalada que hacía de mostrador. Ese siempre era el mejor sitio para cuando venía algún mozo que había pillado a alguna muchacha para llevársela al huerto esa noche. Ojalá en vez de venderlos los usara, pensó con resignación. Sólo le quedaba el consuelo diario del onanismo bajo las frías sábanas de su cama. Sabía cual había sido su problema desde que era una chiquilla, su tremenda timidez, su imposibilidad de hablar con los hombres y mostrar cómo era. Odiaba su timidez tanto que se sentía capaz de vender su alma al diablo con tal de que se la quitara.
Aquella fría mañana de otoño parecía que no quería acercarse nadie a comprar. Posiblemente en unos días los fríos provocarían el inicio de los primeros catarros y ella se hartaría de vender antigripales. Miró la calle a través de su escaparate y vio que por fin el local que había estado en obras durante dos meses abría sus puertas. Era una completa insensatez poner un herbolario en aquel pueblo y más cuando iba a tener como vecina y rival una farmacia. Matilde no creía ni en ungüentos ni en magias y menos en aquellos hierbajos que pretendían vender. Miró al hombre que una y otra vez salía de la tienda observando el aspecto de su escaparate. Era alto y delgado, de tez blanca y poco pelo. Tenía unas espectaculares entradas, su inicio era su frente y su fin prácticamente su nuca. Por un instante, el hombre se dio la vuelta y sorprendentemente caminó en dirección a la puerta de su farmacia. Matilde se colocó de inmediato tras el mostrador y simuló actividad.
-¡Buenos días! –Dijo con una inusitada alegría su nuevo vecino- Soy Domingo, el dueño del herbolario. Quería presentarme antes de abrir, hoy es mi primer día.
-¿Qué tal?- dijo Matilde con una media sonrisa intentando concentrarse en no dejar a relucir su timidez. Domingo chocó su mano con la suya y le pareció suave y firme, tenía los dedos largos y cálidos. Un perfume de incienso empapó sus fosas nasales y sintió por un instante un relajante bienestar.
Domingo hablaba sin prisas y miraba sus ojos sin apenas parpadear, le resultaba tremendamente inquietante, era como si quisiera escudriñar cada uno de los recovecos de su alma. Mientras hablaba y preguntaba a Matilde sobre el pueblo, tocaba su brazo de forma algo intimidatoria para lo que ella estaba acostumbrada, mostrándole la seguridad de la que ella carecía. Matilde contestaba con frases cortas y a pesar de que pretendía ser lo más cortés posible, sentía que estaba siendo tan seca como alguno de los habitantes de aquel pueblo cuando no tenían ganas de hablar con nadie. Al final, todo se pega, hasta la forma de ser de todo un pueblo.
Domingo le volvió a dar la mano a modo de despedida y cuando ya estaba a punto de irse, paró y dio media vuelta.
-Se me olvidaba: ¿me puedes dar una caja de aspirinas?
-¿Un hombre dedicado al negocio de las hierbas y usa química para el dolor? Es un poco difícil de entender-dijo ella.
-No, no, son para mis flores, yo no tomo esas cosas-contestó sonriendo él-Dime cuanto es.
-Nada, son un regalo de la casa-dijo Matilde sorprendiéndose a sí misma por su amabilidad.
-Muchas gracias, pero espera un momento... Un regalo se merece otro.
Domingo salió corriendo de la farmacia en dirección a su tienda. Matilde se puso de puntillas intentando ver lo que hacía en el interior y al cabo de dos minutos le vio salir de nuevo. Entró en la farmacia y depositó sobre su mano una pequeña bolsa de plástico transparente con media docena de pastillas de color rojo.
-¿Qué es esto? –Dijo ella extrañada.
-Son completamente inofensivas, tranquila. Tómate una cada vez que dudes de tus decisiones o pretendas conseguir algo-dijo Domingo con cierta dosis de misterio y una pícara sonrisa.
Domingo salió de la farmacia y ella se quedó mirando aquellas extrañas pastillas. Su tamaño era considerable y no tenían brillo. Como ferviente seguidora de la medicina alopática, dudaba de cualquier cosa que no procediera de un laboratorio, las guardó en un cajón y continuó ordenando los medicamentos que aún faltaban por colocar.
