El: -Hola.
Ella: -Hola. Vaya, qué sorpresa.
Él: -Sí, lo sé. Estoy en el aeropuerto.
Ella: -¿Te vas de vacaciones?
Él: -Estoy en el aeropuerto de Santiago. Necesito verte.
Ella: (Silencio y suspiro) -Vaya, llegas cuatro años tarde.
Él: -No, llego cuando más me necesitas y cuando ya no podía respetar más tu vida.
Ella: -Mira, no entiendo nada. ¿Cuánto hace que no hablamos?
Él: -Tres años, cinco meses y doce días, ya sabes como soy.
Ella: -Si, lo sé.
Él: -Tienes la voz temblorosa. Como cuando te pedí que no te fueras. Como cuando enloquecías de pasión entre mi boca, mis brazos…
Ella: -Para, ya sé a donde quieres llegar… Por favor, vuelve a subirte al avión y no me compliques la vida.
Él: -No voy a complicarte la vida. Vengo a vivirla contigo. No voy a irme sin ti. Espero que tengas sitio en tu casa.
Ella: -Estás loco.
Él: -Como una cabra.
Ella: -Dame veinte minutos.
Él: -Son demasiados.
Ella: -Venga hombre, ahora no te puede venir de unos minutos.
Él: -Ni un minuto más, ni uno más. Cada minuto que pasa sin ti me siento más imbécil y odio sentirme así.
Ella: -Dime que no has traído al perro.
Él: (Risas) -Sigues siendo una miedosa. Tranquila, sólo te morderé yo.
Ella: (Risas) -¿Cuando me despierte estarás cerca para recordarme que esto no es ficción?
Él: -Me pillo un taxi, dame la dirección exacta de tu casa…
Ella: -Espera no, quedamos en otro sitio.
Él: -Perfecto después de que te haya hecho el amor decides dónde quedamos. ¿Calle…?
domingo, 27 de febrero de 2011
huyo
He de ir preparándome para mi huida. He de organizarlo todo.
Primero haré la maleta, y en ella meteré sólo lo imprescindible, sólo lo que voy a necesitar una vez haya llegado a allí. Meteré mis sueños, aquellos de los que nunca te hablé; meteré mi pasiones, sólo las mías; meteré también el olvido, voy a necesitarlo tanto; me llevaré el desamor, a ti no va a hacerte falta. Sólo voy a dejarte los recuerdos, si me los llevó yo no sabré qué hacer con ellos, en cambio tú podrás olvidarlos, de nuevo.
Una vez esté hecha la maleta, recompondré mi alma, o lo que quede de ella y también me la llevaré. Si te encuentras algún trocito barriendo ya me lo mandarás.
Por cierto, también me llevaré el corazón. Me he acostumbrado a su ritmo de sístole y diástole y no sabría que hacer sin él.
Creo que ya está todo listo, no me falta nada, me lo llevo todo, incluso a ti.
al amor de mi vida!
Querido clítoris:
En un día como hoy no quería dejar pasar la oportunidad de recordarte lo mucho que te quiero, aunque tú eso ya lo sabes muy bien.
Son veintiún años juntos, aunque no lo voy a negar me costó encontrarte, tienes que reconocer tu timidez después de nuestro primer encuentro. Parece que fue ayer cuando a mis cinco años investigando me encontré contigo, recuerdo mi gran confusión al confundirte con un pene chiquitito y cómo se reían mis padres cuando les dije que en realidad era un niño mientras te mostraba orgullosa. Suerte que no fue así.A pesar de mi torpeza contigo, no tardaste en comenzar a mostrarme tus sentimientos, que yo por ingenua confundía con ganas de ir al baño.Pasaron los años y me olvidé de ti, te puse en manos del primer energúmeno que llegó y el pobre ni tan siquiera te conoció.
Afortunadamente volviste a llamar mi atención y nunca hubiera imaginado que podías darme tanto y tan bueno. Eres tan generoso. Sólo el amor de verdad puede ser así, bastan unos mimos para que tú me hagas explotar de satisfacción.Ay qué placer conocerte tan bien. Qué bien lo pasamos juntos. Qué bonito es el amor y tener la garantía de que nunca nos abandonaremos, de que tu felicidad será siempre la mía. Pase lo que pase siempre estaremos juntos.Mi pequeño clítoris, prometo no volver a ponerte en manos de quien no te sepa cuidar, no volveremos a permitir que nadie te menosprecie, tú vales mucho y mereces protagonismo.
Tu eterna amante,
Yo!
En un día como hoy no quería dejar pasar la oportunidad de recordarte lo mucho que te quiero, aunque tú eso ya lo sabes muy bien.
Son veintiún años juntos, aunque no lo voy a negar me costó encontrarte, tienes que reconocer tu timidez después de nuestro primer encuentro. Parece que fue ayer cuando a mis cinco años investigando me encontré contigo, recuerdo mi gran confusión al confundirte con un pene chiquitito y cómo se reían mis padres cuando les dije que en realidad era un niño mientras te mostraba orgullosa. Suerte que no fue así.A pesar de mi torpeza contigo, no tardaste en comenzar a mostrarme tus sentimientos, que yo por ingenua confundía con ganas de ir al baño.Pasaron los años y me olvidé de ti, te puse en manos del primer energúmeno que llegó y el pobre ni tan siquiera te conoció.
Afortunadamente volviste a llamar mi atención y nunca hubiera imaginado que podías darme tanto y tan bueno. Eres tan generoso. Sólo el amor de verdad puede ser así, bastan unos mimos para que tú me hagas explotar de satisfacción.Ay qué placer conocerte tan bien. Qué bien lo pasamos juntos. Qué bonito es el amor y tener la garantía de que nunca nos abandonaremos, de que tu felicidad será siempre la mía. Pase lo que pase siempre estaremos juntos.Mi pequeño clítoris, prometo no volver a ponerte en manos de quien no te sepa cuidar, no volveremos a permitir que nadie te menosprecie, tú vales mucho y mereces protagonismo.
Tu eterna amante,
Yo!
te quiero.....??¿
…La gente siempre deja el “te quiero” a medias y la mayoría de las veces da lugar a equívocos, en cambio, si realmente se expresara lo que se quiere, todo sería más fácil. Por ejemplo:
- Te quiero dar, no hay lugar a dudas o cul.... o no cul...., así de simple.
- Te quiero querer, este es bastante más complejo, pero al menos deja claro que en el fondo hay buenas intenciones.
- Te quiero conocer, pues bueno, es una forma de empezar.
- Te quiero seducir, no hay mucho que contar de este, es para disfrutar un tiempecito breve.
- Te quiero gustar, este suele ser el anuncio de un fracaso, pero no confunde, que es de agradecer.
- Te quiero mucho, este es como fraternal, a mí los adverbios aumentativos me parece que le restan fuerza al “te quiero” de toda la vida.
- Te quiero usar, este sería uno de los más utilizados si se completaran los tequiero´s, pero claro, habría muchos que de ser conscientes se negarían a ser usados.
Se podría hablar de cientos de situaciones en las que el “te quiero…” está incompleto y suele ser porque la mayoría de la gente no es verdaderamente consciente de lo que estas dos palabritas significan si se juntan. No saben que al decir “te quiero” están reconociendo abiertamente que lo único que desean es pasar el resto de sus vidas con una única persona en todo el mundo, que están dispuestos a darlo todo aun sin tenerlo, que la vida tiene sentido aunque no lo tenga, que no podrían vivir si perdieran al ser querido, que jamás van permitir que un ápice de tristeza inunde la unión del amor y que por su puesto no soportarían la sola idea de hacer daño a quien aman.
Por eso no me gusta que me lo digan (incompleto), porque no me gustan las mentiras.
el síndrome de la fea
Varios son los síntomas de las mujeres que padecen este síndrome, victimas todas ellas de una sociedad que las juzga y las llama putas. Aunque a priori pueda parecer que no exista relación alguna entre estos términos.
La mujer que padece el Síndrome de la Fea, es casi siempre fea, desagradable, de facciones casi insultantes a la vista humana, de cuerpo mal formado y desgarbado, incluso su voz puede ser, en ocasiones, un acompañamiento perfecto a todo lo anterior. Esto que aparentemente pudiera afectar únicamente a su aspecto físico condiciona, inevitablemente, su forma de relacionarse con el entorno, mostrándose en ocasiones como frívolas e insensibles para no dejar ver el terrible sufrimiento con el que viven a diario.
Para analizar con detalle el comportamiento de estas mujeres me haré valer de un ejemplo: Mierda.
Mierda tiene veintinueve años. Es poco agraciada físicamente manteniendo una prefecta armonía de malformación en todo su cuerpo. La expresión de su cara es de constante asco y su cutis es el fiel reflejo de la mala vida y las drogas.
Mierda no tiene vida privada, vive por y para el trabajo, donde ha encontrado su refugio, lejos de las niñas que la insultaban en el colegio. Viste como si fuera una estrella del pop y se comporta como si fuera divina. Odia a todas las mujeres de su entorno, especialmente si éstas destacan por su belleza. Busca, incesantemente, llamar la atención del macho comportándose para ello como la zorra que en realidad no es. Esto último la llena de confusión y la obliga a inventarse cosas como que todos los hombres que la conocen se enamoran perdidamente de ella, cuando en realidad la usan, normalmente, como objeto sexual, lo que la ha llevado a no conocer el placer del sexo por lo tanto esta nueva carencia se suma a las anteriores, creándose una espiral de autodestrucción que ella palia tratando de destruir todo aquello que considera una amenaza, ya que, como toda fea ha desarrollado el arte de la manipulación mezclando el victimismo con el irrefrenable odio que siente por la sociedad que tanto la castiga.
Este es sólo un ejemplo, para identificar a las victimas del Síndrome de la Fea. Obviamente pueden existir variaciones de comportamiento, pero a grandes rasgos Mierda sería el perfil de esta patología.
Es importante no confundir a una zorra con una mujer que sufra el Síndrome de la fea, ya que como se puede ver en el ejemplo no es sexo desenfrenado lo que buscan sino la sensación de sentirse deseadas. Es la forma en que su instinto de supervivencia trata de nivelar las miles de veces que se han visto despreciadas y repudiadas.
La mujer que padece el Síndrome de la Fea, es casi siempre fea, desagradable, de facciones casi insultantes a la vista humana, de cuerpo mal formado y desgarbado, incluso su voz puede ser, en ocasiones, un acompañamiento perfecto a todo lo anterior. Esto que aparentemente pudiera afectar únicamente a su aspecto físico condiciona, inevitablemente, su forma de relacionarse con el entorno, mostrándose en ocasiones como frívolas e insensibles para no dejar ver el terrible sufrimiento con el que viven a diario.
Para analizar con detalle el comportamiento de estas mujeres me haré valer de un ejemplo: Mierda.
Mierda tiene veintinueve años. Es poco agraciada físicamente manteniendo una prefecta armonía de malformación en todo su cuerpo. La expresión de su cara es de constante asco y su cutis es el fiel reflejo de la mala vida y las drogas.
Mierda no tiene vida privada, vive por y para el trabajo, donde ha encontrado su refugio, lejos de las niñas que la insultaban en el colegio. Viste como si fuera una estrella del pop y se comporta como si fuera divina. Odia a todas las mujeres de su entorno, especialmente si éstas destacan por su belleza. Busca, incesantemente, llamar la atención del macho comportándose para ello como la zorra que en realidad no es. Esto último la llena de confusión y la obliga a inventarse cosas como que todos los hombres que la conocen se enamoran perdidamente de ella, cuando en realidad la usan, normalmente, como objeto sexual, lo que la ha llevado a no conocer el placer del sexo por lo tanto esta nueva carencia se suma a las anteriores, creándose una espiral de autodestrucción que ella palia tratando de destruir todo aquello que considera una amenaza, ya que, como toda fea ha desarrollado el arte de la manipulación mezclando el victimismo con el irrefrenable odio que siente por la sociedad que tanto la castiga.
Este es sólo un ejemplo, para identificar a las victimas del Síndrome de la Fea. Obviamente pueden existir variaciones de comportamiento, pero a grandes rasgos Mierda sería el perfil de esta patología.
Es importante no confundir a una zorra con una mujer que sufra el Síndrome de la fea, ya que como se puede ver en el ejemplo no es sexo desenfrenado lo que buscan sino la sensación de sentirse deseadas. Es la forma en que su instinto de supervivencia trata de nivelar las miles de veces que se han visto despreciadas y repudiadas.
seamos serios: sonriamos
Sonríe si a tu pareja se le olvida el aniversario, porque solo los actores deben recordar su papel. Sonríe si el despertador suena a las siete menos cinco de la mañana, porque aún puedes dormir “cinco minutos” más. Sonríe si te despiden del trabajo, porque es una oportunidad para alejarte de la rutina. Sonríe al tropezar por la calle, porque habrás avanzado más trozo que caminando. Sonríe si se te rompe un vaso al fregarlo, porque podrás comprar uno nuevo. Sonríe si un familiar enferma, porque tu sonrisa ayudará a su ánimo. Sonríe si te roban el monedero, porque lo puedes reemplazar.
Sonríe, sonríe siempre porque el sufrimiento, los problemas, el dolor es algo innato al ser humano pero la sonrisa como actitud es la solución a la tragedia.tonta cortesía!
Me permites que te ame durante el resto de mi vida?- Dijo el loco inconsciente y enamorado.
Por aquel entonces yo estaba muy lejos de “permitir” que nadie me amara. Mis prioridades se centraban principalmente en vivir y disfrutar de mi recién estrenada libertad, tras una tortuosa relación de veintitrés años con mis padres. Necesitaba sentir como un desconocido me gritaba lo buena que era en la cama o despertarme a las seis de la tarde con una resaca de mil demonios. Todas las sensaciones se me quedaban cortas. El tiempo se me escurría entre las manos y a veces, en los pocos momentos de consciencia, me horrorizaba sentir que mi vida se había convertido en algo rutinario. Incluso los excesos pueden convertirse en una monotonía insoportable.
La vida pasaba e iba dejando huellas en mi piel y en mi resquebrajado espíritu. Nunca olvidaré aquella noche que, con más copas que deseo, decidí desaparecer con un tipo que me había invitado a las tres últimas y terminé suplicando que me dejara, cuando sacó de su bolsillo derecho de la chaqueta de cuero una navaja con la que pretendía cortar uno de mis pezones para comérselo después. La realidad puede superar a la ficción, no hay duda de esto, como tampoco la hay de que la vida da giros inesperados.
No recuerdo exactamente que hora era, en cambio estoy completamente segura que era un jueves dieciocho de julio. Hacía un calor horrible y me preparé un café con hielo para refrescarme mientras leía a Bukowski, cuando el estridente sonido del teléfono cambió mis planes. Era Arturo, aquel loco e inconsciente enamorado que años antes me pedía permiso para amarme durante el resto de su vida. Reconozco que al principio me costó adivinar de quién era aquella voz masculina, pero volvió a pedirme permiso y eso le delató. Esta vez se trataba de algo muy diferente. Quería pasar una noche conmigo. La verdad es que no me sorprendió, me lo habían dicho muchas veces, la única diferencia es que él era más educado a la hora de formular su petición.
Nos vimos esa misma tarde.
