Ella se acurrucaba contra su pecho sólido como una niña desprotegida, como alguien que necesitaba el calor para sobrevivir. Y estaba tan a gusto allí en medio de sus brazos de gigante, atrapada en su delicioso olor, con las manos de él rodeando sus hombros cubiertos solo por una camisa que le pertenecía, negra, la cual cubría más abajo de los muslos. No sabía, no podía llegar a comprender como era posible que fuera tan endemoniadamente feliz en un sofá con más años que Matusalén y con una serie insulsa que ni la iba ni la venía. De vez en cuando frotaba levemente su cabeza contra él, como un gato. Sonreía tontamente cuando en alguna ocasión distraído enredaba su dedo índice en el pelo y recibía descargas de placer en la nuca.
Se sentía endemoniadamente bien en esos momentos. Todo lo demás era pura miseria. Lo único que necesitaba era eso. A él como almohada.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada