domingo, 26 de diciembre de 2010

mi historia.... desde una vista mas pervertida

Mi obsesión es el sexo, pienso en él muchas veces al día. ¿Es algo normal? No lo sé. Es algo que no se suele comentar con los amigas, por tanto, no sé si soy una persona normal o una degenerada. Quizá después de leer el historial sexual de mi vida, alguno de ustedes me pueda decir si les pasa lo mismo y por tanto, soy normal, o soy realmente una obsesionada con el sexo. 
Podría distinguir tres etapas en mi vida: la niñez, la adolescencia y la madurez. 
¿Cuándo me masturbe por primera vez? Creo que fue cuando tenía unos catorce años, todavía lo recuerdo. En el colegio, una de los repetidoras de curso hizo un movimiento con la mano que me dio la pista. Cuando llegué a casa por la tarde mis padres habían salido a dar un paseo, así que me subí la falda y bajé mi calzón ...Recostada sobre la alfombra de mi cuarto comencé a explorarme. Noté que me gustaba, en realidad, no sabía a dónde conducía aquello, lo cierto es que parecía que la sangre me subía a mis mejillas, tenía mucho calor y no podía parar. 
De repente, empecé a sentir que el pubis completo me ardía y un cosquilleo sumamente placentero. Creo que hasta jadeaba. Inesperadamente, un líquido transparente salió de mi . La experiencia fue tan fuerte que por un momento casi me desmayo. Me quedé atónita mirando aquellas gotas de color lechoso y olor perfumado. Estaba asombrada con el placer experimentado, con el olor del líquido, con su color y consistencia, con la sensación de relajación posterior, con todo. En cuanto me recuperé del susto, busqué algo tener la coartada lista por si llegaban mis padres.
Estaba maravillada. A partir de entonces, en cuanto venía del colegio no faltaba a mi cita con mis mejores amigos: mis dedos. Si mis padres estaban en casa, no me importaba, me encerraba en el baño y me masturbaba intentando silenciar mis jadeos. Por las noches, en la cama, también me masturbaba, mantenía el placer hasta que el cosquilleo avisaba que el orgasmo estaba llamando a la puerta. Descansaba un poco y cuando la excitación había pasado seguía con la masturbación. Muchas noches me levantaba y terminaba la faena en el baño. 
A partir de ese momento me gustaba mostrarme desnuda ante mi hermano, que era cinco años más joven que yo. Empecé a no usar pijama para dormir, me gustaba sentir las sábanas sobre mi cuerpo desnudo. 
Una tarde que mis padres no estaban, le pregunté a mi hermano que si se había masturbado alguna vez, era evidente que no, ya que era mucho más joven que yo, él sólo tenía diez años. Me preguntó que qué era eso. ¿Quieres que te enseñe a masturbarte? Le baje los pantalones y empecé agitar su pene. Por unos minutos mostró algún interés pero pronto se aburrió de verme menearlo hasta que lo intentó por si mismo. Lo más horroroso fue que cuando llegaron mis padres a casa les contó que yo le enseñé a sacar leche por el pene, por tanto, ya se imaginaron lo que estaba haciendo. Fue vergonzoso para mí. 
Adolescencia: 
Luego empezó a crecerme el vello en el pubis y a mi no me gustaba porque escondía mi vagina y la hacía ver más pequeña y me daba la imagen de suciedad, así que me lo cortaba con unas tijeras. En una ocasión que me corte los pelos los dejé en un cenicero y luego se me olvidó tirarlos a la basura. Cuando llegaron mis padres vieron los pelos en el cenicero del salón y preguntaron que qué era eso. Yo no sabía que mentira inventar así que les dije que no sabía nada, pero también me puse muy roja. 
Los veranos los pasaba en un pueblo del sur y me encantaba pescar en el río (que poco femenina). Es una actividad solitaria, así que cuando no picaban los peces me entretenía masturbándome. Si hacia calor, me quedaba desnuda, me bañaba y me masturbaba dentro del agua. 