Entre risas nerviosas y silencios infinitos me contó como le había ido la vida. No había tenido más suerte que yo. Él también había malgastado su tiempo. Había fracasado en su intento de ser casi feliz. Dos divorcios, tres hijos a los que no veía y un gato voyeur, resumía su situación actual.
Cuando terminó de contarme su historia y tras una pausa para encenderse un cigarrillo y tomar el último sorbo de su café, me dijo que necesitaba olvidarme y se le había ocurrido que teniéndome físicamente dejaría de idealizarme y eso le daría una oportunidad para ser casi feliz, ya que la experiencia le había enseñado que los sueños dejan de serlo cuando se materializan.
Pasamos aquella noche juntos y hubo de todo menos sexo. Pero lo recuperamos en los siguientes diecisiete años. Ayer fue su funeral y no me dio tiempo a pedirle permiso para amarle el resto de mi vida.
Por aquel entonces yo estaba muy lejos de “permitir” que nadie me amara. Mis prioridades se centraban principalmente en vivir y disfrutar de mi recién estrenada libertad, tras una tortuosa relación de veintitrés años con mis padres. Necesitaba sentir como un desconocido me gritaba lo buena que era en la cama o despertarme a las seis de la tarde con una resaca de mil demonios. Todas las sensaciones se me quedaban cortas. El tiempo se me escurría entre las manos y a veces, en los pocos momentos de consciencia, me horrorizaba sentir que mi vida se había convertido en algo rutinario. Incluso los excesos pueden convertirse en una monotonía insoportable.
La vida pasaba e iba dejando huellas en mi piel y en mi resquebrajado espíritu. Nunca olvidaré aquella noche que, con más copas que deseo, decidí desaparecer con un tipo que me había invitado a las tres últimas y terminé suplicando que me dejara, cuando sacó de su bolsillo derecho de la chaqueta de cuero una navaja con la que pretendía cortar uno de mis pezones para comérselo después. La realidad puede superar a la ficción, no hay duda de esto, como tampoco la hay de que la vida da giros inesperados.
No recuerdo exactamente que hora era, en cambio estoy completamente segura que era un jueves dieciocho de julio. Hacía un calor horrible y me preparé un café con hielo para refrescarme mientras leía a Bukowski, cuando el estridente sonido del teléfono cambió mis planes. Era Arturo, aquel loco e inconsciente enamorado que años antes me pedía permiso para amarme durante el resto de su vida. Reconozco que al principio me costó adivinar de quién era aquella voz masculina, pero volvió a pedirme permiso y eso le delató. Esta vez se trataba de algo muy diferente. Quería pasar una noche conmigo. La verdad es que no me sorprendió, me lo habían dicho muchas veces, la única diferencia es que él era más educado a la hora de formular su petición.
Nos vimos esa misma tarde.
Entre risas nerviosas y silencios infinitos me contó como le había ido la vida. No había tenido más suerte que yo. Él también había malgastado su tiempo. Había fracasado en su intento de ser casi feliz. Dos divorcios, tres hijos a los que no veía y un gato voyeur, resumía su situación actual.
Cuando terminó de contarme su historia y tras una pausa para encenderse un cigarrillo y tomar el último sorbo de su café, me dijo que necesitaba olvidarme y se le había ocurrido que teniéndome físicamente dejaría de idealizarme y eso le daría una oportunidad para ser casi feliz, ya que la experiencia le había enseñado que los sueños dejan de serlo cuando se materializan.
Pasamos aquella noche juntos y hubo de todo menos sexo. Pero lo recuperamos en los siguientes diecisiete años. Ayer fue su funeral y no me dio tiempo a pedirle permiso para amarle el resto de mi vida.
hombre, renombre y fantasía
Qué guapa está. No fue lo único que su exacerbado rencor hacia ella le permitió sentir cuando pasó junto a él, momentos antes de su declaración ante el juez, sino que también tuvo una desmesurada erección.
-Me ratifico en mi declaración ante el fiscal.
No era más de la una de la madrugada cuando me despedí de mis amigos. Aquella noche celebrábamos el cumpleaños de uno de ellos, pero como no era fin de semana y todos trabajábamos al día siguiente, nos fuimos pronto a casa. Yo decidí irme sola, pero Augusto se ofreció a acompañarme. Augusto y yo nos conocíamos desde el instituto, teníamos buena relación aunque nunca habíamos estado a solas. Reconozco que al principio me sentí un poco violenta, pero como habíamos tomado alguna copa se me pasó después de las primeras bromas en torno a nuestro grado etílico. Yo no estoy acostumbrada a beber y se me sube rápidamente a la cabeza, pero aquella noche estaba en mis cabales.
Al llegar a casa Augusto empezó a bromear sobre la posibilidad de “echar un polvo”, yo me puse nerviosa pero me excitó la idea y le invité a subir.
Media hora después estábamos medio desnudos en el sofá de mi casa.
Todo transcurría con naturalidad hasta que él recibió una llamada al móvil. Se trataba de una chica con la que llevaba semanas viéndose pero que aún no había presentado al grupo, según me comentó momentos después. Me resultó raro pero no le di mayor importancia y me quité la falda. Es en este momento cuando él dice que se marcha, que le gusto mucho pero que es mejor parar. Yo intento convencerle para que se quede, pero no entra en razón y no me dejó más opción que… Que… Fui a mi escritorio y tomé las tijeras, primero le dije que me mataría si se iba. Después al ver que no me tomaba en serio decidí amenazarle a él. Me acerqué y le puse la punta de las tijeras en el cuello mientras acariciaba su miembro con la mano que me quedaba libre. Estaba durísimo. No había duda de que aquello le gustaba tanto como a mí. Él seguía resistiéndose, pero logré llevarle hasta el dormitorio. Allí sin soltar las tijeras ni un solo momento, estuvimos follando durante unas tres horas. Al terminar ninguno de los dos dijimos nada.
No volví a tener noticias suyas hasta la semana pasada en la que se me citaba a declarar acusada de violación. Y yo le repito, Su Señoría, que él tenía el miembro duro e incluso eyaculó en dos ocasiones.-
Augusto era un tipo de apariencia serena. No se le conocían estridencias de ningún tipo. Era un arquitecto de renombre, gracias a sus antepasados. Un buen hombre, que nunca había conseguido tener una relación estable. Sus fantasías sexuales hacían imposible que ninguna mujer aguantara a su lado más de un par de meses, hasta la noche de los hechos. En la que por primera vez disfrutó del sexo en su plenitud.
Augusto jamás perdonó a la responsable de ésto que le “desenmascarara” ante el juez. Aún así hoy la sigue visitando cada diecinueve de mes para disfrutar del “bis a bis” en el que jamás faltan unas tijeras, de plástico.
-Me ratifico en mi declaración ante el fiscal.
No era más de la una de la madrugada cuando me despedí de mis amigos. Aquella noche celebrábamos el cumpleaños de uno de ellos, pero como no era fin de semana y todos trabajábamos al día siguiente, nos fuimos pronto a casa. Yo decidí irme sola, pero Augusto se ofreció a acompañarme. Augusto y yo nos conocíamos desde el instituto, teníamos buena relación aunque nunca habíamos estado a solas. Reconozco que al principio me sentí un poco violenta, pero como habíamos tomado alguna copa se me pasó después de las primeras bromas en torno a nuestro grado etílico. Yo no estoy acostumbrada a beber y se me sube rápidamente a la cabeza, pero aquella noche estaba en mis cabales.
Al llegar a casa Augusto empezó a bromear sobre la posibilidad de “echar un polvo”, yo me puse nerviosa pero me excitó la idea y le invité a subir.
Media hora después estábamos medio desnudos en el sofá de mi casa.
Todo transcurría con naturalidad hasta que él recibió una llamada al móvil. Se trataba de una chica con la que llevaba semanas viéndose pero que aún no había presentado al grupo, según me comentó momentos después. Me resultó raro pero no le di mayor importancia y me quité la falda. Es en este momento cuando él dice que se marcha, que le gusto mucho pero que es mejor parar. Yo intento convencerle para que se quede, pero no entra en razón y no me dejó más opción que… Que… Fui a mi escritorio y tomé las tijeras, primero le dije que me mataría si se iba. Después al ver que no me tomaba en serio decidí amenazarle a él. Me acerqué y le puse la punta de las tijeras en el cuello mientras acariciaba su miembro con la mano que me quedaba libre. Estaba durísimo. No había duda de que aquello le gustaba tanto como a mí. Él seguía resistiéndose, pero logré llevarle hasta el dormitorio. Allí sin soltar las tijeras ni un solo momento, estuvimos follando durante unas tres horas. Al terminar ninguno de los dos dijimos nada.
No volví a tener noticias suyas hasta la semana pasada en la que se me citaba a declarar acusada de violación. Y yo le repito, Su Señoría, que él tenía el miembro duro e incluso eyaculó en dos ocasiones.-
Augusto era un tipo de apariencia serena. No se le conocían estridencias de ningún tipo. Era un arquitecto de renombre, gracias a sus antepasados. Un buen hombre, que nunca había conseguido tener una relación estable. Sus fantasías sexuales hacían imposible que ninguna mujer aguantara a su lado más de un par de meses, hasta la noche de los hechos. En la que por primera vez disfrutó del sexo en su plenitud.
Augusto jamás perdonó a la responsable de ésto que le “desenmascarara” ante el juez. Aún así hoy la sigue visitando cada diecinueve de mes para disfrutar del “bis a bis” en el que jamás faltan unas tijeras, de plástico.
Llámame puta
Llámame puta porque no he cambiado las sábanas desde la última vez que tu sudor pasó por aquí y me recreo en tus huellas que no me dejan dormir. Llámame puta porque disfrazo mis manos de ti, porque te busco dentro de mí y porque ya no quiero sin ti. Llámame puta si busco lo único que tienes de “tipo duro” para jugar. Si necesito tu saliva para empezar, si enloquezco cuando pecas de la primera delicia capital. Llámame puta si no puedo controlar el grito y la convulsión que provocas al amar, si balbuceo sin apenas respirar. Llámame puta si con cada una de tus envestidas se me escapa un: -no pares jamás-. Llámame puta si te toco y siento que ya estoy en mi hogar. Llámame. Llámame puta si no dejo tu vicio reposar, si te bebo sin preguntar. Llámame puta!
Te Detesto!!!!
Hace tiempo que te lo quería decir, pero por circunstancias que seguramente no vienen al caso he estado un poco desconectada, pero que sepas y tengas en cuenta que te detesto.
Te desteto por tu estúpida forma de relacionarte con los demás, por el rol que ocupas en tu miserable círculo de seres parecidos a ti. Por como vives cada día consumiendo cualquier cosa que dan por el electrodoméstico más importante de tu horripilante casa: la televisión. Detesto que te atrevas a recomendarme algún libro, porque es uno más que debo eliminar de mi lista de “pendientes”. Lo mismo sucede con el cine. La música. Te detesto. Te desteto tanto, que compartir mesa contigo elimina mi voraz apetito. Desteto tu vulgar forma de expresarte, tus ademanes, el muro de tu mirada. Tu forma de interpretar las telas que te visten. Desteto tu desidia, tu rutina, tu falta de coraje ante lo mal que te trata la vida. Desteto la inercia que domina tu cotidianidad, que confundas la tranquilidad con el aburrimiento. Te detesto por tu bandera: la ignorancia, aunque aún así opines de todo. Pero lo que más desteto es que pienses que cuando me río, lo hago contigo.
Te desteto por tu estúpida forma de relacionarte con los demás, por el rol que ocupas en tu miserable círculo de seres parecidos a ti. Por como vives cada día consumiendo cualquier cosa que dan por el electrodoméstico más importante de tu horripilante casa: la televisión. Detesto que te atrevas a recomendarme algún libro, porque es uno más que debo eliminar de mi lista de “pendientes”. Lo mismo sucede con el cine. La música. Te detesto. Te desteto tanto, que compartir mesa contigo elimina mi voraz apetito. Desteto tu vulgar forma de expresarte, tus ademanes, el muro de tu mirada. Tu forma de interpretar las telas que te visten. Desteto tu desidia, tu rutina, tu falta de coraje ante lo mal que te trata la vida. Desteto la inercia que domina tu cotidianidad, que confundas la tranquilidad con el aburrimiento. Te detesto por tu bandera: la ignorancia, aunque aún así opines de todo. Pero lo que más desteto es que pienses que cuando me río, lo hago contigo.
Ella
Ella me está rondando. No se atreve a acercarse, pero no se marcha. Me vigila, me persigue, está atenta a cada uno de mis pasos. Pero no me mira a los ojos. No sé exactamente qué quiere de mí. No sé si es a mí a quien desea o sólo pretende recordarme que existe. Pero sigilosa aparece a cada instante, en que yo intento olvidarla.
No me atrevo a hablar de ella, no me atrevo a desafiarla, pero no me da miedo que me ronde. Sé que no se irá. Sin necesidad de hablar con ella, sé que me ofrece la paz eterna.
Se ha instalado en mi vida. Manteniendo una cierta distancia trata de seducirme. Es oscura y hermosa, pero no la deseo. Hay quien le teme, quién intenta evitarla, pero tarde o temprano todos se rinden a su belleza. Yo no sé por cuanto tiempo me resistiré a sus encantos, ni tampoco qué pasaría si me abandonara a sus deseos, pero poco se puede hacer, cuando te está rondando la Muerte.
No me atrevo a hablar de ella, no me atrevo a desafiarla, pero no me da miedo que me ronde. Sé que no se irá. Sin necesidad de hablar con ella, sé que me ofrece la paz eterna.
Se ha instalado en mi vida. Manteniendo una cierta distancia trata de seducirme. Es oscura y hermosa, pero no la deseo. Hay quien le teme, quién intenta evitarla, pero tarde o temprano todos se rinden a su belleza. Yo no sé por cuanto tiempo me resistiré a sus encantos, ni tampoco qué pasaría si me abandonara a sus deseos, pero poco se puede hacer, cuando te está rondando la Muerte.
Si le pongo nombre a esto me golpean xD
Él se alimentaba de lo que ellas le iban dejando al pasar por su vida. Por eso una relación larga significaba un estancamiento del que se veia incapaz de salir. Pero él no lo sabía.
Pocas cosas había descubierto por sí mismo, todo era fruto de lo que ellas le contaban, enseñaban o compartían con él. Por eso cuando ya había absorbido todo de una necesitaba volar a los brazos de otra a quien deslumbrar con lo aprendido y de quien aprender nuevos conocimientos para fascinar a la siguiente. Esta era su vida, una constante búsqueda de superación en los brazos de aquellas musas con pechos de sabiduría.
De María aprendió el gusto por la música, de Susana el interés por el arte, de mano de Dominga conoció el cine de autor, de Pilar el buen comer, de Marta todo sobre los medios de comunicación, de Antonia aprendió filosofía, de Laura fotografía, de Francisca el placer de sexo lento, de Ignacia el gusto por la moda y de "ella" el amor. Así una tras otra le iban enriqueciendo hasta que llegó el momento en el que se convirtió en un suculento y apetitoso plato listo para degustar, ya que tenía un poco de todo y un mucho de nada.
Todas disfrutaron de la compañía y el saber hacer de aquel puzzle humano, nunca por demasiado tiempo. Pero el tiempo pasaba y él, sin apenas darse cuenta, empezaba a necesitar mucho más que una paleta de colores de la que sólo podía tomar un par de pinceladas, y se sorprendió así mismo llorando en soledad porque él que tantas cosas aprendió nunca supo estar solo.
