martes, 15 de febrero de 2011

Daniel

El amanecer del día equis fue aún más doloroso que todos los anteriores para Daniel, un oficinista y escritor frustrado que pronto dejaría de escribir. Cada vez que la luz del sol entraba por la ventana para azotar su rostro, era la confirmación de que de nuevo había sucedido lo que más temía: seguía vivo. Esto le dolía, ya que por las noches se concentraba en hacer, de alguna manera, que su corazón se detuviera. Quería desaparecer, dejar de ser humano y convertirse en algún tipo de energía, quizá electricidad, y así comenzar a fluir entre los circuitos de los aparatos electrónicos, o simplemente flotar y elevarse hasta quedar adherido a una nube. Sí; nada de alma y nada de conciencia y mucho menos de vida eterna. Para el deprimido la nada era la única paz.






Se levantó de la cama como un autómata y al recorrer su habitación para salir de ella mantuvo la mirada en todo momento sobre el piso. Aquello no era coincidencia, todas las mañanas evitaba ver hacia el rincón, para no encontrarse con la fotografía enmarcada de los dos seres más queridos y más ausentes de su vida. Era un reto diario ignorar aquella imagen que lo atraía como un imán, a pesar de que representaba el dolor supremo, la incalculable pérdida de aquel día fatal. No debía ver hacia ahí, hacia aquel poso de lágrimas en el que por varias mañanas se había sumergido hasta el fondo, finalizando imposibilitado de salir a enfrentar al mundo; a la maldita e implacable vida.





Como cosa rara recordó lo que había soñado mientras dormía; se dice que siempre soñamos aunque no siempre lo recordamos, y Daniel, por desgracia, había soñado con el trabajo. Pensar en los pleitos con su jefe del día anterior durante el baño fue una mala idea, pues ni el agua caliente pudo relajar la taquicardia y la tensión en el cuello que le provocó aquel recuerdo. No desayunó a pesar de que buscó una razón que lo motivara a hacerlo. Se lavó los dientes, por costumbre, y aunque estuvo frente al espejo no quiso verse más que la dentadura. Aquel acto de higiene sería lo más parecido que tendría a una sonrisa durante el día. Involuntariamente tragó un poco de enjuague bucal por lo que un ardor de garganta se adicionó a otra más de sus tribulaciones.





Al salir de su casa pudo deducir con facilidad que sería un día de tráfico intenso, ya que aparte de que la cola de autos comenzaba desde la esquina que daba con el boulevard, por la radio acababa de escuchar que el Ministerio Público había bloqueado una arteria importante debido a un tiroteo ocurrido la noche anterior.





Mientras avanzaba a vuelta de rueda comenzó a buscar una emisora con algún programa que lo animara. Por casualidad sintonizó un noticiero en el que un reportero indignado comentaba una estadística interesante: “Veinte muertos al día en promedio. Sí; la situación es inaguantable, y el gobierno no hace nada; absolutamente nada al respecto”.





Cambió de emisora, otro noticiero: “ayer por la tarde una banda de delincuentes dio muerte a balazos a Fulano Pérez y su esposa Fulana de Pérez, mientras éstos atendían su negocio particular. La única sobreviviente al siniestro fue Fulanita Pérez, de tan solo tres años de edad, hija de la pareja asesinada…”.





Nuevamente cambió de emisora, esta vez un programa orientado para jóvenes donde un par de locutores incultos hacían chistes de doble sentido para burlarse de una oyente que tenían al teléfono. Daniel siguió buscando, hasta que encontró algo de música, primero de la más moderna y por ende la menos tolerable, continuó cambiando hasta que encontró algo más viejo, pero se desesperó con el sin fin de comerciales estúpidos que pasaban entre cada melodía.





Apagó la radio, y aunque llevaba los vidrios de su auto cerrados no pudo evitar escuchar el equipo de sonido del auto viejo que tenía a la par, conducido por un tipo moreno y trompudo que usaba lentes para el sol, el cual reproducía una horrenda canción de reggaeton.





Daniel pensó sobre su vida, la que le importaba menos que la de los demás. Pensó en la rutina, en sus deudas, en lo que quería y no podía comprar, en el perfume de prostituta que usaba la recepcionista del lugar en el que trabajaba, en el olor a humedad de su oficina y en la poca luz que entraba en la misma. Quería pensar en cualquiera cosa excepto en aquel día. Llegó lentamente a una vía con el tráfico más despejado y vio a unos niños pidiendo limosna, a los restos de un perro atropellado en la carretera, a un policía preparando una multa para un taxi mal estacionado, a un borracho indigente e inmundo que maltrataba a los transeúntes que pasaban y, finalmente, vio a una mujer de buen cuerpo con cara fea que iba abrazada con un hombre aún más feo que ella.





“Es una mierda odiar la vida y no creer en el suicidio”, pensó el oficinista, justo al detenerse en un semáforo en rojo. De pronto un golpeteo en la ventana lo sacó de sus cavilaciones: se trataba de un hombre rapado y tatuado, con mirada maliciosa y pistola en mano. Daniel no se asustó, por alguna extraña razón se sintió libre, aceleró a fondo y se pasó el alto; se escuchó un disparo, un rechinido y luego un estruendo. Media hora después la calle se encontraba atiborrada de vehículos. Junto a un auto destrozado por un camión un agente del Ministerio Público levantaba un acta, y bajo las sábanas ensangrentadas a la vista de los curiosos yacía la antigua prisión del que de ahora en adelante sería electricidad.












día de publicar varias cosas!!!!!!!!!!!!!!............el primero de varios xD
por si no es obvio, éste es para ti

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