Luego me dio por el exhibicionismo. El río pasaba cerca de una autopista. Yo dejaba la caña y las ropas escondidas entre la hierba y me paseaba desnuda por el camino que corría paralelo a la autopista o a las vías del tren. La verdad es creo que era poca gente la que se fijaba en mí así que terminaba subiéndome a una piedra muy grande donde era mucho más visible y la excitación del momento me conducía siempre a masturbarme. Los que mejor me veían eran los pasajeros de los autobuses, me seguían con la mirada y parece que no se mostraban excesivamente sorprendidos. 
En otras ocasiones, cuando salía con mi bicicleta, me paraba en los puentes sobre la autopista y también me desnudaba. A veces, les meaba a los coches cuando pasaban a toda velocidad. Más de una vez tuve que escapar rápido ya que el coche de la policía me vio, entonces dejaba de hacerlo en esa zona y probaba a varios kilómetros de allí. 
Pero estas actividades tienen su riesgo y en una ocasión, cuando me estaba mostrando desnuda y me masturbaba al lado de la autopista, divisé sobre la ladera de una montaña el perro de un amigo mío del pueblo. Si el perro estaba allí era evidente que el dueño estaba cerca y entonces recordé que me había encontrado con él hace unos días al lado del río y se dirigía hacia la montaña con el perro y unos prismáticos. ¿Para qué eran entonces los prismáticos? Ahora lo entiendo, eran para ver mis actividades exhibicionistas más de cerca. Posteriormente me he encontrado con él pero nunca hemos mencionado mis inconfesables actividades. No sé cuanta gente más lo sabrá pero me imagino que lo habrá contado a todos sus amigos, estas cosas no se pueden callar. 
¿Qué más cosas hacía? No mucho más, a veces recuerdo que andaba completamente desnuda sobre la bicicleta por caminos solitarios y eso si que era satisfactorio, creo que nunca me encontré con ningún coche. Eso creo.
Si tenía oportunidad, también me gustaba bañarme desnuda en el río ante mi hermano y sus amigos. Creo que les gustaba pero nunca se atrevieron a hacerlo ellos.
Una experiencia muy divertida fue cuando fui a pescar una gran trucha a mano con un amigo de mi hermano, seis años más joven que yo. Él es del pueblo y así es como las pesca. Cuando llegamos al pozo dio la casualidad que la trucha apareció y él la vio. Inmediatamente se echo al agua y como el pozo era muy profundo empezó a palpar el suelo con los pies para saber donde estaba la trucha. Cuando la encontró no sabía como cogerla porque decía que si la cogía con las manos se le resbalaría. Entonces él mismo me preguntó que qué me parecía si se quitaba el traje de baño y la envolvía con él. Le dije, por supuesto, que era una gran idea, que seguro que funcionaba. Ni corto ni perezoso se lo quitó y se quedo completamente desnudo. Su actitud me encantó. Envolvió la trucha con el bañador y la saco del agua. Cuando la depositó sobre la hierba nos quedamos contemplando semejante ejemplar. Lo normal hubiera sido ponerse inmediatamente el bañador, pero no, allí estaba desnudo con los brazos en la cintura mirando la trucha y el bañador en el suelo. 
Como se había manchado de barro al subir la pendiente del río, le propuse bañarnos para que se limpiara. Tampoco entonces se puso el bañador, se ve que se sentía cómodo desnudo. Yo me quité el mío  (traje de baño) para bañarme, algo que él ya sabía que suele ser habitual en mí. Nadamos durante algunos minutos y yo le observaba para ver si ya salía del agua y dábamos por terminado el baño o por el contrario, seguía en el agua como esperando algo más. Como no salía del río, le exploré un poco. Le dije, como sin intención, que tenia un enorme pene. Él me devolvió el cumplido diciendo que más grande eran mis tetas. 