Así pasaron el resto de sus días, en soledad y pensando si de aquellas mujeres alguna le habría querido de verdad y si la que le enseñó el amor aún seguiría pensando en él.
Pocas cosas había descubierto por sí mismo, todo era fruto de lo que ellas le contaban, enseñaban o compartían con él. Por eso cuando ya había absorbido todo de una necesitaba volar a los brazos de otra a quien deslumbrar con lo aprendido y de quien aprender nuevos conocimientos para fascinar a la siguiente. Esta era su vida, una constante búsqueda de superación en los brazos de aquellas musas con pechos de sabiduría.
De María aprendió el gusto por la música, de Susana el interés por el arte, de mano de Dominga conoció el cine de autor, de Pilar el buen comer, de Marta todo sobre los medios de comunicación, de Antonia aprendió filosofía, de Laura fotografía, de Francisca el placer de sexo lento, de Ignacia el gusto por la moda y de "ella" el amor. Así una tras otra le iban enriqueciendo hasta que llegó el momento en el que se convirtió en un suculento y apetitoso plato listo para degustar, ya que tenía un poco de todo y un mucho de nada.
Todas disfrutaron de la compañía y el saber hacer de aquel puzzle humano, nunca por demasiado tiempo. Pero el tiempo pasaba y él, sin apenas darse cuenta, empezaba a necesitar mucho más que una paleta de colores de la que sólo podía tomar un par de pinceladas, y se sorprendió así mismo llorando en soledad porque él que tantas cosas aprendió nunca supo estar solo.
Así pasaron el resto de sus días, en soledad y pensando si de aquellas mujeres alguna le habría querido de verdad y si la que le enseñó el amor aún seguiría pensando en él.
cosas que no se olvidan
Aún recuerdo la sensación de su lengua entrando en mi boca, apoyada contra la librería de su salón, mientras que por la entreabierta puerta del comedor podía ver como su mujer preparaba la cena. Tampoco puedo olvidar el momento en que su mano subía mi falda y manoseaba mis nalgas mientras susurraba: -Yo sé qué te gusta-. Ni he olvidado su habilidad para quedarse a solas conmigo.
Hay sensaciones imborrables en la vida. En la vida, entera. Como el asco que me daba cada vez que se me acercaba. Las nauseas que me venían al verle aparecer. Lo sucia que me sentía. El pánico cuando sonaba el timbre de la puerta y estaba sola en casa. El miedo al salir y encontrármelo en la escalera. La inexplicable culpabilidad. La angustia de no poder contarlo, ya que nadie hubiera creído que aquel señor, tan respetable, estaba abusando de una niña de diez años.ara quedarse a solas conmigo.
Hay sensaciones imborrables en la vida. En la vida, entera. Como el asco que me daba cada vez que se me acercaba. Las nauseas que me venían al verle aparecer. Lo sucia que me sentía. El pánico cuando sonaba el timbre de la puerta y estaba sola en casa. El miedo al salir y encontrármele en la escalera. La inexplicable culpabilidad. La angustia de no poder contarlo, ya que nadie hubiera creído que aquel señor, tan respetable, estaba abusando de una niña de diez años.
Hay sensaciones imborrables en la vida. En la vida, entera. Como el asco que me daba cada vez que se me acercaba. Las nauseas que me venían al verle aparecer. Lo sucia que me sentía. El pánico cuando sonaba el timbre de la puerta y estaba sola en casa. El miedo al salir y encontrármelo en la escalera. La inexplicable culpabilidad. La angustia de no poder contarlo, ya que nadie hubiera creído que aquel señor, tan respetable, estaba abusando de una niña de diez años.ara quedarse a solas conmigo.
Hay sensaciones imborrables en la vida. En la vida, entera. Como el asco que me daba cada vez que se me acercaba. Las nauseas que me venían al verle aparecer. Lo sucia que me sentía. El pánico cuando sonaba el timbre de la puerta y estaba sola en casa. El miedo al salir y encontrármele en la escalera. La inexplicable culpabilidad. La angustia de no poder contarlo, ya que nadie hubiera creído que aquel señor, tan respetable, estaba abusando de una niña de diez años.
sábado, 19 de febrero de 2011
asi se dice Adiós
Sé que es más fácil y más deseable dejarse llevar por el olvido, tapar estos años con mentiras, con las acusaciones acumuladas y todos los reproches que hayas tenido a bien acumular. Y que admitir que nos quisimos, el tiempo que duró la historia, será dejar la herida abierta y permitir esa ventana a la decepción de saber que tuvimos algo que no volverá, que se perdió y que hay que seguir adelante.
Pero quiero que me mires y que no se engañen nuestros ojos. Y que llores si has de llorar, la pérdida lo merece.
Pero quiero que me mires y que no se engañen nuestros ojos. Y que llores si has de llorar, la pérdida lo merece.
jueves, 17 de febrero de 2011
messenger y las hot webcams
Llevo dias queriendo contar un relato erótico que tiene como nexo de unión la red de internet y es cierto en la mayoria de los detalles. Es posible que haya muchas compañeras que hayan conocido experiencias similares ....... Bueno, os presento a Pamela , una amiga de toda la vida que hoy, como todos los días al salir del trabajo y ducharse, se sentaba frente a su ordenador y se conectaba a la web de Lycos donde habia tenido muchos contactos virtuales, pero ninguno mantenía una constancia en la amistad virtual que Pam les ofrecia ...... además, hoy había tenido mal día en el trabajo, estaba tan cansada que se le cerraban los ojos, pero quería despejarse un poco, antes de ponerse a preparar su cena.
Pamela se conecta al Chat, y esa noche no seria como las demás, seria algo distinta...
Esa noche conoció a un chico chateando y hablaron largamente de sus vidas, su conversación era fluida y abierta, dialogaron sobre cosas que a ambos le gustaban, así pasaron varias horas sin que se diesen cuenta del tiempo que pasaba, al final él le dio su teléfono por si ella queria llamarlo.Normalmente Pamela no tenia costumbre de llamar a nadie que hubiese conocido a través de Internet, pero ese chico.... esa noche fue algo tan distinto que le hizo sentirse bien, y le dio confianza.
Sin mas lo llamo y al oír su voz, Pam sintió algo en su interior, pudo notar que escuchaba algo real ...... que aquello no era virtual como lo que salia de sus dedos hacia el teclado ..... le temblaba las piernas y su vientre se estremecía, era una sensación que le hacia sentirse insegura, pero que a la vez le atraía y le acercaba mas y mas a él.Hablaron bastante tiempo, luego se conectaron a través de Messenger con la web cam encendidas. Se vieron por primera vez a la vez que seguian hablando ....... el morbo era de unas dimensiones gigantescas. Pam estaba con el albornoz de la ducha y él al darse cuenta del estado en que Pam se encontraba, le pidió que le ragalara la vision mágica de sus pechos.
Pamela se quedo desnuda al quitarse el albornoz delante de su web cam ..... no se arrepentía, al contrario su respiración estaba cada vez más agitada, y mas aun cuando él se desnudó y mostró el grado de extasis en el que se encontraba, totalmente erecto ...... El corazón de Pam palpitaba fuerte y rapidamente ..... era algo increible alcanzar un grado de pasión, de sublime pasión y morbo en aquellas circunstancias.El notó en ese momento la excitación que ella sentía, por lo que la conversación se fue convirtiendo cada vez en fuego mas y mas ardiente. Pamela se dejaba llevar por ese sentimiento, por esa pasión que fluía entre los dos, estaban unidos por algo mágico, invisible, con sus cuerpos desnudos mostrando la dulce excitación que les invadia y los acercaba al paraiso de los placeres.
A Pam su deseo se acrecentaba por segundos, el con voz tenue y melosa ,pero a la vez dominante y precisa, le iba dictado a ella como debía tocarse y acariciarse.... a la vez que él se tocaba para Pam su erecto y ardiente sexo.Le fue marcando un camino desconocido para Pamela y sus manos fueron deslizándose desde sus pechos, su vientre .... por sus rodillas ..... lentamente .... hasta situarlas entre sus muslos apretándolas y acariciándose fuertemente.
El deseo de Pamela crecía cada vez mas, para ella era una experiencia nueva, todo le gustaba, nunca se había acariciado así, aquello le transportaba al cielo .... temblaba, gritaba en silencio, pero una sensación maravillosa envolvia su cuerpo desnudo.
Se recorría los costados con los nudillos de los dedos, su piel se erizaba, estaba temblando, en ese momento ella deseaba que el estuviera cerca, el notaba su excitación y le frenaba, alargando aun mas el placer de Pamela.Pamela notaba que estaba mojada ...... su flujo resbalaba por sus ingles, sus dedos entraban sin esfuerzo alguno, iba poco a poco ... un dedo.... dos... y después de agitarlos al ritmo que el le marcaba Pamela por fin tocó el cielo del placer con la punta de sus dedos ..... al mismo tiempo que veia el blanco exilir manar del sexo de su .... su .... no sabia como llamarlo.
Pam pensó al terminar algo agitada, sofocada... si podría pasar un día sin oír de nuevo su voz, sin sentirlo, sin tocarlo, y sin poder sentir sus manos y las suyas cómplices de sus cuerpos.
Ella rompió a llorar de emoción y de alegría al mismo tiempo, con solo pensar en lo que había sentido, en lo que había disfrutado, y con el solo deseo de poder estar algún día con el para poder darle todo su amor, su cuerpo ..... compartir con él las mas bellas pasiones que los llevaran a un gran placer, el placer del amor lleno de bellos sentimientos.Pam pensó al terminar algo agitada, sofocada... si podría pasar un día sin oír de nuevo su voz, sin sentirlo, sin tocarlo, y sin poder sentir sus manos y las suyas cómplices de sus cuerpos.
Cuando Pamela se despertó estaba enredada entre sus sabanas...
Sin embargo era feliz ..... algun dia, en algun lugar del mundo .... estará esperando la persona que la haga tan feliz a través de este medio que nos ha regalado el Destino. Espera que el destino le juegue esa buena pasada, se la merece.
miércoles, 16 de febrero de 2011
hay amigas, y "AMIGAS"
Recuerdo aquel primer encuentro como si fuera hoy, y ya hace de él varios años, no puedo olvidar aquellos días de nuevas experiencias, de confidencias, caricias, besos, deseo...
Sandra y yo éramos grandes amigas, nos lo contábamos todo y lo hacíamos todo juntas, aquel verano todo entre nosotras cambiaría, compartiríamos más de lo que en un principio quisimos compartir, pero nos dimos, en cuerpo y alma.
Era una época mala, dos adolescentes locas y enamoradas, ella lo estaba por un amor imposible y yo de un amor que con el tiempo se convirtió en platónico y en una gran amistad, la diferencia entre Sandra y yo era latente, era ella una chica explosiva, pelo largo negro, rizado, unos ojos marrones almendrados y rasgados como no he vuelto a ver, unos labios carnosos, rosados y con un brillo natural, un cuerpo precioso, para el resto de la humanidad menos para ella, alta, de altura envidiable para muchas 1´76, 52 kilos de peso y unas curvas de vértigo, y yo... pues era una chica más, con el tiempo he cambiado, pero por aquel entonces lo único que llamaba la atención de mí, eran esos ojos vivarachos y mi cara seria ante toda circunstancia, Sandra era puro sentimiento y yo..., pues yo.
Sandra estaba pasándolo mal, porque yo siempre he sido la amiga de todos los chicos, he sido una más en el grupo de machitos, y bueno, pues, mi mejor amigo era el amor de ella, él me contaba que no quería nada, yo no podía más que decirle a mi amiga que esperara que el tiempo hacía ver las cosas, si el tiempo hizo ver, que mi mejor amigo me amaba a mí, pero para aquel entonces todo había cambiado entre ella-yo, ella-él..., en vacaciones, nos fuimos a la playa, a su casa, las noches eran largas y nuestras conversaciones infinitas, una noche Sandra estaba demasiado mal, estaba bulimica por aquello, tenía grandes problemas y solo estaba yo para ayudarla en lo que podía, pues aquella noche me pidió que me fuera a la cama con ella, que la abrazara, porque tenía frío mucho frío, yo estaba muy preocupada, y no hice más que darle abrigo, me metí en la cama, y ella empezó a decirme que no quería vivir, que Miguel no la quería y que ella lo amaba, yo empecé a reconfortarla, a darle mi punto de vista ante la situación, siempre he creído que por un amor roto no se acaba el mundo..., no se que pensó, no se que pasaría por su cabeza, pero comenzó a tocarme el cuello, a acercar su boca a mis labios, para solo dejar notar el calor de su aliento cerca de mí, yo no sabia que hacer, solo la dejaba exponer sus deseos, pensando que en el momento indicado ella notaría lo que hacía y terminaría por ceder en el intento de besarme, yo me di la vuelta, le di la espalda y me pidió que no lo hiciera que la abrazara, lo hice, la sentí cada vez mas cerca de mí y su respiración cada vez más agitada, éramos inexpertas en todo, éramos unas niñas, ella me pidió que la besara, que aprendiéramos a besar juntas, aquello me dio pánico, miedo... pero sus caricias, sus amagos por acercar sus labios a lo míos, nos hizo fundirnos en un beso eterno, en el que descubríamos cada recodo de nuestra boca, donde saboreábamos los labios, nos besábamos apasionadamente y sabíamos quien éramos y que era lo que hacíamos, tras el beso llegaron otros mucho, y sentía como se estremecía al notar mi lengua con la suya, al jugar con nuestras manos, cuando nos dimos cuenta estábamos las dos desnudas en su cama, en aquella cama que había sido cómplice de tantas confidencias.
