La suya fue una historia de amor, si, pero les toco vivirla, es decir, sobrevivirla, en una sucursal del infierno en la tierra. Condenados a la ardua tarea de fregar los interminables pasillos con carteles negros cuyas flechas señalaban, tajantes, el camino del krämatorum. Y el caso es que nunca pasaron de lanzarse tiernas miradas, coronadas por un ardiente beso, mientras restregaban sus enormes repollos por el suelo de los barracones. Ni una caricia ni un beso. Allí dentro eran números. Tan solo las dos cifras, 325 y 566, que llevaban tatuadas en la piel. De hecho, ambos lo tenían todo. Recaían sobre sus fatigados hombros todas las premisas que durante aquellos años de terror y miseria, acababan por convertir a un ser humano en un “elemento indeseable”, o sea, en acérrimo enemigo del estado. A saber: uno, Franz, era judío, comunista y homosexual; el otro, Manuel, gitano, rojo y maricón. Le sobraban a ambos los agravantes para permanecer. Encerrados, allí. Hasta el día en que el campo amaneció sin los SS pateando almas a su alrededor. Y se oyeron tiros y cañonazos por todas partes. Y como por arte de magia, aparecieron los primeros soldados estadounidenses. E iban precedidos de nervios, de llantos, de alambradas rotas. 325 y 566 se miraron fijamente por última vez. Y advirtieron, con el corazón encogido, que nunca jamás, hasta el fin de sus tristes vidas, volverían a estar enamorados.
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