Entonces le pregunté si ya le salía leche. Me dijo, sin mirarme a los ojos y algo colorado que sí. Y yo que no me lo creía, que me hiciera una demostración. Entonces me dijo que él se hacía una paja si yo me hacía otra. Por supuesto, acepté. Nos sentamos como cabalgando sobre un tronco de árbol que estaba horizontal sobre el suelo y empezamos la faena. Su pija era más larga y delgada que la de mi hermanoy su visión me excitaba una barbaridad. Me daban unas ganas tremendas de ser yo quien guiara su placer, así que se lo propuse. 
-¿Qué te parece si nos masturbamos mutuamente?- 
Sin decir nada, ni mirarme, dejo de menear su pene tieso y me agarró. Estaba en la gloria, me encantaba asir su pene caliente y juvenil. Masturbar a otra persona es diferente a masturbarse uno mismo, pero al hacerlo mutuamente, la excitación de uno alimenta la del otro y los jadeos y el latir del corazón se acompasan y el placer se funde en uno. Los dos acabamos a la vez, no es broma. 
Volvimos al agua a limpiarnos y estaba claro que nos sentíamos satisfechos y sin sentimiento de culpa. Desgraciadamente, nunca más surgió otra oportunidad ni nunca más hablamos sobre ello. Resultó curioso, parecía que nunca hubiera sucedido. 
Nunca he tenido sentimiento de culpa por este tipo de experiencias sexuales, siempre he concebido el sexo como algo divertido y que se debe emplear siempre que uno quiera y le permitan, claro. 
¿Qué más cosas hacía en mi adolescencia? Ah, sí. Como me parecía que no hay nada malo en la desnudez, tomé la determinación de tomar el sol desnuda en el jardín de nuestra casa de verano siempre que me apeteciera. En realidad, el jardín es bastante grande y está alejado del pueblo, además está rodeado de un seto de metro y medio. No es muy alto, pero no suele pasar mucha gente por el otro lado. 
La incógnita era saber como iban a reaccionar mis padres. Así que un día que terminamos de comer salí a tomar el sol antes que los demás y me puse boca abajo sobre la reposera completamente desnuda. 
Cuando mis padres salieron apenas dijeron algún comentario, simplemente tomaron unas revistas para leer y se tumbaron en otras reposeras a tomar el sol, aunque un poco alejados de mí. Al darme la vuelta y mostrar mi anatomía, entonces sí que mi madre dijo algo que no recuerdo, pero el significado era algo así como: ¡Vaya agallas que tienes para mostrarte así! Sin embargo, su expresión no era de desaprobación, más bien todo lo contrario. 
Luego me levanté y entré en la casa desnuda para sacar un helado del refrigerador. Por el rabillo del ojo notaba como me miraban los dos y seguían mi figura. Cuando ya terminé de tomar el sol, me eché un balde lleno de agua fría por encima. Noté como mi padre no me quitaba ojo. Les gustaba verme desnuda, estaba claro. Incluso mi madre me dijo explícitamente que hacia bien, que ellos lo habían pasado muy mal con la represión sexual en tiempos de dictadura. 
Con mi hermano he tenido muy poco sexo, sólo una vez, estando en el río, se permitió una licencia. Estaba pescando y él me acompañaba. Entonces los peces no picaban, así que para entretenerme me saqué la ropa y comencé a masturbarme. Él ya me ha visto otras veces hacerlo, pero esta vez, le pregunté que si él no se masturbaba. Me dijo que no, entonces le dije que si me dejaba hacerle una paja. Para mi sorpresa dijo que sí, así que se tumbó en el suelo y le baje los pantalones y el calzoncillo. Empecé a agitársela y rápidamente se le puso dura, seguí durante algún tiempo y la verdad es que no obtuve ningún resultado. Así que le dije que si me hacia lo mismo a mí. Me tumbé, me abrió las piernas y comenzó tocarme con experticia. No aguanto ni un minuto y eyaculó él, ofuscada le di una cachetada. Y ya nunca más hemos hecho nada sexual. Una lástima. 
Si has leído hasta aquí ya tienes una idea de si soy o no normal. ¿Domina tanto el sexo en sus vidas?