Una vez desnudas, abrazadas, y unidas por esos besos apasionados, ella comenzó a tocar mi pecho, lo tocaba con una sensibilidad enorme, con unas ganas contenidas, que la hacían vibrar de deseo, inició un descenso por mi cuello, besándolo, lamiéndolo, haciendo suyo cada átomo de mi cuerpo, se centró en mi pecho, hizo con el lo que deseaba, jugó, mordió, lamió, absorbía mis pezones como si en ello consiguiera un líquido que le saciara la sed que ella tenía, yo no sabía que hacer solo me gustaba, volvió a mi boca, y fue cuando en un arranque de deseo, metió su pierna entre las mías, su cuerpo ardía a la par que el mío, nos deseábamos, queriendo saciar un deseo no correspondido, por esas nuestras personas amadas, mi sexo rezumaba el más divino fruto del deseo, ella frotaba mi clítoris una y otra vez con su pierna y me decía al oído, ¡te noto!, ¡te deseo como nada en el mundo, quiero saborearte, quiero saber lo que hay dentro de tí!, tras esa palabras bajó su mano lentamente, deleitándose, de aquel mi cuerpo, que para nadie era interesante, pero que a ella, le parecía tan lindo, bajó hasta llegar a mi pubis, que ella, en días anteriores había depilado con mucho esmero, me tocó, y mojó sus dedos de mí, se los llevó a la boca, y nos unimos en un beso, su boca, la mía y sus dedos untados de mi, era una locura, pero una locura que nos hacia retozar de placer, volvió a bajar, y tocó mi clítoris, de forma dulce, pero con ganas de saber que encontraba dentro de mí, así que sin pensarlo introdujo un dedo, la sensación era nueva y pareció darle miedo, lo sacó y entonces fue cuando yo decidí hacer lo que ella no podía, la coloque sobre la cama boca arriba, y saboreé cada rincón de aquel cuerpo por muchos deseado y por los que muchos había conseguido mediante otros métodos calmar su deseo pensando en ella, ahora era yo la que disponía y yo la que deseaba cumplir aquella hazaña, toqué su pecho, aquel pecho, no grande, pero tan bello, hice que en cada beso, en cada gesto ella se fundiera, se hacía cada vez, más íntimo, más nuestro y decía cosas que ni ella misma, a la mañana siguiente, creía reales, me pedía que la "foll..", que la hiciera mía, que consiguiera que se corriera en mi boca, yo no podía más que hacer reales sus deseos, y bajé hasta su sexo sediento dé mí, estaba ahí en la parte más intima de mi mejor amiga, deseando hacer lo que jamás había pensado, así que sin más, con una mano tocaba su barriguita, su pecho y con la otra, tocaba su clítoris, aquel clítoris, que antes de poder hacer nada, estaba duro, hinchado, tan caliente que me daba miedo, me mojé dos dedos en su propio flujo y en dos caricias ella se corrió la primera vez, era increíble como su cuerpo se estiraba y como sus piernas daban reflejo de unos calambres de placer, me dijo que no parara, que quería volver a sentir aquello, así que metí dentro de ella un dedo, y se estremeció cogió mi mano, yo pensaba que para que la sacara, pero no, ella decidía el movimiento con su mano me obligaba a penetrarla con mis dedos, metí un dedo más y parecía que se quedaba extasiada, a veces hasta me daba miedo, pero ella lo deseaba, tras meter y sacar durante un buen rato mis dedos de si vagina, me decidí a lamer su clítoris y a meter mi lengua dentro de ella, y fue ahí cuando se corrió por segunda vez, su flujo en mi boca, tan aliente, tan rico, y como su sexo se abría y se cerraba con aquellos movimientos incontrolados... ahora era ella la que quería probar, lo hizo como lo hice yo, pero se masturbaba a la vez que me lo hacía a mí, y consiguió un tercer orgasmo que para mí era increíble, no se si era tanto deseo acumulado, pero esa niña se fundió conmigo y llego a un cuarto y último orgasmo, cuando decidí meter mis dedos en su ano, tenia miedo, pero yo lo deseaba, así que lo hicimos, metí dos dedos en su vagina y uno en su ano mientras ella tocaba su clítoris, haciendo unos movimientos extenuadores de placer, fue entonces, ya casi en la mañana cuando nos fundimos en un abrazo, un abrazo de amigas que se habían hecho un favor de algo que tanto necesitaban.
Fue maravilloso, aun lo recuerdo y me hace sentir cosas inusitadas, aquella amistad se perdió, Sandra y yo tuvimos algun que otro encuentro más, nos regalamos miles de caricias, besos, y sentimiento, pero tod se perdió sin más, aquellas dos niñas jugaron a ser mayores sin pensar en lo que perdían en el camino.
Hoy ella tiene pareja, hace 4 años que está con su novio, y yo he tenido un par de parejas y ahora estoy enamorada de mi chico como jamás lo estuve antes de nadie.
Sandra y yo éramos grandes amigas, nos lo contábamos todo y lo hacíamos todo juntas, aquel verano todo entre nosotras cambiaría, compartiríamos más de lo que en un principio quisimos compartir, pero nos dimos, en cuerpo y alma.
Era una época mala, dos adolescentes locas y enamoradas, ella lo estaba por un amor imposible y yo de un amor que con el tiempo se convirtió en platónico y en una gran amistad, la diferencia entre Sandra y yo era latente, era ella una chica explosiva, pelo largo negro, rizado, unos ojos marrones almendrados y rasgados como no he vuelto a ver, unos labios carnosos, rosados y con un brillo natural, un cuerpo precioso, para el resto de la humanidad menos para ella, alta, de altura envidiable para muchas 1´76, 52 kilos de peso y unas curvas de vértigo, y yo... pues era una chica más, con el tiempo he cambiado, pero por aquel entonces lo único que llamaba la atención de mí, eran esos ojos vivarachos y mi cara seria ante toda circunstancia, Sandra era puro sentimiento y yo..., pues yo.
Sandra estaba pasándolo mal, porque yo siempre he sido la amiga de todos los chicos, he sido una más en el grupo de machitos, y bueno, pues, mi mejor amigo era el amor de ella, él me contaba que no quería nada, yo no podía más que decirle a mi amiga que esperara que el tiempo hacía ver las cosas, si el tiempo hizo ver, que mi mejor amigo me amaba a mí, pero para aquel entonces todo había cambiado entre ella-yo, ella-él..., en vacaciones, nos fuimos a la playa, a su casa, las noches eran largas y nuestras conversaciones infinitas, una noche Sandra estaba demasiado mal, estaba bulimica por aquello, tenía grandes problemas y solo estaba yo para ayudarla en lo que podía, pues aquella noche me pidió que me fuera a la cama con ella, que la abrazara, porque tenía frío mucho frío, yo estaba muy preocupada, y no hice más que darle abrigo, me metí en la cama, y ella empezó a decirme que no quería vivir, que Miguel no la quería y que ella lo amaba, yo empecé a reconfortarla, a darle mi punto de vista ante la situación, siempre he creído que por un amor roto no se acaba el mundo..., no se que pensó, no se que pasaría por su cabeza, pero comenzó a tocarme el cuello, a acercar su boca a mis labios, para solo dejar notar el calor de su aliento cerca de mí, yo no sabia que hacer, solo la dejaba exponer sus deseos, pensando que en el momento indicado ella notaría lo que hacía y terminaría por ceder en el intento de besarme, yo me di la vuelta, le di la espalda y me pidió que no lo hiciera que la abrazara, lo hice, la sentí cada vez mas cerca de mí y su respiración cada vez más agitada, éramos inexpertas en todo, éramos unas niñas, ella me pidió que la besara, que aprendiéramos a besar juntas, aquello me dio pánico, miedo... pero sus caricias, sus amagos por acercar sus labios a lo míos, nos hizo fundirnos en un beso eterno, en el que descubríamos cada recodo de nuestra boca, donde saboreábamos los labios, nos besábamos apasionadamente y sabíamos quien éramos y que era lo que hacíamos, tras el beso llegaron otros mucho, y sentía como se estremecía al notar mi lengua con la suya, al jugar con nuestras manos, cuando nos dimos cuenta estábamos las dos desnudas en su cama, en aquella cama que había sido cómplice de tantas confidencias.
Una vez desnudas, abrazadas, y unidas por esos besos apasionados, ella comenzó a tocar mi pecho, lo tocaba con una sensibilidad enorme, con unas ganas contenidas, que la hacían vibrar de deseo, inició un descenso por mi cuello, besándolo, lamiéndolo, haciendo suyo cada átomo de mi cuerpo, se centró en mi pecho, hizo con el lo que deseaba, jugó, mordió, lamió, absorbía mis pezones como si en ello consiguiera un líquido que le saciara la sed que ella tenía, yo no sabía que hacer solo me gustaba, volvió a mi boca, y fue cuando en un arranque de deseo, metió su pierna entre las mías, su cuerpo ardía a la par que el mío, nos deseábamos, queriendo saciar un deseo no correspondido, por esas nuestras personas amadas, mi sexo rezumaba el más divino fruto del deseo, ella frotaba mi clítoris una y otra vez con su pierna y me decía al oído, ¡te noto!, ¡te deseo como nada en el mundo, quiero saborearte, quiero saber lo que hay dentro de tí!, tras esa palabras bajó su mano lentamente, deleitándose, de aquel mi cuerpo, que para nadie era interesante, pero que a ella, le parecía tan lindo, bajó hasta llegar a mi pubis, que ella, en días anteriores había depilado con mucho esmero, me tocó, y mojó sus dedos de mí, se los llevó a la boca, y nos unimos en un beso, su boca, la mía y sus dedos untados de mi, era una locura, pero una locura que nos hacia retozar de placer, volvió a bajar, y tocó mi clítoris, de forma dulce, pero con ganas de saber que encontraba dentro de mí, así que sin pensarlo introdujo un dedo, la sensación era nueva y pareció darle miedo, lo sacó y entonces fue cuando yo decidí hacer lo que ella no podía, la coloque sobre la cama boca arriba, y saboreé cada rincón de aquel cuerpo por muchos deseado y por los que muchos había conseguido mediante otros métodos calmar su deseo pensando en ella, ahora era yo la que disponía y yo la que deseaba cumplir aquella hazaña, toqué su pecho, aquel pecho, no grande, pero tan bello, hice que en cada beso, en cada gesto ella se fundiera, se hacía cada vez, más íntimo, más nuestro y decía cosas que ni ella misma, a la mañana siguiente, creía reales, me pedía que la "foll..", que la hiciera mía, que consiguiera que se corriera en mi boca, yo no podía más que hacer reales sus deseos, y bajé hasta su sexo sediento dé mí, estaba ahí en la parte más intima de mi mejor amiga, deseando hacer lo que jamás había pensado, así que sin más, con una mano tocaba su barriguita, su pecho y con la otra, tocaba su clítoris, aquel clítoris, que antes de poder hacer nada, estaba duro, hinchado, tan caliente que me daba miedo, me mojé dos dedos en su propio flujo y en dos caricias ella se corrió la primera vez, era increíble como su cuerpo se estiraba y como sus piernas daban reflejo de unos calambres de placer, me dijo que no parara, que quería volver a sentir aquello, así que metí dentro de ella un dedo, y se estremeció cogió mi mano, yo pensaba que para que la sacara, pero no, ella decidía el movimiento con su mano me obligaba a penetrarla con mis dedos, metí un dedo más y parecía que se quedaba extasiada, a veces hasta me daba miedo, pero ella lo deseaba, tras meter y sacar durante un buen rato mis dedos de si vagina, me decidí a lamer su clítoris y a meter mi lengua dentro de ella, y fue ahí cuando se corrió por segunda vez, su flujo en mi boca, tan aliente, tan rico, y como su sexo se abría y se cerraba con aquellos movimientos incontrolados... ahora era ella la que quería probar, lo hizo como lo hice yo, pero se masturbaba a la vez que me lo hacía a mí, y consiguió un tercer orgasmo que para mí era increíble, no se si era tanto deseo acumulado, pero esa niña se fundió conmigo y llego a un cuarto y último orgasmo, cuando decidí meter mis dedos en su ano, tenia miedo, pero yo lo deseaba, así que lo hicimos, metí dos dedos en su vagina y uno en su ano mientras ella tocaba su clítoris, haciendo unos movimientos extenuadores de placer, fue entonces, ya casi en la mañana cuando nos fundimos en un abrazo, un abrazo de amigas que se habían hecho un favor de algo que tanto necesitaban.
Fue maravilloso, aun lo recuerdo y me hace sentir cosas inusitadas, aquella amistad se perdió, Sandra y yo tuvimos algun que otro encuentro más, nos regalamos miles de caricias, besos, y sentimiento, pero tod se perdió sin más, aquellas dos niñas jugaron a ser mayores sin pensar en lo que perdían en el camino.
Hoy ella tiene pareja, hace 4 años que está con su novio, y yo he tenido un par de parejas y ahora estoy enamorada de mi chico como jamás lo estuve antes de nadie.
niñita mala
De siempre te ha gustado la idea de “La niñita” pequeño pervertido. Te gustaba que me peinase con trenzas, verme comer un helado, o sentada en el suelo, con las piernas cruzadas como si fuese una niña.
Recuerdo el día que decidí hacerte un regalo. Me “disfracé “ para ti. Una blusa blanca, una minifalda escocesa, unas trenzas, una paleta...... y te volviste loco. Los dos nos metimos en un papel, tu eras el profesor y yo la alumna díscola que te tenía siempre excitado. La representación fue tan real.....
Arrancó cuando te di a probar la paleta...... conociste su sabor a través de mis besos. Nunca olvidaré tu expresión de intenso deseo. Jamás me habías mirado así, y eso que no te cortabas en tus miradas concupiscentes..... Me encantó. Me dio alas, y seguí siendo tu diabólica alumnita, mala estudiante la encarnación del pecado.
Guiaste mis manos hacia tu sexo. ¡Cómo tensaba la tela! Estabas durísimo, lleno de deseo. Me arrancaste la blusa, frotaste la paleta contra mis pezones, y la comiste a través de mi piel. Yo desabroché el botón de tus pantalones, y bajé la cremallera con los dientes. Estaba deseando comértelo. Deseaba ver tu sexo, tocarlo, acariciarlo...... Cuando lo tuve ante mí te miré a los ojos. Rocé la suave piel delglande con las yemas de mis dedos, escuché tu gemido, y decidí hacerte sufrir un poco. Me arrodillé ante ti, sólo con la falda de colegiala y las trenzas, y me dediqué a castigarte, rozando tu miembro con la punta de la lengua y alejándome de ti. Quería que me suplicaras que lo hiciera. Jugué un ratito, pero decidí que sería más divertido tirarme en la cama boca abajo y no moverme..... Te tumbaste sobre mi espalda, besándome la nuca, metiendo las manos por mis costados para alcanzar mis pechos..... me dejé, pero me aparté. Y esta vez sí, situada entre tus piernas, cogí tu miembro y lo hice desaparecer taaaaaaaaaaaaaaan despacio entre mis labios que apenas parecía moverme. Convertí mi boca en terciopelo líquido para tu miembro. De vez en cuando, me lo sacaba para susurrarte *Mírame....*. Aunque tú no me sacabas los ojos de encima, todo hay que decirlo. Me quitaste las cintas que sujetaban mi pelo en dos trenzas, y jugaste con mi cabello ya suelto. Me levanté, me situé a tu lado y te pasé el pelo desde los hombros hasta los pies. Y entonces, se me
ocurrió...... hablando de pies...... decidí darte un muuuuuuuy sensual masaje, recorriendo las plantas con las yemas de mis dedos, presionando los puntos donde se reflejan todas las partes del cuerpo... pero decidí utilizar también la lengua. ¡Me excitó tanto tu gemido, mi amor...! Seguí masajeando tus piernas (siempre con las manos y la lengua), hasta regresar a
tu sexo. Volví a acariciarlo con la boca. A veces bajaba hasta tus testículos, mientras mis dedos buscaban el punto que hay justo debajo de ellos, y presionarlo suavemente. “Ven... ven, si sigues vas a conseguir que me vaya, y no quiero hacerlo aún”... Me tumbaste en la cama y me dijiste... “ Has sido una niña muuuuuuuy mala, mira lo que has conseguido... Ahora vas a ver tú lo que es bueno... “ Y me fuiste besando desde el nacimiento del cabello, descendiendo con dulzura, excitándome más y más... Y eso que ya lo estaba!!! Pensé que me quitarías la falda, para no tener obstáculos, pero debía de ser un afrodisíaco muy poderoso para ti, porque te limitaste a subirla. Tus besos en mi sexo hacían que quisiera retorcerme de placer, pero no me dejaste. Me tenías aprisionada... y era muy fuerte lo que me estabas haciendo sentir... mmmmmmm...tan fuerte... me dejabas sin aliento, quería más, más y más... Y lo tuve, exploté bajo tu lengua, que me había estado atacando inmisericorde... Tu ego, todo hay que decirlo, subió como la espuma, al ver que me habías rendido... Reptaste sobre mi cuerpo, y entraste tan despacito en él... Poco a poco empezamos a movernos, me diste la vuelta, y quedé cabalgándote, subiendo y bajando rítmicamente sobre tu sexo, que me estaba volviendo loca. Tus manos sujetaban mis caderas fuertemente, y te veía observar el triángulo oscuro por el que nuestros cuerpos se unían... “Ven, nena, levántate... y arrodíllate”. Me tomaste de nuevo, esta vez de manera canina... tenía que girar la cabeza para poder mirarte. Me estabas dando tanto placer que dejé caer la cabeza en la cama mientras estaba a punto de correrme otra vez al sentir cómo me dabas azotes, “por mala”. Mordí con fuerza la almohada para callar los gemidos (bajitos y calentones) que salían de lo más hondo de mí. El orgasmo era increíble, no podía dejar de temblar... Era desaforado, intenso, burbujeante, de colores...