No se volvió a acordar de aquellas pastillas, pero sí de su vecino, al que observaba día tras día a través del cristal. Lo cierto es que sus predicciones se habían cumplido y apenas entraba gente a su interior. Le daba algo de lástima que no pudiera ganar lo suficiente para poderse establecer allí y acabara yéndose. Era el primer hombre en mucho tiempo que la había mirado de forma distinta, ella misma se había notado diferente al verse reflejada en las pupilas de Domingo.
Aquella mañana se sentía inquieta, paseaba por la farmacia colocando lo ya colocado y miraba tras el escaparate deseando que Domingo volviera a su farmacia, unas tiritas, algodón, cualquier cosa que pudiera necesitar y que él no tuviera. Dudaba si entrar a su herbolario y preguntarle si necesitaba algo, pero no era capaz de decidirse. Aquella duda y las palabras de Domingo le llevaron a las misteriosas pastillas que le había dejado días atrás. No tenía ni idea de su composición pero una repentina fe ciega en sus palabras hicieron que se tomara una. Necesitó agua para que pasara del todo, era contundentemente grande. No sintió nada, no ocurrieron extraños milagros y todo siguió igual.
No fue hasta que pasaron quince minutos cuando comenzó a sentir una extraña sensación de seguridad. Percibió su cuerpo más sensual que nunca, su rostro más atractivo, y su deseo, más despierto. A pesar de todo, no se sentía con el valor suficiente de ir al herbolario y entablar una conversación con su dueño. Palpó su cuerpo a través de la bata y sintió su calor. Desabrochó su falda y la dejó sobre una silla, notaba cierto alivio, pero no lo suficiente, de espaldas al mostrador se quitó los botones de su bata, la bajó hasta la altura de su cintura atando con las mangas un nudo a su alrededor y se deshizo de su blusa, volviéndose a recolocar la bata sobre su ropa interior. Se sorprendió de la maravillosa sensación que le proporcionaba la frescura de la tela de su bata sobre su piel y decidió que desde ese momento, no llevaría más la ropa de la calle bajo la bata.
Miró de nuevo el herbolario y deseó que en ese momento entrara Domingo y con aquella profunda mirada, se diera cuenta de que tan sólo sus curvas vestían su cuerpo.
Pasados unos días, la necesidad de volver a ver a su vecino se hizo más imperiosa, más de una vez estuvo a punto de salir de la farmacia y olvidar su timidez, pero de nuevo, las dudas sobre sí misma sitiaron sus pretensiones. Esta vez fue directa hacia aquellas misteriosas pastillas, tomó una entre sus dedos y la tragó sin tanta dificultad como la primera. Esperó a que los extraños efectos de las mismas la poseyeran y de nuevo el calor se hizo su amo y señor, envolviéndola de forma más claustrofóbica. Acarició su cuerpo desnudo bajo la bata y sintió que cada caricia apaciguaba poco a poco sus ardores. Resbaló sus dedos por el antebrazo, después bajó hasta sus muslos, dibujó con sus dedos pequeños círculos cada vez más cercanos a su sexo, hasta que se encontró con él bajo sus bragas. Mientras acariciaba trémula sus labios mayores miraba el herbolario suplicando que viniera a verla, que la sentara sobre la mesa y que la estrechara hasta perderse en su cuerpo. Súbitamente, la abuela María entró ruidosamente en la farmacia y tuvo que parar. La atmósfera de sensualidad y necesidad de gozar en la que había caído desapareció en un segundo, lo que tardó aquella anciana mujer a la que todos llamaban cariñosamente “abuela” por ser la más longeva del lugar, en dar los buenos días y pedir algo para el lumbago.
Matilde desconectó unos días de su mundo, del pueblo, de su farmacia y de Domingo y su herbolario. Tanto le había insistido su amiga Mariví, que tenía un pequeño apartamento en la costa de que pasara el largo puente con ella, que al final decidió aceptar. El aire del mar le renovó por dentro y por fuera y volvió con un espíritu nuevo. Le sorprendió la grata sensación de encontrarse de nuevo en el pueblo, ya no le parecía tan inhóspito y cerrado. La primera mañana tras el descanso no dejó de pensar y dudar sobre si ir a verle o no. Necesitaba más valor para perder toda una vida de recatada timidez, su virginidad la ataba a aquellas paredes como un cruel torturador, pero su deseo se iba haciendo más fuerte e intenso cada vez que tomaba aquellas pastillas, así que cogió las cuatro pastillas que quedaban y con un gran vaso de agua se las tragó. Los efectos esta vez no se hicieron esperar, era fuego, necesidad absoluta de sexo, de gozar y de perder por fin aquella virginidad que tanto la ofuscaba. Con tan sólo la bata como vestimenta abrió decidida la puerta de la farmacia y caminó hasta el herbolario. Aún sentía algo de temblor en sus dedos, pero no resultó suficiente para impedirle entrar dentro. Domingo estaba sentado en ese momento leyendo una revista y sonrió cuando vio entrar a su recatada vecina con el pelo suelto, sin gafas, intuía que sin ropa y con una mirada de deseo que reconoció nada más verla.