el poder de los ex

Introdujo la llave en la cerradura y giró. Se extrañó de no haber cerrado con dos vueltas al salir por la mañana, pero no le dio demasiada importancia, últimamente tenía la cabeza muy lejos, en otra galaxia.

Encendió la luz al entrar  y el espejo reflejó una imagen de si misma, cansada, y en cierta manera se avergonzó de lucir aquellas ojeras por la calle. Dejó su sweter  y la cartera en el piso. Intentó adentrarse en el salón, pero el espejo volvió a llamarle. Se enfrentó a él poniendo el reverso de su mano en el cuello descendiendo suavemente por la garganta. Desabrochó los botones de la blusa de encaje blanco con la otra mano y apartó los extremos de la blusa hacia los costados. Sus pechos quedaron al amparo de la blonda del sujetador. Se le antojaron apetecibles, aunque hacia tiempo que nadie los había disfrutado. Bordeó con la yemas los encajes notando como sus pezones reaccionaban al estímulo. Retrocedió, ahogó el sollozo que subía por su garganta, cubrió su torso nuevamente con la camisa y se dirigió al salón.

Sus ojos quedaron quedaron fijos como magnetizados en un punto fijo. Sobre el piano tres velas ardían rompiendo la penumbra del salón. Giró sobre si misma y ahí estaba él, desnudo, apoyado en la puerta de la habitación. Seis meses sin saber de su existencia, deseando su cuerpo y su amor cada noche. Seis meses de desconsuelo soñando con su calor y la suavidad de su piel. Había sido una espera angustiosa y ahora le tenía delante, desnudo y con aquellos ojos penetrantes clavados en los suyos.

Se acerco a él con un brillo en la mirada mezcla de odio y pasión y estrelló su mano contra la mejilla. Su cara absorbió el impacto, favoreciendo el dibujo de una sonrisa insinuante en su boca. La agarró por la nuca, afianzándose en su pelo para acto seguido arrojarla con brusquedad contra el sofá. Dos lágrimas asomaron a sus ojos confundidos. Quizás el odio se convirtió en temor, pero sabía que no podía ni quería resistirse. Él se abalanzó sobre su cuerpo tembloroso agarrándola de nuevo por el cuello. La acercó e introdujo su pene en una boca que esperaba lo peor. Notó la falta de aire y una presión inmensa en su garganta. Llegó a pensar que perdía el sentido, clavó sus uñas en los muslos de él y los dientes en su miembro. Él reaccionó hundiendo aún más el puñal en la llaga, ella creyó no importarle morir en aquel mismo momento y de aquella manera. Fue liberada de su opresión, sintiendo como el aire volvía a circular por sus vías. Ese mismo aire fresco que ahora llenaba sus pulmones activó el coraje para dibujar unas líneas sangrantes en el rostro y pecho de su contrincante. Victoria momentánea ya que segundos después su cuerpo colisionaba contra las patas del piano provocando un gemido de dolor amortiguado por la vibración de las cuerdas del instrumento. Sintió que su cuerpo se elevaba nuevamente siguiendo a un brazo que la asía fuertemente por el cabello. Su rostro y sus pechos provocaron otro gemido musical quedando encastados en las teclas negras y blancas. Las costuras de la falda no soportaron el tirón y cayó al suelo junto con lo que hasta ahora había sido lencería fina. Quiso gritar pero un dolor indescriptible junto con un placer incalculable ahogaron las palabras en su maltratada garganta. Quedó totalmente inmovilizada, una mano fuerte y tensa sujetaba sus muñecas a la espalda, mientras notaba como un resorte inmenso penetraba en su interior acompañado de un jadeo que marcaba la pauta. Cualquier movimiento solo conducía a que aquello se hundiese más y más. Obligada a ceder solo esperaba que su carne cediese y se rasgara disminuyendo con ello la fricción. Calmada, vencida y temiéndose desgarrada sintió la retirada de su invasor notando como liberaba al mismo tiempo sus brazos. Quedó a la expectativa con el rostro dolorido descansando en el marfil.

Notó unos dedos suaves recorrer su columna y después unas manos afables recoger con cariño su maltrecho cuerpo y depositarlo suavemente en el lecho del dormitorio. Una lengua cálida saboreó sus amoratados labios, jugó con los dientes y se introdujo en su ya abierta boca para que las dos lenguas se convirtiesen en solo una. Luego, el camino estaba marcado, las orejas, el cuello. Los pezones le esperaban ansiosos con aspecto de domingo. Aquella lengua los saboreó y mordió sin brusquedad. Ella arqueaba el cuello volviendo la cabeza hacia atrás con el fin que los gemidos rascasen su garganta al salir. Su sexo amenazaba con derretirse. Su vientre se hundía esperando la llegada del intruso, los labios se encontraron con los labios fundiéndose en un beso húmedo y apasionado. La lengua buscó aquel apéndice que abre las puertas del cielo y lo oprimió contra las paredes del pubis. Las piernas se abrieron, los talones se clavaron en el colchón favoreciendo la elevación de los muslos y todo quedó dispuesto y a la espera de aquello que momentos antes había provocado tanto caos. Fue penetrada con una dulce suavidad compaginando el movimiento con la respiración y los gemidos. Le provocó un orgasmo sensual, profundo, apasionante y esperado. Los cuerpos quedaron fundidos para siempre sobre el suelo del salón.