Todavía estaba bajo sus efectos cuando sentí que tu también te estremecías, y te derrumbabas sobre mí. Permanecimos así, quietos, tendidos, tú sobre mi espalda, durante un buen rato, jadeantes, llenos de placer... Te levantaste para situarte a mi lado...*Gracias, mi pequeña Lolita... nunca me habían hechoun regalo tan bonito...*
Recuerdo el día que decidí hacerte un regalo. Me “disfracé “ para ti. Una blusa blanca, una minifalda escocesa, unas trenzas, una paleta...... y te volviste loco. Los dos nos metimos en un papel, tu eras el profesor y yo la alumna díscola que te tenía siempre excitado. La representación fue tan real.....
Arrancó cuando te di a probar la paleta...... conociste su sabor a través de mis besos. Nunca olvidaré tu expresión de intenso deseo. Jamás me habías mirado así, y eso que no te cortabas en tus miradas concupiscentes..... Me encantó. Me dio alas, y seguí siendo tu diabólica alumnita, mala estudiante la encarnación del pecado.
Guiaste mis manos hacia tu sexo. ¡Cómo tensaba la tela! Estabas durísimo, lleno de deseo. Me arrancaste la blusa, frotaste la paleta contra mis pezones, y la comiste a través de mi piel. Yo desabroché el botón de tus pantalones, y bajé la cremallera con los dientes. Estaba deseando comértelo. Deseaba ver tu sexo, tocarlo, acariciarlo...... Cuando lo tuve ante mí te miré a los ojos. Rocé la suave piel delglande con las yemas de mis dedos, escuché tu gemido, y decidí hacerte sufrir un poco. Me arrodillé ante ti, sólo con la falda de colegiala y las trenzas, y me dediqué a castigarte, rozando tu miembro con la punta de la lengua y alejándome de ti. Quería que me suplicaras que lo hiciera. Jugué un ratito, pero decidí que sería más divertido tirarme en la cama boca abajo y no moverme..... Te tumbaste sobre mi espalda, besándome la nuca, metiendo las manos por mis costados para alcanzar mis pechos..... me dejé, pero me aparté. Y esta vez sí, situada entre tus piernas, cogí tu miembro y lo hice desaparecer taaaaaaaaaaaaaaan despacio entre mis labios que apenas parecía moverme. Convertí mi boca en terciopelo líquido para tu miembro. De vez en cuando, me lo sacaba para susurrarte *Mírame....*. Aunque tú no me sacabas los ojos de encima, todo hay que decirlo. Me quitaste las cintas que sujetaban mi pelo en dos trenzas, y jugaste con mi cabello ya suelto. Me levanté, me situé a tu lado y te pasé el pelo desde los hombros hasta los pies. Y entonces, se me
ocurrió...... hablando de pies...... decidí darte un muuuuuuuy sensual masaje, recorriendo las plantas con las yemas de mis dedos, presionando los puntos donde se reflejan todas las partes del cuerpo... pero decidí utilizar también la lengua. ¡Me excitó tanto tu gemido, mi amor...! Seguí masajeando tus piernas (siempre con las manos y la lengua), hasta regresar a
tu sexo. Volví a acariciarlo con la boca. A veces bajaba hasta tus testículos, mientras mis dedos buscaban el punto que hay justo debajo de ellos, y presionarlo suavemente. “Ven... ven, si sigues vas a conseguir que me vaya, y no quiero hacerlo aún”... Me tumbaste en la cama y me dijiste... “ Has sido una niña muuuuuuuy mala, mira lo que has conseguido... Ahora vas a ver tú lo que es bueno... “ Y me fuiste besando desde el nacimiento del cabello, descendiendo con dulzura, excitándome más y más... Y eso que ya lo estaba!!! Pensé que me quitarías la falda, para no tener obstáculos, pero debía de ser un afrodisíaco muy poderoso para ti, porque te limitaste a subirla. Tus besos en mi sexo hacían que quisiera retorcerme de placer, pero no me dejaste. Me tenías aprisionada... y era muy fuerte lo que me estabas haciendo sentir... mmmmmmm...tan fuerte... me dejabas sin aliento, quería más, más y más... Y lo tuve, exploté bajo tu lengua, que me había estado atacando inmisericorde... Tu ego, todo hay que decirlo, subió como la espuma, al ver que me habías rendido... Reptaste sobre mi cuerpo, y entraste tan despacito en él... Poco a poco empezamos a movernos, me diste la vuelta, y quedé cabalgándote, subiendo y bajando rítmicamente sobre tu sexo, que me estaba volviendo loca. Tus manos sujetaban mis caderas fuertemente, y te veía observar el triángulo oscuro por el que nuestros cuerpos se unían... “Ven, nena, levántate... y arrodíllate”. Me tomaste de nuevo, esta vez de manera canina... tenía que girar la cabeza para poder mirarte. Me estabas dando tanto placer que dejé caer la cabeza en la cama mientras estaba a punto de correrme otra vez al sentir cómo me dabas azotes, “por mala”. Mordí con fuerza la almohada para callar los gemidos (bajitos y calentones) que salían de lo más hondo de mí. El orgasmo era increíble, no podía dejar de temblar... Era desaforado, intenso, burbujeante, de colores...
Todavía estaba bajo sus efectos cuando sentí que tu también te estremecías, y te derrumbabas sobre mí. Permanecimos así, quietos, tendidos, tú sobre mi espalda, durante un buen rato, jadeantes, llenos de placer... Te levantaste para situarte a mi lado...*Gracias, mi pequeña Lolita... nunca me habían hechoun regalo tan bonito...*
ME VOY!!
Un día de estos cuando mi valentía supere mi cobardía haré una maleta, saldré de mi casa y no volveré,tengo pensado cambiarme el nombre y teñirme el pelo color violeta,aunque antes de todo aquello debo conseguir una mascota, me han dicho que para hacer largos viajes debes tener una buena compañía y como ultimamente no suelo llevarme bien con seres humanos(seres razonantes) es necesario conseguir un amigo de cuatro patas, uno que no critique tu forma de llevar la vida.
Mientras más lo pienso, más me gusta la idea de verme saliendo de estas cuatro paredes que representan mis responsabilidades autoimpuestas, salir del agujero y de las etiquetas....
Saber que mientras imagino un viaje fuera del cosmos estaré a salvo por el momento.
Mientras más lo pienso, más me gusta la idea de verme saliendo de estas cuatro paredes que representan mis responsabilidades autoimpuestas, salir del agujero y de las etiquetas....
Saber que mientras imagino un viaje fuera del cosmos estaré a salvo por el momento.
Venganza?
somos y seremos quizás una parte dentro de esta pintura o bosquejo
Por más que lo pienso y claro esta trato de no imaginarlo me resigno ante tus dichos que solo llenan de malos placeres mi alma.
estoy en contra de lo que llaman venganza, pero si eso te hace sentir mejor creo que estaría bien hacer daño, aunque tengo la firme certeza que más temprano que tarde terminara doliéndote de todas maneras.
cuando las cosas no resultan como uno quisiese que resultaran, la frustración es otro sentimiento conocido entre los muchos que ya han pasado por el espíritu humano y eso basta para malograr lo que se cree perfecto.
volver a mirarte es ver la vida que hubiéramos llevado si la valentía en ti hubiese sido más fuerte que la derrota permanente en tu mente. tal vez el nuevo mundo este a punto de alcanzarnos, quizás la pintura este apunto de completarse.
Por más que lo pienso y claro esta trato de no imaginarlo me resigno ante tus dichos que solo llenan de malos placeres mi alma.
estoy en contra de lo que llaman venganza, pero si eso te hace sentir mejor creo que estaría bien hacer daño, aunque tengo la firme certeza que más temprano que tarde terminara doliéndote de todas maneras.
cuando las cosas no resultan como uno quisiese que resultaran, la frustración es otro sentimiento conocido entre los muchos que ya han pasado por el espíritu humano y eso basta para malograr lo que se cree perfecto.
volver a mirarte es ver la vida que hubiéramos llevado si la valentía en ti hubiese sido más fuerte que la derrota permanente en tu mente. tal vez el nuevo mundo este a punto de alcanzarnos, quizás la pintura este apunto de completarse.
Chao!!
Le digo que me cuesta reconocerlo, que lo veo diferente, que ya no se quien es.
Le grito en su cara que me duele un poco.
Me restrego los ojos y me pongo a llorar de"una".
Me mira como queriendo decirme loca histérica
Me alejo de su imagen fastidiosa
Le digo que ya no le creo "ni lo que reza"
Le vuelvo a gritar mentiroso y me doy media vuelta.
El se queda quieto y me deja ir, como siempre se queda ahí y
YO salgo de su vida otra vez.
Le grito en su cara que me duele un poco.
Me restrego los ojos y me pongo a llorar de"una".
Me mira como queriendo decirme loca histérica
Me alejo de su imagen fastidiosa
Le digo que ya no le creo "ni lo que reza"
Le vuelvo a gritar mentiroso y me doy media vuelta.
El se queda quieto y me deja ir, como siempre se queda ahí y
YO salgo de su vida otra vez.
martes, 15 de febrero de 2011
estúpido rayo de sol
En mi sueño todo era oscuro –al principio-, luego se fue tornando tan colorido como el arco iris, o más bien, tan colorido como un caleidoscopio. Infinidad de imágenes cobraron forma cadenciosamente, afinándose, como vitrales que se diluyen hasta convertirse en fotografías .
Apareció una enigmática mujer desnuda. Primero pensé que era una completa extraña, pero después su rostro y su cuerpo comenzaron a cambiar constantemente mientras se me acercaba. Algunas combinaciones me resultaron conocidas, otras no. No me decidía por una configuración, por lo que me puse a adelantar y retroceder incesantemente la serpentina de opciones que mi inconsciente me ofrecía; era como tratar de sintonizar una estación de radio decente, sin locutores estúpidos, mientras se conduce por la mañana.
Finalmente, tanto el cuerpo como la cara de la chica dejaron de oscilar. El resultado combinó de maravilla, como un buen vino y un cigarro. Mi deseo se desató. Sólo tenía unos minutos antes de que mi malagradecida mente identificara que se trataba de un sueño; separara lo lógico de lo absurdo, y me trajera de vuelta a la inclemente realidad.
Comencé a recibir las sensuales y atrevidas caricias por parte de mi onírica musa. ¡Umm! Mi gozo se hizo evidente, mi respiración se agitó, mi corazón comenzó a tamborilear. De pronto… ella me miró sensualmente a los ojos, yo, sentí vergüenza, me sonrojé. Apareció un fuerte y cálido rubor en mi rostro, demasiado caliente para ser un rubor normal. ¿Castigo de Dios? Todo se tornó rojo, muy brillante, intensificándose hasta llegar a un tono anaranjado.
Abrí los ojos con dificultad, convaleciendo ante una intensa luz que me encandiló. Mi novio había abierto las cortinas de la habitación. “¡Buenos días, mi amor! ¡Mira qué hermoso día!”, me dijo sonriente. Su ridículo y febril optimismo me dio asco. Jamás lo había odiado tanto, así como jamás había maldecido tanto un nuevo día. Giré mi cabeza levemente y de nuevo el brillo cegador me abofeteó. ¡Maldito rayo de sol!
Apareció una enigmática mujer desnuda. Primero pensé que era una completa extraña, pero después su rostro y su cuerpo comenzaron a cambiar constantemente mientras se me acercaba. Algunas combinaciones me resultaron conocidas, otras no. No me decidía por una configuración, por lo que me puse a adelantar y retroceder incesantemente la serpentina de opciones que mi inconsciente me ofrecía; era como tratar de sintonizar una estación de radio decente, sin locutores estúpidos, mientras se conduce por la mañana.
Finalmente, tanto el cuerpo como la cara de la chica dejaron de oscilar. El resultado combinó de maravilla, como un buen vino y un cigarro. Mi deseo se desató. Sólo tenía unos minutos antes de que mi malagradecida mente identificara que se trataba de un sueño; separara lo lógico de lo absurdo, y me trajera de vuelta a la inclemente realidad.
Comencé a recibir las sensuales y atrevidas caricias por parte de mi onírica musa. ¡Umm! Mi gozo se hizo evidente, mi respiración se agitó, mi corazón comenzó a tamborilear. De pronto… ella me miró sensualmente a los ojos, yo, sentí vergüenza, me sonrojé. Apareció un fuerte y cálido rubor en mi rostro, demasiado caliente para ser un rubor normal. ¿Castigo de Dios? Todo se tornó rojo, muy brillante, intensificándose hasta llegar a un tono anaranjado.
Abrí los ojos con dificultad, convaleciendo ante una intensa luz que me encandiló. Mi novio había abierto las cortinas de la habitación. “¡Buenos días, mi amor! ¡Mira qué hermoso día!”, me dijo sonriente. Su ridículo y febril optimismo me dio asco. Jamás lo había odiado tanto, así como jamás había maldecido tanto un nuevo día. Giré mi cabeza levemente y de nuevo el brillo cegador me abofeteó. ¡Maldito rayo de sol!
un buen susto
Gabriela posó el bolígrafo en su cuaderno –los latidos de su corazón eran tan intensos que prácticamente podía escucharlos–, hizo un intento desesperado por controlar el horrible temblor de su mano con tal de anotar –o al menos de garabatear- una observación supuestamente objetiva en base a la sórdida escena que presenciaba: Doña Leonora, una anciana chica y rolliza, reprimía con un violento retorcijón de orejas a Pedro, su hijo, un muchacho muy alto, de complexión media, con ojos pequeños como ojales, cuya voz tenía un tono grave que parecía burlón.
–¡Quieto, Pedrito! ¡Tranquilo… tranquilo! –dijo Doña Leonora, mientras le infringía dolor a su vástago con el retorcimiento de cartílagos, obligándolo a permanecer sentado en la incómoda silla; ya sabía lo que sucedía cuando su amado retoño se exaltaba, y esta vez no quería que nadie resultara lastimado.
–Ya se lo dije, Doña Leonora –dijo el rubio, robusto y rubicundo Doctor Sanchez, con un temple que obviaba su profesionalismo mientras se ajustaba los anteojos–, no puedo recetarle más medicamentos a su hijo, lo que él necesita es que lo internemos aquí en el hospital.
–¡No, Doctor! Yo quiero mucho a mi niñoo. Véalo, ¡cómo me quiere! No puedo dejarlo aquí solo, ¿qué sería de él sin mí? –replicó Doña Leonora, con aire de tristeza, mientras le acariciaba la mejilla al trastornado muchacho sentado a su lado, quién le correspondía con una risa estúpida y cariñosa.