Matilde estaba desatada, actuaba como si estuviera en un sueño y no pudiera despertar. Se acercó hasta Domingo y como si lo hubiera hecho toda su vida, fue deshojando la margarita que la cubría hasta quedarse desnuda de pétalos, ofreciéndole su piel desnuda. Él se levantó y comenzó a besar su cuerpo desnudo, lamió su cuello y notó en él un cierto olor a botica que le recordó los jarabes de su infancia. Acarició su espalda y notó como Matilde la arqueaba de pura excitación. Cogió sus pechos y los masajeó mientras acercaba su lengua en punta y tamborileaba sobre sus pezones. Matilde estaba en una maravillosa nube de sublime placer, acariciaba los brazos de Domingo y le dejaba hacer completamente agradecida. El olor a incienso del lugar la incitaba a mostrarse más desinhibida, se vio a sí misma desde fuera desabrochando sus pantalones, sacando su miembro y acariciándolo entre sus dedos. Pero no era una imagen, realmente era ella. Era ella la que le estaba pidiendo que la penetrara, que la hiciera suya y la poseyera, la que acercó su boca a aquel grueso pene y lo lamió como si lo hubiera hecho siempre. Domingo agarró una de las piernas de Matilde y empujándola contra la mesa del mostrador la libró para siempre de su virginal estado. Matilde gemía placenteramente y disfrutaba de su cuerpo, que era suyo pero a veces era de otra, de aquel deseo desgarrador que se había apoderado de su interior y de esa súbita espontaneidad que no era típica de ella. Domingo empujaba su cuerpo contra el de la farmacéutica suavemente, sabía que era el primero en hacerlo, lo intuyó desde el principio, su estrechez arropaba cálidamente su miembro. Le perdía la gozosa sensación de abrir nuevas puertas en su camino, de ser el sereno de los cuerpos que habían extraviado las llaves de su placer.
Tras gozar, ambos se dejaron caer al suelo. Matilde simplemente musitó un “gracias por las pastillas, me tienes explicar cuáles son sus ingredientes” y él sonrió sin decirle nada mientras pensaba en los demostrados efectos beneficiosos de los placebos sobre las personas. No se había confundido al observar a Matilde la primera vez que la vio, era tal y como se había imaginado.
Domingo volvió días más tarde por más aspirinas y en compensación por no ser cobrado regaló a su vecina otra bolsa de pastillas, en esta ocasión, de color verde, pero por si acaso tardaba tanto como la primera vez en entrar al herbolario le advirtió que era necesario tomar una cada día si quería notar algún efecto beneficioso.
Miró su rostro reflejado en el cristal de la vitrina donde guardaba las cremas de belleza y se notó algo cansada. Había dormido mal y estaba nerviosa, su cabeza no paraba de dar vueltas a las mismas ideas que recurrentes saturaban su cabeza de pensamientos negativos. Su cumpleaños había pasado sin pena ni gloria, otro más, el tiempo iba pasando pero su vida no había cambiado en absoluto. Seguía haciendo las mismas cosas que hacía diez años atrás, cuando su padre le dejó en herencia la farmacia del pueblo en el que había vivido en su infancia. No podía dejar de pensar si la vida que ahora llevaba en aquel pequeño pueblo era simplemente un error, un dejarse llevar por una rutina que a veces le resultaba asfixiante. Después de una corta relación con un chico con el que no llegó a nada, principalmente en el plano sexual, no había conocido a nadie más. ¿A quién iba a conocer en aquel pueblo aislado por aquella complicada carretera de montaña plagada de ciclistas? Más de un dominguero había tenido que atender tras sufrir un colapso de puro agotamiento al llegar hasta la cumbre. ¿Pero acaso no leía ninguno el cartel que anunciaba que se trataba de un puerto de primera categoría? Ojalá se fijara en ella alguno de aquellos aguerridos deportistas, esos que sí conocían el camino y llegaban con sus fuerzas casi intactas.
La puerta se abrió y Matilde saludó al muchacho de la cooperativa de farmacia que de forma puntual le suministraba los pedidos. Era alto y desgarbado, tendría unos cinco años menos que ella o quizás más. Siempre se mostraba atento y servicial pero jamás le miró de la manera que le hubiera gustado a ella, hacía mucho que no sentía que la mirara ningún hombre. Lo cierto es que la rutina le había hecho remolona a la hora de arreglarse, era limpia y aseada pero nada coqueta, ropa amplia y cómoda, demasiado otoñal para su edad. En aquella pequeña prisión de montaña tampoco le hubiera servido de nada. Se recolocó sus gafas de pasta negra mientras despedía al muchacho y le miró sus pantalones vaqueros caídos que dejaban asomar sus calzoncillos rayados. Tenía un buen culo, pensó. Por un instante sintió que una pequeña oleada de calor que subía hasta sus mejillas, puso sus frías palmas sobre ellas y poco a poco su temperatura descendió.
Comenzó a abrir los paquetes de medicamentos y colocó cada medicina en el sitio correspondiente: antiinflamatorios y antitérmicos a la derecha, antibióticos en la vitrina de la izquierda, los productos de parafarmacia en la vitrina central y los preservativos en la mesa acristalada que hacía de mostrador. Ese siempre era el mejor sitio para cuando venía algún mozo que había pillado a alguna muchacha para llevársela al huerto esa noche. Ojalá en vez de venderlos los usara, pensó con resignación. Sólo le quedaba el consuelo diario del onanismo bajo las frías sábanas de su cama. Sabía cual había sido su problema desde que era una chiquilla, su tremenda timidez, su imposibilidad de hablar con los hombres y mostrar cómo era. Odiaba su timidez tanto que se sentía capaz de vender su alma al diablo con tal de que se la quitara.
Aquella fría mañana de otoño parecía que no quería acercarse nadie a comprar. Posiblemente en unos días los fríos provocarían el inicio de los primeros catarros y ella se hartaría de vender antigripales. Miró la calle a través de su escaparate y vio que por fin el local que había estado en obras durante dos meses abría sus puertas. Era una completa insensatez poner un herbolario en aquel pueblo y más cuando iba a tener como vecina y rival una farmacia. Matilde no creía ni en ungüentos ni en magias y menos en aquellos hierbajos que pretendían vender. Miró al hombre que una y otra vez salía de la tienda observando el aspecto de su escaparate. Era alto y delgado, de tez blanca y poco pelo. Tenía unas espectaculares entradas, su inicio era su frente y su fin prácticamente su nuca. Por un instante, el hombre se dio la vuelta y sorprendentemente caminó en dirección a la puerta de su farmacia. Matilde se colocó de inmediato tras el mostrador y simuló actividad.
-¡Buenos días! –Dijo con una inusitada alegría su nuevo vecino- Soy Domingo, el dueño del herbolario. Quería presentarme antes de abrir, hoy es mi primer día.
-¿Qué tal?- dijo Matilde con una media sonrisa intentando concentrarse en no dejar a relucir su timidez. Domingo chocó su mano con la suya y le pareció suave y firme, tenía los dedos largos y cálidos. Un perfume de incienso empapó sus fosas nasales y sintió por un instante un relajante bienestar.
Domingo hablaba sin prisas y miraba sus ojos sin apenas parpadear, le resultaba tremendamente inquietante, era como si quisiera escudriñar cada uno de los recovecos de su alma. Mientras hablaba y preguntaba a Matilde sobre el pueblo, tocaba su brazo de forma algo intimidatoria para lo que ella estaba acostumbrada, mostrándole la seguridad de la que ella carecía. Matilde contestaba con frases cortas y a pesar de que pretendía ser lo más cortés posible, sentía que estaba siendo tan seca como alguno de los habitantes de aquel pueblo cuando no tenían ganas de hablar con nadie. Al final, todo se pega, hasta la forma de ser de todo un pueblo.
Domingo le volvió a dar la mano a modo de despedida y cuando ya estaba a punto de irse, paró y dio media vuelta.
-Se me olvidaba: ¿me puedes dar una caja de aspirinas?
-¿Un hombre dedicado al negocio de las hierbas y usa química para el dolor? Es un poco difícil de entender-dijo ella.
-No, no, son para mis flores, yo no tomo esas cosas-contestó sonriendo él-Dime cuanto es.
