Aún recuerdo la sensación de su lengua entrando en mi boca, apoyada contra la librería de su salón, mientras que por la entreabierta puerta del comedor podía ver como su mujer preparaba la cena. Tampoco puedo olvidar el momento en que su mano subía mi falda y manoseaba mis nalgas mientras susurraba: -Yo sé qué te gusta-. Ni he olvidado su habilidad para quedarse a solas conmigo.
Hay sensaciones imborrables en la vida. En la vida, entera. Como el asco que me daba cada vez que se me acercaba. Las nauseas que me venían al verle aparecer. Lo sucia que me sentía. El pánico cuando sonaba el timbre de la puerta y estaba sola en casa. El miedo al salir y encontrármelo en la escalera. La inexplicable culpabilidad. La angustia de no poder contarlo, ya que nadie hubiera creído que aquel señor, tan respetable, estaba abusando de una niña de diez años.ara quedarse a solas conmigo.
Hay sensaciones imborrables en la vida. En la vida, entera. Como el asco que me daba cada vez que se me acercaba. Las nauseas que me venían al verle aparecer. Lo sucia que me sentía. El pánico cuando sonaba el timbre de la puerta y estaba sola en casa. El miedo al salir y encontrármele en la escalera. La inexplicable culpabilidad. La angustia de no poder contarlo, ya que nadie hubiera creído que aquel señor, tan respetable, estaba abusando de una niña de diez años.
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