La hermosa y asustada Gabriela, casi tiritando del miedo, observaba fijamente a Pedro, el cual se le figuraba como un perro juguetón de raza grande, quizá un gran danés, a punto de sacar a la luz los primeros síntomas de la rabia.
De pronto, el grandullón de golpe se puso de pie prorrumpiendo en una especie de pánico que hizo saltar de sus asientos a todos los que se encontraban en la habitación.
–¡Mama, mama! ¡Pipi, pipi! –comenzó a gritar Pedro, desesperado, balbuceando sus palabras como si no tuviese dientes –¡Pipi, mama, pipi!
–¡¿Qué le pasa?! –preguntó exaltado el Doctor Sanchez.
–¡Nada! ¡No se asusten! ¡Se pone así cuando quiere ir al baño! –dijo Doña Leonora, tratando de alcanzar inútilmente las orejas de su hijo, mientras que éste, agitado y esquivo, comenzaba a desabotonarse el pantalón.
–¡¡Sáquenlo de aquí antes de que nos orine a todos!! –ordenó Sanchez alterado a todos los practicantes, incluyendo a Gabriela que se había quedado congelada cual estatua de mármol.
Gustavo –un tipo bajo y rechonchito–, junto con Manuel –otro gordo que era el doble de su compañero en todos los sentidos–, unieron fuerzas sujetando cada uno de un brazo al perturbado de la vejiga saturada. Pedro agitó con fuerza el brazo izquierdo, logrando aventar al más pequeño de sus captores hacia la esquina de la oficina, haciéndolo caer y rodar un par de veces como si éste fuese una bola.
Manuel no se dejó doblegar con tanta facilidad, por lo que Pedro, ya con el marrueco algo empapado, comenzó a golpearlo torpe pero fuertemente en el rostro. En el forcejeo hasta Doña Leonora, que se esmeraba por ayudar a controlar a su hijo, recibió una fuerte bofetada de su querubín que la descontó por completo. Aquel alboroto parecía la escena de un documental de la vida animal que mostraba una disputa por comida entre chimpancés.
Finalmente, el enorme Doctor Sanchez se lanzó con todas sus fuerzas sobre el orate, arremetiéndolo del cuello con su robusto antebrazo, logrando así, con la ayuda del lacerado Manuel, arrinconar al chiflado a la pared, el cual no paraba de forcejear y gritar incoherencias mientras seguía meándose en el pantalón.
–¡Llamen a los enfermeros! ¡Gabriela, haga algo por el amor de Dios! –gritó Sanchez enardecido, rojo como un tomate.
Minutos después, luego de doblegar a Pedro con la ayuda de una inyección, frente a una llorona Doña Leonora, un par de enfermeros se alejaban con el alborotador en camilla, sedado y hediondo a orines.
–Les pido disculpas, jóvenes –dijo el Doctor Sanchez mientras se arreglaba–, lo que vieron acá es algo que ocurre con frecuencia. Cometí el error de alterarme demasiado. Le echo la culpa a mi misofobia, además de que realmente me preocupé cuando vi que el paciente comenzó a golpear a Manuel. Por cierto, ¿estás bien?
–Si, Doctor Sanchez… ¡gracias! –respondió el muchacho gordo y grande, adolorido y con la voz temblorosa.
–¿Y tú, Gustavo, estás bien?
–Si, estoy bien… –respondió resignadamente el practicante mas bajito.
–Es recomendable que las sesiones con los individuos que padecen de esquizofrenia, en este caso del tipo desorganizada, se realicen siempre en compañía de al menos un colega… –dijo Sanchez, mientras posaba una mirada imponente sobre Gabriela, quien palideció en un tono más lívido que el de su propia piel blanca–. Señorita, entiendo que siendo usted una fémina no considere prudente ponerse a forcejear con un paciente alterado, pero la próxima vez procure estar más atenta ante este tipo de problemas. Si se hubiese tardado un poco más en llamar a los enfermeros esto podría haber resultado en algo grave. ¿Me explico?
–¡Si, Doctor, mil disculpas! –respondió la chica, avergonzada, con indicios de lágrimas en sus ojos negros.
Luego de aquel violento incidente Gabriela no pudo evitar pensar en lo afortunada que había sido la “ramera” de Maritza, la compañera de clases que había conseguido un puesto para realizar sus prácticas en una elegante clínica en donde se trataban problemas de anorexia y bulimia. De seguro había logrado la aprobación de aquella falacia coqueteando con el supervisor encargado. En cambio a ellos les había tocado el hospital psiquiátrico La Esperanza, que por ser público era el peor lugar que le podían asignar a un estudiante de psicología para cumplir con aquel requisito de graduación. ¡Todo por no conseguir una alternativa a tiempo!
De pronto ingresó a la oficina una descomunal, fea, tosca y bigotuda enfermera que únicamente saludó a Sanchez con un solemne movimiento de cabeza.
–No está mal para ser su primer día de prácticas, ¿no es así, jóvenes? –preguntó el médico rubicundo, con un tono bromista y un tanto afable–. Por favor, sigan a la enfermera Truie –hizo un ademán señalando a la mujer–, ella les asignará sus tareas para el resto de la jornada. Mañana a primera hora regresen conmigo, así continuaremos atendiendo y estudiando a los pacientes de la consulta externa. ¡Que tengan un feliz día!
–¡Síganme! –ordenó la enfermera Truie a los estudiantes, con una voz aguardentosa, propia de un sargento.
Gabriela, Gustavo y Manuel, bastante nerviosos y envueltos en una palidez cercana a la de los mimos, siguieron a la grotesca mujer por las instalaciones de La Esperanza. Su lenguaje corporal los hacía verse alertas ante cualquier posible agresión de varias internas que deambulaban en batas celestes a su alrededor. Algunas caminaban como zombies, mientras que otras parecían enfadadas y gesticulaban violentamente sin decir palabra, como si estuviesen discutiendo con el aire. Producían un efecto que parecía magnético, similar a la gravedad que se siente al pararse de puntillas en la orilla de un abismo. Era como si el aire que respirábase en las proximidades fuera tóxico para la cordura.
–Esa es la Malcriada –dijo Truie, señalando a una bella joven de ojos claros y grandes, con el cabello suelto y despeinado, que se encontraba junto a una iluminada ventana con los brazos cruzados y la mirada perdida hacia el exterior–. Los pacientes le han puesto ese apodo… –continuó la enfermera con cierto aire de ironía, ondulando su bigote ralo al hablar, lo cual desvirtuaba aún más las facciones gruesas de su rostro y distraía a sus interlocutores–, pero su verdadero nombre es Patricia del Valle
–¿Por qué le dicen la Malcriada? –preguntó Gustavo.
La enfermera Truie esbozó una horrible sonrisa que arqueó su bigote partido. Había puesto una expresión como si estuviese esperando que le preguntasen sobre el apodo de la loca.
–La señorita del Valle sufre de un trastorno de identidad disociativo...
–¿Personalidades múltiples? –preguntó Gabriela.
–¡Correcto, sabionda! –respondió la sargentona con desdén–. Ella cuenta con dos personalidades: la primera, la recomendable, es de una muchacha muy dulce y tierna, la consentida de su padre entre tres hermanas…
–¿Y la segunda? –preguntó Gustavo con impaciencia, logrando generar de nuevo en Truie la expresión del bigote arqueado.
–La otra personalidad corresponde a la de una mujer sádica y violenta que asesinó de veinte puñaladas a su propio progenitor –respondió la enfermera aún sonriendo–. ¡Así que ojo con ella!
Como si la Malcriada hubiese sabido que estaban hablando de su persona, volteó de soslayo con dirección al grupo de los estudiantes y la enfermera, intimidando a Gustavo con su incisiva mirada, quien dio un gran trago de saliva por el susto de aquella impresión.
–El hospital está dividido en dos grandes secciones: la de hombres y la de mujeres; éstas a su vez se subdividen en áreas de acuerdo al estado de cada individuo, comenzando desde las personas que están aquí por un simple problema de aspecto legal, hasta la de los que padecen de enfermedades mentales crónicas… –explicaba la enfermera mientras seguían avanzando.
De pronto una mano fría y áspera, como la lengua de una vaca muerta, se aferró con fuerza al antebrazo del pequeño gordito del grupo, provocándole al estudiante un gigantesco susto que hizo latir su corazón tan fuerte como si le hubiesen propinado una potente y efímera descarga eléctrica.
–¡Eres guapo! ¡Hazme el amor! –solicitó una anciana de cabello plateado a Gustavo.
No había que ser estudiante de psicología, ni mucho menos psiquiatra, para darse cuenta que aquella viejecita no tenía la mente posicionada en esta dimensión.
–¡Señora Pérez, compórtese por favor! El joven aquí presente trabajará temporalmente con nosotros, y usted sabe que no debe meterse con los miembros del personal médico –reprendió la enfermera Truie a la vieja.
–¡Sólo quiero un besito! –reclamó la Señora Pérez, esbozando una sonrisa de dientes sintéticos ante un aterrado y sudoroso Gustavo, quien claramente no tenía idea de qué decir para librarse del problema.
–¡Se lo advierto, Señora Pérez, si continúa incomodando a un miembro del personal vamos a tener que inyectarla!
El tono autoritario de Truie doblegó el onírico libido de la anciana, quien finalmente soltó a Gustavo, pero no sin antes guiñarle un ojo y lanzarle un beso en el aire.
–¡Gracias, enfermera! –dijo el gordito con tono de alivio, sujetándose el pecho con la mano.
–Es mi trabajo velar porque los internos se comporten –respondió tajante la enorme mujer–. Ahora, por favor, instálese en esa oficina ya que usted asistirá al encargado del área de las pacientes de avanzada edad.
Aquella indicación hizo que Gustavo reaccionara con un rictus de perplejidad, seguro pensando en que allí corría el riesgo de encontrarse de nuevo con la ninfómana geriátrica.
–¡¿Qué espera?! Entre en la oficina y diga que yo le asigné el puesto de asistente en el lugar –concluyó Truie, haciendo correr con celeridad y obediencia al gordito hacia el lugar indicado.
El recorrido continuó: pasaron por el comedor, por los talleres donde se les daba a los pacientes menos trastornados terapia ocupacional y por la sección para internos varones. La enfermera Truie le asignó a Manuel un puesto cercano a la entrada de la bodega de medicamentos y continuó su camino ya sólo en compañía de Gabriela. Pronto ambas comenzaron a atravesar un corredor que se percibía mucho menos iluminado que cualquier otra sección del hospital. De inmediato un olor áspero e insultante, proveniente de las celdas que rodeaban el lugar, envolvió la nariz de la estudiante. Era un aroma mezcla entre excrementos humanos, sudor, alcohol, sangre y quién sabe qué más. Unos leves soliloquios, quejidos y sollozos podían escucharse de vez en cuando en el ambiente. Sin embargo, el taconeo en el andar de la enfermera alertó a los habitantes de aquel pasaje, con lo cual, los débiles sonidos se convirtieron en infinidad de alaridos, golpes en las puertas de metal, blasfemias y letanías que componían una sinfonía escalofriante y ensordecedora, propia de un túnel dantesco.
Gabriela entornó los ojos, elevó los hombros y se llevó las manos hacia los oídos, rezagándose mientras luchaba por no quedarse inmovilizada de pánico.
–¡Sígame! ¡No se atrase! ¡Apresúrese! –ordenó Truie, molesta por la reacción de la estudiante.
Llegaron al final del corredor donde encontraron una estrecha y lúgubre oficina iluminada por la tenue luz de una vieja lampara.
–Su nueva oficina, señorita –dijo la enfermera cruelmente al señalar con un ademán el interior de aquella cámara mortuoria.
–¡¿Voy a estar aquí sola?! –preguntó Gabriela con los ojos como platos.
–Estarás con el enfermero encargado de hacer las rondas dentro de esta área. El problema es que él no vino a trabajar hoy –dijo Truie sonriendo; luego su rostro se tornó severo de nuevo y continuó–. Tu función será llevar un registro de los medicamentos y terapias que se les proporcionen a los pacientes de este corredor, así como de reportar cualquier anomalía o problema que éstos presenten. Allí tienes una pila de expedientes que puedes ordenar para empezar.
–¡¿No va dejarme sola, o si?! –preguntó Gabriela aterrada.
–Por supuesto que si, no puedo quedarme aquí a perder el tiempo contemplándote, tengo asuntos que atender. Te llamaré para indicarte cuando sea la hora del almuerzo.
–¡¡Espere!! –gritó Gabriela–. Eh… ¿acaso los pacientes crónicos no tienen aisladas sus celdas? Usted sabe, para no lastimarse ni hacer tanto… ruido.
–¡Ja, ja, ja! ¡Qué ilusa eres! ¿Crees que los fondos del Estado en este país alcanzan para eso? Despreocúpate, ya te acostumbrarás; generalmente no hacen tanto escándalo ya que solemos sedarlos fuertemente; pero de eso se encarga el enfermero, y como ya te dije no vino hoy.
La enfermera se retiró, provocando de nuevo la algarabía demencial entre los ocupantes de las celdas. Luego, por unos minutos, todo quedó en silencio, y eso al final resultó aún más aterrador que la bulla del principio. Gabriela, con su mano trémula, tomó un expediente de la pila y comenzó a leer los datos de la primera página:
Paciente: Antonio Cuevas.
Celda asignada: 17-B
Diagnóstico: Esquizofrenia indiferencial.
Observaciones: El paciente es agresivo y muy inestable. Pasa de estado catatónico a explosivo con frecuencia, especialmente frente a personas del sexo femenino…
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! Tres fuertísimos golpes en la celda más cercana, y una carcajada estentórea que retumbó con un eco casi demoníaco, hicieron que la pobre Gabriela del susto se comprimiera en la silla, soltando el expediente sobre la mesa tan rápido como si éste se hubiese prendido en llamas. La muchacha se quedó con las rodillas pegadas al pecho y la cabeza entre sus brazos para ahogar su llanto.
...
Uno, dos, tres días más, con la misma espantosa rutina sucedieron a aquel. Cada día era un infierno diferente: por la mañana, el desfile de fenómenos que llegaban a la consulta externa como espectros de ultratumba: la retrasada mental ninfómana; el hombre que se comía las uñas hasta sangrarse los dedos; el indígena, cobrizo e hirsuto, que alucinaba con la siguanaba y que además se creía estrella de futbol; el tipo que confesó tener deseos de matar a su esposa y a sus hijos. Luego venía el recorrido por la zona de las pacientes de avanzada edad, cuyas locuras a veces se confundían con su senilidad; y finalmente, el paso por el escabroso corredor infernal de los enfermos crónicos que cada día somataban las puertas con más fuerza, como queriendo derribarlas para salir a violar a Gabriela y luego devorarla viva. Para ajuste de penas el enfermero encargado del lugar había sido suspendido por enfermedad y no se había presentado en todo ese tiempo.