-Nada, son un regalo de la casa-dijo Matilde sorprendiéndose a sí misma por su amabilidad.
-Muchas gracias, pero espera un momento... Un regalo se merece otro.
Domingo salió corriendo de la farmacia en dirección a su tienda. Matilde se puso de puntillas intentando ver lo que hacía en el interior y al cabo de dos minutos le vio salir de nuevo. Entró en la farmacia y depositó sobre su mano una pequeña bolsa de plástico transparente con media docena de pastillas de color rojo.
-¿Qué es esto? –Dijo ella extrañada.
-Son completamente inofensivas, tranquila. Tómate una cada vez que dudes de tus decisiones o pretendas conseguir algo-dijo Domingo con cierta dosis de misterio y una pícara sonrisa.
Domingo salió de la farmacia y ella se quedó mirando aquellas extrañas pastillas. Su tamaño era considerable y no tenían brillo. Como ferviente seguidora de la medicina alopática, dudaba de cualquier cosa que no procediera de un laboratorio, las guardó en un cajón y continuó ordenando los medicamentos que aún faltaban por colocar.
No se volvió a acordar de aquellas pastillas, pero sí de su vecino, al que observaba día tras día a través del cristal. Lo cierto es que sus predicciones se habían cumplido y apenas entraba gente a su interior. Le daba algo de lástima que no pudiera ganar lo suficiente para poderse establecer allí y acabara yéndose. Era el primer hombre en mucho tiempo que la había mirado de forma distinta, ella misma se había notado diferente al verse reflejada en las pupilas de Domingo.
Aquella mañana se sentía inquieta, paseaba por la farmacia colocando lo ya colocado y miraba tras el escaparate deseando que Domingo volviera a su farmacia, unas tiritas, algodón, cualquier cosa que pudiera necesitar y que él no tuviera. Dudaba si entrar a su herbolario y preguntarle si necesitaba algo, pero no era capaz de decidirse. Aquella duda y las palabras de Domingo le llevaron a las misteriosas pastillas que le había dejado días atrás. No tenía ni idea de su composición pero una repentina fe ciega en sus palabras hicieron que se tomara una. Necesitó agua para que pasara del todo, era contundentemente grande. No sintió nada, no ocurrieron extraños milagros y todo siguió igual.
No fue hasta que pasaron quince minutos cuando comenzó a sentir una extraña sensación de seguridad. Percibió su cuerpo más sensual que nunca, su rostro más atractivo, y su deseo, más despierto. A pesar de todo, no se sentía con el valor suficiente de ir al herbolario y entablar una conversación con su dueño. Palpó su cuerpo a través de la bata y sintió su calor. Desabrochó su falda y la dejó sobre una silla, notaba cierto alivio, pero no lo suficiente, de espaldas al mostrador se quitó los botones de su bata, la bajó hasta la altura de su cintura atando con las mangas un nudo a su alrededor y se deshizo de su blusa, volviéndose a recolocar la bata sobre su ropa interior. Se sorprendió de la maravillosa sensación que le proporcionaba la frescura de la tela de su bata sobre su piel y decidió que desde ese momento, no llevaría más la ropa de la calle bajo la bata.
Miró de nuevo el herbolario y deseó que en ese momento entrara Domingo y con aquella profunda mirada, se diera cuenta de que tan sólo sus curvas vestían su cuerpo.
Pasados unos días, la necesidad de volver a ver a su vecino se hizo más imperiosa, más de una vez estuvo a punto de salir de la farmacia y olvidar su timidez, pero de nuevo, las dudas sobre sí misma sitiaron sus pretensiones. Esta vez fue directa hacia aquellas misteriosas pastillas, tomó una entre sus dedos y la tragó sin tanta dificultad como la primera. Esperó a que los extraños efectos de las mismas la poseyeran y de nuevo el calor se hizo su amo y señor, envolviéndola de forma más claustrofóbica. Acarició su cuerpo desnudo bajo la bata y sintió que cada caricia apaciguaba poco a poco sus ardores. Resbaló sus dedos por el antebrazo, después bajó hasta sus muslos, dibujó con sus dedos pequeños círculos cada vez más cercanos a su sexo, hasta que se encontró con él bajo sus bragas. Mientras acariciaba trémula sus labios mayores miraba el herbolario suplicando que viniera a verla, que la sentara sobre la mesa y que la estrechara hasta perderse en su cuerpo. Súbitamente, la abuela María entró ruidosamente en la farmacia y tuvo que parar. La atmósfera de sensualidad y necesidad de gozar en la que había caído desapareció en un segundo, lo que tardó aquella anciana mujer a la que todos llamaban cariñosamente “abuela” por ser la más longeva del lugar, en dar los buenos días y pedir algo para el lumbago.