¡La chica de ojos negros no podía soportarlo más! Esa tarde dejó de temblar, se puso de pie de forma automática, respiró profundo, salió de la estrecha oficina y comenzó a atravesar con presteza el horrendo pasaje saturado de locos bulliciosos. Llevaba pegado al pecho su cuaderno de apuntes, pero éste se le cayó de un tremendo susto que le provocó un fuerte somatón que escuchó al pasar precisamente junto a la puerta de la celda 17-B. No regresó por él, más bien se apresuró para salir lo más pronto posible de allí. Pasó por la oficina cercana a la entrada de la bodega de medicamentos, allí vio a la enfermera Truie reprendiendo severa y humillantemente a Manuel, pero eso no le importó, siguió caminando presa de una especie de trance. Luego llegó a las afueras del comedor, donde presenció el momento justo en que la Malcriada mordía fuertemente la mano de un enfermero que la había tocado en el hombro, a lo cual éste reaccionó gritando, primero de dolor y luego pidiendo auxilio ante la inclemente presión mandibular que le proporcionaba la loca. Gabriela se asustó un poco, pero prosiguió. Más adelante vio a la Señora Pérez forcejeando con Gustavo, tratando insistentemente de besarlo en la boca. La estudiante continuó avanzando, indiferente a todo, con la mente en blanco, sin la certeza de saber adonde se dirigía, hasta que pasó por la puerta de la oficina del Doctor Sanchez justo cuando éste iba saliendo de la misma. La practicante se detuvo y se le quedó mirando al maduro médico con unos ojos inundados de desesperación y ansias, cubiertos por un velo de determinación que pregonaban su disposición a hacer “cualquier cosa” con tal de librarse de aquel horror.
...
Los labios de Gabriela envolvían con cadencia un glande grueso, rojizo y brillante; lo succionaban y acariciaban con un esmero que le producía una fruición extraña. Repitió la operación varias veces hasta que, ya entrada en mejores ánimos, comenzó a engullir por completo el pene del Doctor Sanchez, quien se regocijaba ante las sensaciones que le brindaba aquel espectáculo, y se excitaba aún más cuando la practicante, por momentos, posaba su sensual mirada de ojos de perlas negras sobre él, sin dejar de mamarle la verga.
Tras unos minutos, las enormes manos de Sanchez recorrían fascinadas la lívida y tersa piel de las nalgas de Gabriela. La practicante se encontraba colocada en cuatro patas, sobre el escritorio, y empinaba su culo de majestuosas redondeces, firme y perfecto, con tal de ofrecerle un ángulo propicio al psiquiatra para que éste la penetrara sin clemencia por su húmeda, caliente y rasurada vagina. Aquella impactante imagen le pareció al doctor como la terapia perfecta para curar –o hasta para producir– cualquier tipo de locura.
Sanchez hendió su pene, forrado de látex, en aquella deliciosa concha con la facilidad con que se hunde un cuchillo caliente en mantequilla. Su pelvis llena de vellos rubios comenzó a chocar repetidas veces contra las nalgas de Gabriela, quien arqueaba su espalda en cada embestida, jadeaba con fuerza y se relamía los labios de gusto. Nunca había tenido una verga que la llenara tanto. A pesar que no lo había considerado posible, realmente estaba disfrutando de aquella antiética y “liberadora” cogida.
El doctor, aferrado a la larga y delgada cintura de la practicante; estimulado también por las miradas sensuales y lascivas que ésta le hacía cuando volteaba a verlo de vez en cuando; no pudo resistir más y comenzó a correrse abundantemente, lanzando varias balas de su simiente que chocaron con fuerza en la punta elástica del condón. En medio de la eyaculación se puso a gruñir como un cerdo que se ahogaba y su rostro se le tornó aún más rojo que la ocasión en que sometió con el antebrazo a Pedro, el loco meón de la consulta externa.
Mientras el psiquiatra recuperaba el aire, ya con el miembro marchito afuera y con el preservativo aún sostenido del mismo, casi rebalsando, notó que Gabriela, con los ojos cerrados, se mordía los labios y seguía elevando lenta y rítmicamente las nalgas, arqueando la espalda levemente a manera de reflejo. Preocupado Sanchez por la insatisfacción de la chica, hundió un par de dedos –índice y corazón– hasta los nudillos dentro de la vagina de la practicante, y comenzó a taladrar aquel coño deseoso con mucha rapidez e intensidad, arrancando con su acción fuertes gemidos entrecortados de placer en su víctima.
Gabriela, ante aquella implacable seguidilla de penetraciones de dedos, alcanzó un tremendo orgasmo que pregonó con un agudo y sufrido alarido, que por suerte no atravesó la oficina de Sanchez, ya que de haberse propagado por el hospital habría alterado a más de una docena de orates.
El doctor exhausto y satisfecho se sentó en la silla, miró a la practicante y dijo:
–¡Uff! Puedes traerme la boleta de culminación de prácticas cuando quieras, linda. Luego de esto te has ganado no sólo mi firma sino además mis recomendaciones. ¡Felicitaciones! ¿Qué piensas hacer ahora?
Gabriela no respondió, se incorporó, tomó su calzón, sacó otro condón de la gaveta abierta del escritorio y se dirigió al psiquiatra con un andar sensual. Se hincó frente a él, le quitó el preservativo usado y le limpió el pene con la prenda que tenía entre sus manos.
–Voy a solicitar trabajo en alguna de esas clínicas para tratar problemas de bulimia y anorexia. Al fin y al cabo, con esto que acabo de hacer creo que ya tengo el perfil necesario para ello –dijo finalmente la chica.
–¿A qué te refieres? –preguntó sobresaltado el psiquiatra ante la extraña respuesta y el inusual comportamiento de la practicante.
–Yo me entiendo –dijo Gabriela, mientras comenzaba a mamarle de nuevo el pene a Sanchez, logrando endurecerlo de inmediato.
–¡¿Qué haces, Linda?! No te preocupes, soy un hombre de palabra y voy a cumplirte, no es necesario que te esmeres tanto.
–¡Ummh! Esta va de yapa, Doctor… estoy feliz de haberme librado de este infierno, además, ¡esta pija me fascinó como no tiene idea!
La chica entonces le puso sensualmente el condón al doctor con la boca, luego se sentó sobre él, no sin antes colocarse con la mano la punta del pene en la entrada de su vagina para clavárselo en el descenso. Al final ambos quedaron cara a cara y comenzaron a moverse con un violento vaivén.
Un par de horas después, la practicante salió de la oficina con su bolso al hombro, el cabello suelto y una sonrisa que le daba una expresión un tanto vulgar: como la que ponen las mujerzuelas cuando llegan al final de su faena diaria. Se despidió de Sanchez agitando la mano femeninamente y se retiró, zapateando y contoneándose con suma seguridad y presteza, llamando la atención de todo el personal masculino cercano y de un extrañado –y besuqueado– Gustavo que casualmente pasaba por allí. El psiquiatra, en medio de un prolongado suspiro, observó satisfecho a la chica alejarse. De pronto, del otro lado del salón, divisó a Truie quien lo observaba sonriente. Ambos se saludaron inclinando la cabeza con una expresión de complicidad, como diciendo: “todo salió de acuerdo a lo planeado”.
“Es fascinante la psicología del miedo. Estas practicantes son tan predecibles, tan fáciles de impresionar, que basta con darles un buen susto para que vengan corriendo a regalar el culo con tal de escapar, y luego con algo de terapia descubren a la puta reprimida que llevan dentro. No deja de sorprenderme. ¡Siempre funciona!”, pensó Sanchez, mientras agitaba levemente la cabeza de arriba hacia abajo.
–¡Quieto, Pedrito! ¡Tranquilo… tranquilo! –dijo Doña Leonora, mientras le infringía dolor a su vástago con el retorcimiento de cartílagos, obligándolo a permanecer sentado en la incómoda silla; ya sabía lo que sucedía cuando su amado retoño se exaltaba, y esta vez no quería que nadie resultara lastimado.
–Ya se lo dije, Doña Leonora –dijo el rubio, robusto y rubicundo Doctor Sanchez, con un temple que obviaba su profesionalismo mientras se ajustaba los anteojos–, no puedo recetarle más medicamentos a su hijo, lo que él necesita es que lo internemos aquí en el hospital.
–¡No, Doctor! Yo quiero mucho a mi niñoo. Véalo, ¡cómo me quiere! No puedo dejarlo aquí solo, ¿qué sería de él sin mí? –replicó Doña Leonora, con aire de tristeza, mientras le acariciaba la mejilla al trastornado muchacho sentado a su lado, quién le correspondía con una risa estúpida y cariñosa.
La hermosa y asustada Gabriela, casi tiritando del miedo, observaba fijamente a Pedro, el cual se le figuraba como un perro juguetón de raza grande, quizá un gran danés, a punto de sacar a la luz los primeros síntomas de la rabia.
De pronto, el grandullón de golpe se puso de pie prorrumpiendo en una especie de pánico que hizo saltar de sus asientos a todos los que se encontraban en la habitación.
–¡Mama, mama! ¡Pipi, pipi! –comenzó a gritar Pedro, desesperado, balbuceando sus palabras como si no tuviese dientes –¡Pipi, mama, pipi!
–¡¿Qué le pasa?! –preguntó exaltado el Doctor Sanchez.
–¡Nada! ¡No se asusten! ¡Se pone así cuando quiere ir al baño! –dijo Doña Leonora, tratando de alcanzar inútilmente las orejas de su hijo, mientras que éste, agitado y esquivo, comenzaba a desabotonarse el pantalón.
–¡¡Sáquenlo de aquí antes de que nos orine a todos!! –ordenó Sanchez alterado a todos los practicantes, incluyendo a Gabriela que se había quedado congelada cual estatua de mármol.
Gustavo –un tipo bajo y rechonchito–, junto con Manuel –otro gordo que era el doble de su compañero en todos los sentidos–, unieron fuerzas sujetando cada uno de un brazo al perturbado de la vejiga saturada. Pedro agitó con fuerza el brazo izquierdo, logrando aventar al más pequeño de sus captores hacia la esquina de la oficina, haciéndolo caer y rodar un par de veces como si éste fuese una bola.
Manuel no se dejó doblegar con tanta facilidad, por lo que Pedro, ya con el marrueco algo empapado, comenzó a golpearlo torpe pero fuertemente en el rostro. En el forcejeo hasta Doña Leonora, que se esmeraba por ayudar a controlar a su hijo, recibió una fuerte bofetada de su querubín que la descontó por completo. Aquel alboroto parecía la escena de un documental de la vida animal que mostraba una disputa por comida entre chimpancés.
Finalmente, el enorme Doctor Sanchez se lanzó con todas sus fuerzas sobre el orate, arremetiéndolo del cuello con su robusto antebrazo, logrando así, con la ayuda del lacerado Manuel, arrinconar al chiflado a la pared, el cual no paraba de forcejear y gritar incoherencias mientras seguía meándose en el pantalón.
–¡Llamen a los enfermeros! ¡Gabriela, haga algo por el amor de Dios! –gritó Sanchez enardecido, rojo como un tomate.
Minutos después, luego de doblegar a Pedro con la ayuda de una inyección, frente a una llorona Doña Leonora, un par de enfermeros se alejaban con el alborotador en camilla, sedado y hediondo a orines.
–Les pido disculpas, jóvenes –dijo el Doctor Sanchez mientras se arreglaba–, lo que vieron acá es algo que ocurre con frecuencia. Cometí el error de alterarme demasiado. Le echo la culpa a mi misofobia, además de que realmente me preocupé cuando vi que el paciente comenzó a golpear a Manuel. Por cierto, ¿estás bien?
–Si, Doctor Sanchez… ¡gracias! –respondió el muchacho gordo y grande, adolorido y con la voz temblorosa.
–¿Y tú, Gustavo, estás bien?
–Si, estoy bien… –respondió resignadamente el practicante mas bajito.
–Es recomendable que las sesiones con los individuos que padecen de esquizofrenia, en este caso del tipo desorganizada, se realicen siempre en compañía de al menos un colega… –dijo Sanchez, mientras posaba una mirada imponente sobre Gabriela, quien palideció en un tono más lívido que el de su propia piel blanca–. Señorita, entiendo que siendo usted una fémina no considere prudente ponerse a forcejear con un paciente alterado, pero la próxima vez procure estar más atenta ante este tipo de problemas. Si se hubiese tardado un poco más en llamar a los enfermeros esto podría haber resultado en algo grave. ¿Me explico?
–¡Si, Doctor, mil disculpas! –respondió la chica, avergonzada, con indicios de lágrimas en sus ojos negros.
Luego de aquel violento incidente Gabriela no pudo evitar pensar en lo afortunada que había sido la “ramera” de Maritza, la compañera de clases que había conseguido un puesto para realizar sus prácticas en una elegante clínica en donde se trataban problemas de anorexia y bulimia. De seguro había logrado la aprobación de aquella falacia coqueteando con el supervisor encargado. En cambio a ellos les había tocado el hospital psiquiátrico La Esperanza, que por ser público era el peor lugar que le podían asignar a un estudiante de psicología para cumplir con aquel requisito de graduación. ¡Todo por no conseguir una alternativa a tiempo!
De pronto ingresó a la oficina una descomunal, fea, tosca y bigotuda enfermera que únicamente saludó a Sanchez con un solemne movimiento de cabeza.
–No está mal para ser su primer día de prácticas, ¿no es así, jóvenes? –preguntó el médico rubicundo, con un tono bromista y un tanto afable–. Por favor, sigan a la enfermera Truie –hizo un ademán señalando a la mujer–, ella les asignará sus tareas para el resto de la jornada. Mañana a primera hora regresen conmigo, así continuaremos atendiendo y estudiando a los pacientes de la consulta externa. ¡Que tengan un feliz día!
–¡Síganme! –ordenó la enfermera Truie a los estudiantes, con una voz aguardentosa, propia de un sargento.
Gabriela, Gustavo y Manuel, bastante nerviosos y envueltos en una palidez cercana a la de los mimos, siguieron a la grotesca mujer por las instalaciones de La Esperanza. Su lenguaje corporal los hacía verse alertas ante cualquier posible agresión de varias internas que deambulaban en batas celestes a su alrededor. Algunas caminaban como zombies, mientras que otras parecían enfadadas y gesticulaban violentamente sin decir palabra, como si estuviesen discutiendo con el aire. Producían un efecto que parecía magnético, similar a la gravedad que se siente al pararse de puntillas en la orilla de un abismo. Era como si el aire que respirábase en las proximidades fuera tóxico para la cordura.
–Esa es la Malcriada –dijo Truie, señalando a una bella joven de ojos claros y grandes, con el cabello suelto y despeinado, que se encontraba junto a una iluminada ventana con los brazos cruzados y la mirada perdida hacia el exterior–. Los pacientes le han puesto ese apodo… –continuó la enfermera con cierto aire de ironía, ondulando su bigote ralo al hablar, lo cual desvirtuaba aún más las facciones gruesas de su rostro y distraía a sus interlocutores–, pero su verdadero nombre es Patricia del Valle
–¿Por qué le dicen la Malcriada? –preguntó Gustavo.
La enfermera Truie esbozó una horrible sonrisa que arqueó su bigote partido. Había puesto una expresión como si estuviese esperando que le preguntasen sobre el apodo de la loca.
–La señorita del Valle sufre de un trastorno de identidad disociativo...
–¿Personalidades múltiples? –preguntó Gabriela.
–¡Correcto, sabionda! –respondió la sargentona con desdén–. Ella cuenta con dos personalidades: la primera, la recomendable, es de una muchacha muy dulce y tierna, la consentida de su padre entre tres hermanas…
–¿Y la segunda? –preguntó Gustavo con impaciencia, logrando generar de nuevo en Truie la expresión del bigote arqueado.
–La otra personalidad corresponde a la de una mujer sádica y violenta que asesinó de veinte puñaladas a su propio progenitor –respondió la enfermera aún sonriendo–. ¡Así que ojo con ella!
Como si la Malcriada hubiese sabido que estaban hablando de su persona, volteó de soslayo con dirección al grupo de los estudiantes y la enfermera, intimidando a Gustavo con su incisiva mirada, quien dio un gran trago de saliva por el susto de aquella impresión.
–El hospital está dividido en dos grandes secciones: la de hombres y la de mujeres; éstas a su vez se subdividen en áreas de acuerdo al estado de cada individuo, comenzando desde las personas que están aquí por un simple problema de aspecto legal, hasta la de los que padecen de enfermedades mentales crónicas… –explicaba la enfermera mientras seguían avanzando.
De pronto una mano fría y áspera, como la lengua de una vaca muerta, se aferró con fuerza al antebrazo del pequeño gordito del grupo, provocándole al estudiante un gigantesco susto que hizo latir su corazón tan fuerte como si le hubiesen propinado una potente y efímera descarga eléctrica.
–¡Eres guapo! ¡Hazme el amor! –solicitó una anciana de cabello plateado a Gustavo.
No había que ser estudiante de psicología, ni mucho menos psiquiatra, para darse cuenta que aquella viejecita no tenía la mente posicionada en esta dimensión.
–¡Señora Pérez, compórtese por favor! El joven aquí presente trabajará temporalmente con nosotros, y usted sabe que no debe meterse con los miembros del personal médico –reprendió la enfermera Truie a la vieja.
–¡Sólo quiero un besito! –reclamó la Señora Pérez, esbozando una sonrisa de dientes sintéticos ante un aterrado y sudoroso Gustavo, quien claramente no tenía idea de qué decir para librarse del problema.
–¡Se lo advierto, Señora Pérez, si continúa incomodando a un miembro del personal vamos a tener que inyectarla!
El tono autoritario de Truie doblegó el onírico libido de la anciana, quien finalmente soltó a Gustavo, pero no sin antes guiñarle un ojo y lanzarle un beso en el aire.
–¡Gracias, enfermera! –dijo el gordito con tono de alivio, sujetándose el pecho con la mano.
–Es mi trabajo velar porque los internos se comporten –respondió tajante la enorme mujer–. Ahora, por favor, instálese en esa oficina ya que usted asistirá al encargado del área de las pacientes de avanzada edad.
Aquella indicación hizo que Gustavo reaccionara con un rictus de perplejidad, seguro pensando en que allí corría el riesgo de encontrarse de nuevo con la ninfómana geriátrica.
–¡¿Qué espera?! Entre en la oficina y diga que yo le asigné el puesto de asistente en el lugar –concluyó Truie, haciendo correr con celeridad y obediencia al gordito hacia el lugar indicado.
El recorrido continuó: pasaron por el comedor, por los talleres donde se les daba a los pacientes menos trastornados terapia ocupacional y por la sección para internos varones. La enfermera Truie le asignó a Manuel un puesto cercano a la entrada de la bodega de medicamentos y continuó su camino ya sólo en compañía de Gabriela. Pronto ambas comenzaron a atravesar un corredor que se percibía mucho menos iluminado que cualquier otra sección del hospital. De inmediato un olor áspero e insultante, proveniente de las celdas que rodeaban el lugar, envolvió la nariz de la estudiante. Era un aroma mezcla entre excrementos humanos, sudor, alcohol, sangre y quién sabe qué más. Unos leves soliloquios, quejidos y sollozos podían escucharse de vez en cuando en el ambiente. Sin embargo, el taconeo en el andar de la enfermera alertó a los habitantes de aquel pasaje, con lo cual, los débiles sonidos se convirtieron en infinidad de alaridos, golpes en las puertas de metal, blasfemias y letanías que componían una sinfonía escalofriante y ensordecedora, propia de un túnel dantesco.
Gabriela entornó los ojos, elevó los hombros y se llevó las manos hacia los oídos, rezagándose mientras luchaba por no quedarse inmovilizada de pánico.
–¡Sígame! ¡No se atrase! ¡Apresúrese! –ordenó Truie, molesta por la reacción de la estudiante.
Llegaron al final del corredor donde encontraron una estrecha y lúgubre oficina iluminada por la tenue luz de una vieja lampara.
–Su nueva oficina, señorita –dijo la enfermera cruelmente al señalar con un ademán el interior de aquella cámara mortuoria.
–¡¿Voy a estar aquí sola?! –preguntó Gabriela con los ojos como platos.
–Estarás con el enfermero encargado de hacer las rondas dentro de esta área. El problema es que él no vino a trabajar hoy –dijo Truie sonriendo; luego su rostro se tornó severo de nuevo y continuó–. Tu función será llevar un registro de los medicamentos y terapias que se les proporcionen a los pacientes de este corredor, así como de reportar cualquier anomalía o problema que éstos presenten. Allí tienes una pila de expedientes que puedes ordenar para empezar.
–¡¿No va dejarme sola, o si?! –preguntó Gabriela aterrada.
–Por supuesto que si, no puedo quedarme aquí a perder el tiempo contemplándote, tengo asuntos que atender. Te llamaré para indicarte cuando sea la hora del almuerzo.
–¡¡Espere!! –gritó Gabriela–. Eh… ¿acaso los pacientes crónicos no tienen aisladas sus celdas? Usted sabe, para no lastimarse ni hacer tanto… ruido.
–¡Ja, ja, ja! ¡Qué ilusa eres! ¿Crees que los fondos del Estado en este país alcanzan para eso? Despreocúpate, ya te acostumbrarás; generalmente no hacen tanto escándalo ya que solemos sedarlos fuertemente; pero de eso se encarga el enfermero, y como ya te dije no vino hoy.
La enfermera se retiró, provocando de nuevo la algarabía demencial entre los ocupantes de las celdas. Luego, por unos minutos, todo quedó en silencio, y eso al final resultó aún más aterrador que la bulla del principio. Gabriela, con su mano trémula, tomó un expediente de la pila y comenzó a leer los datos de la primera página:
Paciente: Antonio Cuevas.
Celda asignada: 17-B
Diagnóstico: Esquizofrenia indiferencial.
Observaciones: El paciente es agresivo y muy inestable. Pasa de estado catatónico a explosivo con frecuencia, especialmente frente a personas del sexo femenino…
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! Tres fuertísimos golpes en la celda más cercana, y una carcajada estentórea que retumbó con un eco casi demoníaco, hicieron que la pobre Gabriela del susto se comprimiera en la silla, soltando el expediente sobre la mesa tan rápido como si éste se hubiese prendido en llamas. La muchacha se quedó con las rodillas pegadas al pecho y la cabeza entre sus brazos para ahogar su llanto.
...
Uno, dos, tres días más, con la misma espantosa rutina sucedieron a aquel. Cada día era un infierno diferente: por la mañana, el desfile de fenómenos que llegaban a la consulta externa como espectros de ultratumba: la retrasada mental ninfómana; el hombre que se comía las uñas hasta sangrarse los dedos; el indígena, cobrizo e hirsuto, que alucinaba con la siguanaba y que además se creía estrella de futbol; el tipo que confesó tener deseos de matar a su esposa y a sus hijos. Luego venía el recorrido por la zona de las pacientes de avanzada edad, cuyas locuras a veces se confundían con su senilidad; y finalmente, el paso por el escabroso corredor infernal de los enfermos crónicos que cada día somataban las puertas con más fuerza, como queriendo derribarlas para salir a violar a Gabriela y luego devorarla viva. Para ajuste de penas el enfermero encargado del lugar había sido suspendido por enfermedad y no se había presentado en todo ese tiempo.
¡La chica de ojos negros no podía soportarlo más! Esa tarde dejó de temblar, se puso de pie de forma automática, respiró profundo, salió de la estrecha oficina y comenzó a atravesar con presteza el horrendo pasaje saturado de locos bulliciosos. Llevaba pegado al pecho su cuaderno de apuntes, pero éste se le cayó de un tremendo susto que le provocó un fuerte somatón que escuchó al pasar precisamente junto a la puerta de la celda 17-B. No regresó por él, más bien se apresuró para salir lo más pronto posible de allí. Pasó por la oficina cercana a la entrada de la bodega de medicamentos, allí vio a la enfermera Truie reprendiendo severa y humillantemente a Manuel, pero eso no le importó, siguió caminando presa de una especie de trance. Luego llegó a las afueras del comedor, donde presenció el momento justo en que la Malcriada mordía fuertemente la mano de un enfermero que la había tocado en el hombro, a lo cual éste reaccionó gritando, primero de dolor y luego pidiendo auxilio ante la inclemente presión mandibular que le proporcionaba la loca. Gabriela se asustó un poco, pero prosiguió. Más adelante vio a la Señora Pérez forcejeando con Gustavo, tratando insistentemente de besarlo en la boca. La estudiante continuó avanzando, indiferente a todo, con la mente en blanco, sin la certeza de saber adonde se dirigía, hasta que pasó por la puerta de la oficina del Doctor Sanchez justo cuando éste iba saliendo de la misma. La practicante se detuvo y se le quedó mirando al maduro médico con unos ojos inundados de desesperación y ansias, cubiertos por un velo de determinación que pregonaban su disposición a hacer “cualquier cosa” con tal de librarse de aquel horror.
...
Los labios de Gabriela envolvían con cadencia un glande grueso, rojizo y brillante; lo succionaban y acariciaban con un esmero que le producía una fruición extraña. Repitió la operación varias veces hasta que, ya entrada en mejores ánimos, comenzó a engullir por completo el pene del Doctor Sanchez, quien se regocijaba ante las sensaciones que le brindaba aquel espectáculo, y se excitaba aún más cuando la practicante, por momentos, posaba su sensual mirada de ojos de perlas negras sobre él, sin dejar de mamarle la verga.
Tras unos minutos, las enormes manos de Sanchez recorrían fascinadas la lívida y tersa piel de las nalgas de Gabriela. La practicante se encontraba colocada en cuatro patas, sobre el escritorio, y empinaba su culo de majestuosas redondeces, firme y perfecto, con tal de ofrecerle un ángulo propicio al psiquiatra para que éste la penetrara sin clemencia por su húmeda, caliente y rasurada vagina. Aquella impactante imagen le pareció al doctor como la terapia perfecta para curar –o hasta para producir– cualquier tipo de locura.
Sanchez hendió su pene, forrado de látex, en aquella deliciosa concha con la facilidad con que se hunde un cuchillo caliente en mantequilla. Su pelvis llena de vellos rubios comenzó a chocar repetidas veces contra las nalgas de Gabriela, quien arqueaba su espalda en cada embestida, jadeaba con fuerza y se relamía los labios de gusto. Nunca había tenido una verga que la llenara tanto. A pesar que no lo había considerado posible, realmente estaba disfrutando de aquella antiética y “liberadora” cogida.
El doctor, aferrado a la larga y delgada cintura de la practicante; estimulado también por las miradas sensuales y lascivas que ésta le hacía cuando volteaba a verlo de vez en cuando; no pudo resistir más y comenzó a correrse abundantemente, lanzando varias balas de su simiente que chocaron con fuerza en la punta elástica del condón. En medio de la eyaculación se puso a gruñir como un cerdo que se ahogaba y su rostro se le tornó aún más rojo que la ocasión en que sometió con el antebrazo a Pedro, el loco meón de la consulta externa.
Mientras el psiquiatra recuperaba el aire, ya con el miembro marchito afuera y con el preservativo aún sostenido del mismo, casi rebalsando, notó que Gabriela, con los ojos cerrados, se mordía los labios y seguía elevando lenta y rítmicamente las nalgas, arqueando la espalda levemente a manera de reflejo. Preocupado Sanchez por la insatisfacción de la chica, hundió un par de dedos –índice y corazón– hasta los nudillos dentro de la vagina de la practicante, y comenzó a taladrar aquel coño deseoso con mucha rapidez e intensidad, arrancando con su acción fuertes gemidos entrecortados de placer en su víctima.
Gabriela, ante aquella implacable seguidilla de penetraciones de dedos, alcanzó un tremendo orgasmo que pregonó con un agudo y sufrido alarido, que por suerte no atravesó la oficina de Sanchez, ya que de haberse propagado por el hospital habría alterado a más de una docena de orates.
El doctor exhausto y satisfecho se sentó en la silla, miró a la practicante y dijo:
–¡Uff! Puedes traerme la boleta de culminación de prácticas cuando quieras, linda. Luego de esto te has ganado no sólo mi firma sino además mis recomendaciones. ¡Felicitaciones! ¿Qué piensas hacer ahora?
Gabriela no respondió, se incorporó, tomó su calzón, sacó otro condón de la gaveta abierta del escritorio y se dirigió al psiquiatra con un andar sensual. Se hincó frente a él, le quitó el preservativo usado y le limpió el pene con la prenda que tenía entre sus manos.
–Voy a solicitar trabajo en alguna de esas clínicas para tratar problemas de bulimia y anorexia. Al fin y al cabo, con esto que acabo de hacer creo que ya tengo el perfil necesario para ello –dijo finalmente la chica.
–¿A qué te refieres? –preguntó sobresaltado el psiquiatra ante la extraña respuesta y el inusual comportamiento de la practicante.
–Yo me entiendo –dijo Gabriela, mientras comenzaba a mamarle de nuevo el pene a Sanchez, logrando endurecerlo de inmediato.
–¡¿Qué haces, Linda?! No te preocupes, soy un hombre de palabra y voy a cumplirte, no es necesario que te esmeres tanto.
–¡Ummh! Esta va de yapa, Doctor… estoy feliz de haberme librado de este infierno, además, ¡esta pija me fascinó como no tiene idea!
La chica entonces le puso sensualmente el condón al doctor con la boca, luego se sentó sobre él, no sin antes colocarse con la mano la punta del pene en la entrada de su vagina para clavárselo en el descenso. Al final ambos quedaron cara a cara y comenzaron a moverse con un violento vaivén.
Un par de horas después, la practicante salió de la oficina con su bolso al hombro, el cabello suelto y una sonrisa que le daba una expresión un tanto vulgar: como la que ponen las mujerzuelas cuando llegan al final de su faena diaria. Se despidió de Sanchez agitando la mano femeninamente y se retiró, zapateando y contoneándose con suma seguridad y presteza, llamando la atención de todo el personal masculino cercano y de un extrañado –y besuqueado– Gustavo que casualmente pasaba por allí. El psiquiatra, en medio de un prolongado suspiro, observó satisfecho a la chica alejarse. De pronto, del otro lado del salón, divisó a Truie quien lo observaba sonriente. Ambos se saludaron inclinando la cabeza con una expresión de complicidad, como diciendo: “todo salió de acuerdo a lo planeado”.
“Es fascinante la psicología del miedo. Estas practicantes son tan predecibles, tan fáciles de impresionar, que basta con darles un buen susto para que vengan corriendo a regalar el culo con tal de escapar, y luego con algo de terapia descubren a la puta reprimida que llevan dentro. No deja de sorprenderme. ¡Siempre funciona!”, pensó Sanchez, mientras agitaba levemente la cabeza de arriba hacia abajo.
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