Matilde desconectó unos días de su mundo, del pueblo, de su farmacia y de Domingo y su herbolario. Tanto le había insistido su amiga Mariví, que tenía un pequeño apartamento en la costa de que pasara el largo puente con ella, que al final decidió aceptar. El aire del mar le renovó por dentro y por fuera y volvió con un espíritu nuevo. Le sorprendió la grata sensación de encontrarse de nuevo en el pueblo, ya no le parecía tan inhóspito y cerrado. La primera mañana tras el descanso no dejó de pensar y dudar sobre si ir a verle o no. Necesitaba más valor para perder toda una vida de recatada timidez, su virginidad la ataba a aquellas paredes como un cruel torturador, pero su deseo se iba haciendo más fuerte e intenso cada vez que tomaba aquellas pastillas, así que cogió las cuatro pastillas que quedaban y con un gran vaso de agua se las tragó. Los efectos esta vez no se hicieron esperar, era fuego, necesidad absoluta de sexo, de gozar y de perder por fin aquella virginidad que tanto la ofuscaba. Con tan sólo la bata como vestimenta abrió decidida la puerta de la farmacia y caminó hasta el herbolario. Aún sentía algo de temblor en sus dedos, pero no resultó suficiente para impedirle entrar dentro. Domingo estaba sentado en ese momento leyendo una revista y sonrió cuando vio entrar a su recatada vecina con el pelo suelto, sin gafas, intuía que sin ropa y con una mirada de deseo que reconoció nada más verla.
Matilde estaba desatada, actuaba como si estuviera en un sueño y no pudiera despertar. Se acercó hasta Domingo y como si lo hubiera hecho toda su vida, fue deshojando la margarita que la cubría hasta quedarse desnuda de pétalos, ofreciéndole su piel desnuda. Él se levantó y comenzó a besar su cuerpo desnudo, lamió su cuello y notó en él un cierto olor a botica que le recordó los jarabes de su infancia. Acarició su espalda y notó como Matilde la arqueaba de pura excitación. Cogió sus pechos y los masajeó mientras acercaba su lengua en punta y tamborileaba sobre sus pezones. Matilde estaba en una maravillosa nube de sublime placer, acariciaba los brazos de Domingo y le dejaba hacer completamente agradecida. El olor a incienso del lugar la incitaba a mostrarse más desinhibida, se vio a sí misma desde fuera desabrochando sus pantalones, sacando su miembro y acariciándolo entre sus dedos. Pero no era una imagen, realmente era ella. Era ella la que le estaba pidiendo que la penetrara, que la hiciera suya y la poseyera, la que acercó su boca a aquel grueso pene y lo lamió como si lo hubiera hecho siempre. Domingo agarró una de las piernas de Matilde y empujándola contra la mesa del mostrador la libró para siempre de su virginal estado. Matilde gemía placenteramente y disfrutaba de su cuerpo, que era suyo pero a veces era de otra, de aquel deseo desgarrador que se había apoderado de su interior y de esa súbita espontaneidad que no era típica de ella. Domingo empujaba su cuerpo contra el de la farmacéutica suavemente, sabía que era el primero en hacerlo, lo intuyó desde el principio, su estrechez arropaba cálidamente su miembro. Le perdía la gozosa sensación de abrir nuevas puertas en su camino, de ser el sereno de los cuerpos que habían extraviado las llaves de su placer.
Tras gozar, ambos se dejaron caer al suelo. Matilde simplemente musitó un “gracias por las pastillas, me tienes explicar cuáles son sus ingredientes” y él sonrió sin decirle nada mientras pensaba en los demostrados efectos beneficiosos de los placebos sobre las personas. No se había confundido al observar a Matilde la primera vez que la vio, era tal y como se había imaginado.
Domingo volvió días más tarde por más aspirinas y en compensación por no ser cobrado regaló a su vecina otra bolsa de pastillas, en esta ocasión, de color verde, pero por si acaso tardaba tanto como la primera vez en entrar al herbolario le advirtió que era necesario tomar una cada día si quería notar algún efecto beneficioso.
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